La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 18
40%

18

El miedo entra en la casa

Beatriz

Cuando regresé de mi paseo con Gustavo, encandilada, en las nubes y con el corazón bailando, el médico del servicio acababa de marcharse y mis padres discutían a media voz, para no llamar la atención, en el saloncito de los aperitivos.

Me uní a ellos, más pendiente de enterarme del chisme que de opinar.

—No puede ser, ese medicucho ha debido de cometer un error, Arturo, en nuestra casa esas cosas no suceden.

—¿Qué es lo que no sucede? —pregunté.

La marquesa se conducía tan alterada que creo que ni me oyó.

—Avisaremos al médico de la familia, Eugenia, y que contraste el diagnóstico. Así salimos de dudas.

—¿Pueden explicarme qué es eso que los tiene tan agitados? —insistí.

—El doctor Bibalbo ha reconocido a Carmelita. Por lo visto, en su anterior visita se llevó una muestra de sangre para analizarla.

—Y ahora nos viene conque la muchacha está siendo envenenada —aulló mi madre con voz aguda.

—A pequeñas dosis y con arsénico.

El aperitivo se me cayó de entre los dedos. La doncella que montaba guardia junto a la puerta corrió a limpiar el desaguisado.

—¿Cómo dicen? ¿Envenenada? ¿Aquí? ¿En esta casa? ¿Cómo va a ser verdad eso?

—Lo que yo digo —bufó doña Eugenia—. Tiene que tratarse de una equivocación garrafal.

—¿No será gripe? —sugirió el marqués con desconsuelo—. Mira que los casos están multiplicándose a velocidad pasmosa.

Su esposa se persignó con un aspaviento. Yo sufrí una sacudida, tal que si acabara de escuchar una maldición implacable.

—Dios nos libre —musitó—. No lo digas ni en broma. ¿Y tú, querida? ¿De dónde vienes? ¿Más paseos por el Retiro?

Jamás dejarían de sorprenderme los veloces giros de la marquesa a lo largo de una conversación.

De repente ya no había más miedos, epidemias ni intentos de asesinatos en su universo dorado.

A mí me seguía zarandeando la espeluznante idea de alguien vertiendo arsénico en la leche tibia de una criada.

—Pues sí, madre, usted lo ha dicho. Me hace mucho bien salir de casa y que me dé el aire.

—Quizá no esté en lo cierto, pero recuerdo haberte oído jurar que te encerrarías entre estas paredes lo que te queda de vida.

—Eugenia, santo cielo, y de ser verdad, ¿te complacería? —intervino mi padre sirviéndose un diminuto emparedado de serrano.

—Lo dijo, Arturo. Y no juzgo si es bueno o malo. Solo quiero saber qué ha propiciado un cambio tan drástico.

—Es posible que don Antonio no se mereciera convertirme en una muerta en vida.

—Hija mía, aplaudo la decisión, pero… Un poco de moderación y compostura no estarían de más, que vas a ponerte muy vista, con tanto paseo calle arriba y calle abajo. Se supone que estás desolada.

—¿Y no puedo afligirme bajo los árboles?

—¡Arturo! Dile algo a la niña, que hoy está de un respondón… A ver si encontramos pronto con quién casarla.

—¿Para que me marche por fin de esta casa y deje de causarles quebranto? —gemí súbitamente desconsolada.

Con un desconsuelo real, no el que debería aparentar sentir por don Antonio.

Mis padres quedaron petrificados. Porque con toda probabilidad no era eso, ni mucho menos, lo que pretendían transmitir.

Menos aún mi madre, que solía despotricar primero y recapacitar a los dos días, pero era amorosa y dulce como la que más.

Los ojos se le empañaron y el pañuelito de encaje blanco y perfumado viajó a cubrir su rostro.

—No digas eso, hija mía. No lo digas, ¿cómo vamos a querer perderte?

—Lo sé, madre. Lo siento, me he dejado llevar por la amargura de mi fracaso.

Como caído del cielo, un criado vino a anunciar que se servía el almuerzo.

Al marqués le satisfizo sobremanera la noticia, pues saltó de su asiento como un resorte y, sin contar con nadie, voló en dirección al comedor.

Dejaba claro que exponer sus emociones no eran charlas de su preferencia, lo hacían sentir incómodo.

—¿Y Alonso? ¿Dónde se mete ese calavera hijo nuestro?

—Persiguiendo doncellas en la zona de servicio —me burlé. Al percibir el cruce de miradas entre los marqueses, su envaramiento, sonreí tranquilizadora—. Era una broma. ¿Es que Alonso persigue criadas?

—Todo lo que lleve faldas, hija mía. Todo sin distinción de clase alguna —suspiró con pesadumbre la marquesa.

—Ve preparando una lista de nobles casaderas para él, Eugenia. Me gustaría pasar el verano en el Escorial.

En cuanto acabó la comida, corrí a mi alcoba y llamé a Paquita. También a Elvira, pero no subió, según su compañera, porque andaba atareada sacudiendo unas alfombras.

—¿Te has enterado de lo del veneno?

—¿De la… de Carmelita? Sí, señorita, ¡habrase visto horror semejante!

—Pero ¿es cierto? Es que no me lo puedo creer.

—Pues ahí lo tiene, señorita Beatriz, la pobre muriéndose a chorros porque alguien estaba poniendo…

Estremecida, me abracé a mí misma.

—Calla, calla, no sigas. No me hacen falta detalles.

—Por la zona del servicio se rumorea…

Ahí cerró la boquita, dejándome con la intriga. La interrogué con los ojos abiertos.

—¿Qué se comenta? ¿Hay algún sospechoso?

—Bueno… La… Elvira…

Me descompuse.

—¿Elvira? Deben de estar de chanza. ¿Qué clase de disparate es ese?

—Si yo no lo creo, señorita. Elvira no es santa de mi devoción, pero no lo creo. Lo que pasa es que…

—Que ¿qué, Paquita? ¿De dónde sale ese rumor sin fundamento? —me desesperé.

—Señorita, es la que más gana si Carmelita se muere.

—¿Por qué dices eso?

—Que no lo digo yo, señorita, que lo dicen ellos. Que como está ocupando su puesto, pues si se marcha para siempre, se queda con él.

—La maledicencia de los humanos es difícil de entender. ¿Qué habrá hecho la pobre mujer para que la culpen de algo tan espantoso? ¿Buscarse un jornal honradamente?

Sin querer entrar en honduras, Paquita se encogió de hombros. Recogió mis tres vestidos para la plancha y se los colgó del brazo.

—Yo qué sé, señorita. El caso es que ahí abajo ya están dándole de lado a la desgraciada. Mire que la tengo por una advenediza, pero… me da hasta pena.