La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 17
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Una cita más

Beatriz

El inesperado éxito de Elvira en la tarea de dar con Gustavo supuso desenterrar el hacha de guerra entre ella y mi Paquita.

Los celos y los demonios se la llevaban, hacía todo lo que estaba en su mano para desplazarla a otras tareas alejándola de mi alcoba y necesidades, incluso exponiendo ante el ama de llaves la realidad de ciertas labores pendientes de las que estupendamente bien podría ocuparse la nueva.

La rivalidad que se estableció entre ellas me hacía mucha gracia y hasta me habría halagado, de no ser porque resultaba dañina e innecesaria.

—Paquita, quiero que te centres en asuntos más útiles que amargarle la vida a Elvira.

El cariño que te tengo no puede superarlo nadie, y menos en tan poco tiempo.

Pero has de reconocer que la muchacha es válida en aspectos a los que tú y yo no llegamos.

¿Acaso habríamos sido capaces de localizar al señor Pérez? Dime, ¿nosotras habríamos podido?

Paquita le arreó un zambombazo al almohadón que sostenía en las manos y lo colocó en su sitio con brusca determinación.

—Cuestión de tiempo, señorita. ¿Quién dice que no?

—Y ahora ha prometido facilitar la entrada de don Gustavo cuando nadie se percate. —Se me escapó una sonrisa que de inmediato le agrió el humor—. Nos presta su habitación para vernos.

—¿Qué me dice, señorita?  ¿A quién se le ocurre? ¡Con eso no hará más que meterla en un problemón, gordo como los cerdos de mi tío Eufrasio!

—Si le he dicho que no, boba. Pero hay que reconocer que ha sido todo un detalle que la chica se preste a poner en juego su puesto de trabajo. No muchas lo harían.

Tuve la impresión, como en una ráfaga veloz, de que Paquita se ponía bizca.

—Méritos. Acumular méritos y que usted la valore, es lo único que busca esa mujer, a ver si consigue quitarme de en medio.

Tomé asiento en mi tocador y puse una pizca de crema en la piel de mi frente.

—Paquita mía, tú eres insustituible.

—Bueno, ya, torres más altas han caído, señorita. No veo el día en que la Carmelita se ponga buena y a esta la manden a deshollinar chimeneas.

—¿No te parece que lo de Carmelita se pasa ya de castaño oscuro?

—Pues eso comenta todo el servicio, señorita. Parecía ya casi repuesta, pero fue entrar la Elvira por la puerta y ponerse peor.

—Elvira, Paquita. Elvira a secas, sin el «la».

—Sí, señorita. Sin el «la». El caso es que esta misma tarde viene el médico a echarle otro vistazo, que la cosa ya escama.

—A ver si es grave y estamos aquí nosotras tomándonoslo a chufla.

—Seguro que no, señorita. ¿Qué vestido quiere ponerse hoy?

La cita era de nuevo en los jardines del Buen Retiro, que además no quedaban demasiado lejos de casa, llegar hasta ellos era un placentero paseo, esta vez solo con Paquita, por ver si le apaciguábamos los ánimos recalentados. Gustavo ya estaba esperando en la zona de la fuente cuando llegué.

Me sorprendió el modo violento e infame como mi corazón, sin ni siquiera pedir permiso, empezó a tamborilear, golpeando las costillas sin misericordia.

La forma en que mis pasos se volvieron torpes y temblaron mis rodillas. Estaba claro que el señor Pérez causaba en mí efectos devastadores hasta entonces desconocidos. El burbujeo de ansiedad en el vientre llegó a la par que su sonrisa de bienvenida.

—Señorita Beatriz, qué placer verla.

—No será porque haya puesto usted mucho empeño, señor Pérez.

—Por favor, tenga la bondad de llamarme Gustavo. Lo de señor Pérez me hace pensar en una versión de mí mismo con ochenta y cuatro años y catorce nietos correteándome alrededor.

—Eso es porque piensa tener familia.

—Algún día. Sí. ¿Caminamos?

Malgastamos un puñado de pasos en silencio. Daba la impresión de que ninguno de los dos sabía cómo romperlo y evitaba decir algo inconveniente. Al final, ya que había sido yo la osada proponiendo el encuentro, me lancé a insistir sin meditarlo.

—Ha estado usted muy ocupado…

—No especialmente, la verdad sea dicha.

—Entonces es que no tenía ganas de verme.

Paró en seco y me miró con una tormenta salvaje en aquellos ojos claros suyos. A continuación, reanudó la marcha, mucho más serio.

—¿Que no tenía ganas de verla? ¿Cómo puede decir eso? Pienso en usted constantemente, esto empieza a parecerse a una preocupante enfermedad.

—¿Entonces?

—¿Qué podría decirle? No estoy especialmente interesado en que me hagan trizas el corazón, señorita Beatriz. No por ahora.

—No estoy segura de acabar de entenderlo.

—Pues es muy sencillo. Usted me hace plantearme cosas que me son del todo inusuales.

—¿Por ejemplo?

—Como hombre que soy, no me lo tome a mal, jamás le he hecho ascos a una mujer bonita si la ocasión se tercia. De no tratarse de usted, que es toda una señorita, ya nos habríamos encamado.

La atrevida palabra se quedó resonándome en los oídos como el redoble de un tambor que han golpeado demasiado cerca. Debí de ponerme rojo fuego, porque sentí un calor insoportable adueñándose de toda mi piel, desde el escote a las cejas.

—Siendo usted quien es, no es joven para divertirse. Ni se me pasaría por la cabeza.

—Tampoco a mí.

—En cuanto a formalidades, que es, sin duda, en lo que estará pensando… Puedo imaginar a su padre, el marqués, con un trabuco en la puerta de su casa, apuntándome derechito a las partes nobles.

—Por Dios, Gustavo.

—Las cosas son así, de nada sirve engañarse. Hay gente que maneja posibles, aunque no nacieron ricos, porque han sabido trabajar duro, labrarse un porvenir, son personas hechas a sí mismas. Y aunque no pertenezcan al selecto grupo de la aristocracia, también persiguen lo mejor para sus hijos.

—¿Habla de su familia? ¿Quién lo duda?

—Quizá no sea yo el hombre adecuado para usted, señorita, por mucho que me gustara. Por mucho que me quite usted el sueño, por mucho que su olor se me haya metido en la memoria para grabarse a cincel. Por más que la vida me haya cambiado al conocerla…

—No todos los miembros de la nobleza son tan arrogantes como usted los pinta.

Gustavo dibujó una mueca con sus deseables labios. Un mohín que mis pupilas persiguieron ávidas y hambrientas. Mi loca fantasía se preguntó a qué sabría aquella boca, cuán suave se palparía. Y me estremecí por entero.

—Eso está por ver.

—Por fortuna, usted no pertenece a esa categoría injuriosa que tanto denigra.

—No, pero sí quisiera pedir su mano. Por eso digo tantas tonterías, por miedo. —Frenó y me encaró a pocos centímetros de distancia. El calor que despedía su cuerpo me llegó en oleadas, mitigando el helor de una mañana de marzo—. Por miedo a perderla para siempre.

—Gustavo…

Recuperó su posición original y reanudó la caminata con alegre soltura, como si ese instante de tristeza infinita no hubiera existido o fuera fruto de mi imaginación, junto con su osada mención de una pedida de mano, que en ningún momento volvió a repetir.

Más tarde me invitó a café y como otras veces, nos acompañó un trecho hasta las cercanías de la calle del Barquillo.

—¿Puedo besarle la mano sin temor al trabuco?

—Usted debe de ser que todo se lo toma a guasa, señor mío, como mi hermano —repuse con melancolía—. ¿Volveremos a encontrarnos?

—¿Usted quiere?

—Claro que quiero. Es usted mi mejor amigo, la persona con quien más converso.

—¿Aunque seguir reuniéndome con usted provoque el que se me meta más dentro de los huesos y me duela mucho más?

Traté de leer en su expresión, puesto que no sabía si hablaba en serio y habría dado media vida por saberlo.

Si se trataba de una galantería floja de intenciones o era su alma quien se confesaba.

Fue imposible.

—Es usted un hombre fuerte. Seguro que lo soporta.