16
La búsqueda
Beatriz
Tres días. Luego cuatro. Más tarde, cinco largas jornadas sin saber de Gustavo. Sin notas ni visitas. La ausencia de noticias me tenía en vilo. Dormía fatal, apenas me entraba un bocado cuando me sentaba a la mesa y el hormigueo permanente en la boca del estómago no me permitía vivir.
Tenía a Paquita y a Elvira en mi dormitorio, jugando a las cartas.
Sin embargo, no las atendía. Su tensa charla, ya que los roces y celos entre ambas no estaban curados del todo, resonaba en mis oídos como un eco lejano que no me pertenecía.
Ni siquiera me percaté de que las dos me observaban pesarosas.
—¿Señorita?
—¿Señorita Beatriz?
—¿Eh? —Regresé de un empellón al mundo de los vivos. Por la manera en que me repasaban, no debía de ser la primera vez que me llamaban.
—Pensamos que tal vez deberíamos hacer algo por usted —explicó Elvira con cautela.
—La vemos muy compungida. Ese joven… —agregó Paquita con los ojos húmedos.
—Ese joven no debería importarme lo más mínimo, porque seguramente no me conviene —reaccioné levantándome—. Pero lo cierto y por desgracia, es que me importa. Estoy angustiada, quiero verlo. ¿De verdad no ha escrito y me lo ocultáis?
—¿Por qué íbamos a ocultárselo? —se escandalizaron las dos a coro.
—Pues por lo dicho, porque no me conviene. Vosotras lo sabéis, yo lo sé. Y podríais estar intentando protegerme.
Las dos muchachas movieron la cabeza a derecha e izquierda, en un claro gesto de negación.
—O a lo mejor mi madre…
Esta vez, la negativa a dúo fue mucho más veloz y categórica.
—¿Mi madre no sospecha nada? ¿No os ha prohibido que me ayudéis?
—Nada de nada, señorita —se atropelló Paquita, con su buen hacer de siempre.
Me derrumbé sobre la silla.
—Entonces es que ya no quiere verme.
—Eso no tiene por qué ser verdad, señorita. Igual le ha surgido un aprieto… —aventuró Paquita—. Ya sabe, la gente corriente tiene muchos problemas cuando se trata de ganarse el jornal.
Habría querido replicar que Gustavo no era gente corriente. Pero lo cierto es que tampoco tenía muy claro qué clase de persona era, ni el escalafón social en el que encajonarlo. Solo que cuando lo tenía cerca el mundo se me iluminaba y los pesares se hacían más livianos.
—¿Querría salir de dudas, señorita?
Alcé los ojos esperanzada hacia Elvira.
—¿Cómo haría tal cosa?
—Déjelo en mis manos.
Paquita la fulminó con dos pupilas como dos teas.
—Nada de déjelo en mis manos. Tendrás que aclararnos qué te ronda el magín, no sea que metas a la señorita en un embrollo…
—Nada de embrollos. Pensaba ir casa por casa, preguntando…
Tanto Paquita como yo nos echamos las manos a la cabeza. Elvira no tenía idea de la enormidad de lo que se proponía.
—Eso no puede ser, mujer. ¿Buscar a un hombre por todo Madrid? Echarías años golpeando aldabas.
Elvira sonrió pícara y misteriosa.
—Deme un voto de confianza, señorita, yo me encargo.
Paquita salió corriendo como un gamo detrás de la nueva. Cuando logró alcanzarla, la agarró por un brazo y la hizo girar tal que si fuera una peonza. Elvira se quejó por la brusquedad de su compañera, siseando que si pensaba arrancárselo de cuajo.
—Confiesa. Tú sabes algo que no le has dicho a la señorita.
—¿Algo de qué?
—No sé, algo. Una pista para localizar a ese señor. Y te lo estás callando para encontrarlo antes que nadie, como desea la señorita.
Elvira ni admitió ni negó nada. Solo ladeó la cabeza y arqueó las cejas con una media sonrisa burlona que enfureció a Paquita.
—Quieres acumular méritos delante de la señorita —la acusó.
—¿Y quién no querría?
—Para birlarme el puesto, que no soy tonta.
—Del todo, Paquita. No eres tonta del todo.
Se evaporó. Pasillo adelante como una sombra, mientras la doncella más antigua permanecía con los pies pegados al suelo tal que si alguien le hubiese clavado los zapatos a las baldosas. Sintiéndose la mayor bobalicona de Madrid y, de repente, muy desesperada.
La suspicaz Paquita, a la que rara vez se le escapaba una, estaba en lo cierto.
Elvira sabía algo. Guardaba un As en la manga en forma de recuerdo, porque la segunda vez que el señor Pérez acudió a Barquillo 10 a entregar nota citando a la señorita Beatriz, al sacarla del bolsillo, tiró también de unas llaves que cayeron al suelo con estrépito.
Elvira se había apresurado a recogerlas y acertó a ver la primera palabra grabada toscamente en el llavero de madera: Pensión.
De modo que el señor Gustavo no disponía de casa propia, se alojaba en una pensión. Pero ¿cuál? No llegó a leer el nombre completo.
Así que sí, era una tarea titánica, recorrer una por una todas las pensiones del centro, preguntando por el señor Gustavo Pérez. Pero no había nada, de momento, que Elvira no estuviese dispuesta a hacer por contentar a su señorita.
Y por brillar a ojos de su hermano. Eso también.
La muchacha preguntó mil veces por don Gustavo Pérez. Y mil veces recibió caras raras y negativas. Hasta que bien entrada la tarde, derrengada, molida y con los pies como dos empanadas recién salidas del horno, tocó en la puerta de la posada de doña Eusebia.
—¿El señor Gustavo Pérez?
—Así, alto —se explicó la doncella—, buen mozo, muy buen mozo, ojos claros, mata de pelo oscuro…
—No diga más, moza. Claro que lo conozco. Al señor Pérez, últimamente, parece buscarlo medio Madrid.
Lo encontró en un patio soleado, de paredes forradas de azulejos sevillanos, llenito de saludables plantas. Sentado en un banquito, fumándose un cigarro con expresión ausente, lanzando las volutas al aire. Apenas si se sorprendió al verla aparecer.
—¿Cómo me ha encontrado?
—Una, que es muy observadora.
—¿Viene por propia iniciativa o la manda su señorita? Por favor, dígame que lo segundo.
—Pues sí, acierta usted, señor Pérez. Lo segundo. La señorita Beatriz no sabe dónde para usted, de modo que me comprometí a buscarlo para entregarle esta nota.
Alargó una mano con un papelito enredado en el puño. Gustavo pestañeó sorprendido.
—¿Qué desea su señorita?
—Lea el mensaje y saldrá de dudas.
Él siguió sin desdoblar la nota. Elvira observó el hecho con una pizca de temor.
—¿No quiere leerlo?
Lo vio hacer un gesto de dolor con toda la cara. Sin despegar los labios.
—Bueno, pues yo ya he cumplido. Se lo he entregado y tengo que irme. Lo que usted decida hacer con la petición de la señorita… Ya es cosa suya.
Tiró de los extremos del chal con el que se cubría los hombros y suspiró. Antes de abandonar el patio, desde la entrada, giró y lo miró por encima del hombro.
—A ella le gustaría volver a verlo. Por si no lo lee. O por si lo pierde.
Gustavo se mordió fuerte el labio.
—¿Para qué? Alargando esto solo tejemos la soga de un ahorcado.
—No diga esas cosas, señor Pérez, se me ha puesto el vello de punta.
—A su señorita quieren casarla. Y mucho me temo que no conmigo.
—Ni con otro, señor, téngalo en cuenta. Todavía no hemos visto aparecer pretendiente que respire en la casa de los Bonagua.