15
Comprar un silencio
Gustavo
—¿Se puede, señora Eusebia? Vaya si aprieta el calor hoy, no es normal, aún no ha entrado la primavera, ¿no le parece?
Cacé a la propietaria de la posada con los brazos hundidos en la pila, fregando platos como una descosida. Tan irritada y roja como un centollo hervido.
—¡Oiga usted, don Gustavo!
Aunque me había pillado en plena maniobra de escape, me quité el sombrero y le dediqué una reverencia exagerada.
—Oigo, doña. ¿Qué se le ofrece?
—Han venido preguntando por usted. Esta misma tarde.
Me hice de nuevas.
—¿Por mí? ¿Y quién sería?
—Un hombre muy elegante, vestido con oropeles. Y no debía de ser el más rico, porque otro más importante que él se quedó dentro de la carroza, ahí en la puerta, sin dignarse a pisar el suelo de esta casa.
Tragué saliva y puse cara de circunstancias.
—No le deberá usted dinero a ningún pudiente, ¿verdad que no?
—¿Yo? ¡Válgame el cielo! ¿Qué disparate está pensando?
—Entonces, ¿es que ha deshonrado a la hija de algún conde?
—¿Deshonrado? ¡Otro disparate! El doble de grande que el anterior.
—Con esa facha y esas hechuras, podría usted poner las miras donde quisiera, no sea modesto.
—Eso es usted, señora, que me mira con muy buenos ojos.
—No le diré que no. Pero alguna barrabasada tiene pendiente, si no, no habrían venido indagando.
—¿Cómo puede pensar eso de mí, doña Eusebia?
—Yo puedo pensar muchas cosas; de usted y del resto de los que viven bajo este techo. Que el no tener raíces ni familia que lo dispense a uno, no vaticina nada bueno.
—Pues no es mi caso, doña. Le aseguro que no le debo un real a nadie. Y menos a un noble con influencias.
—¿Cómo sabe que las tiene?
—¿Ha conocido a alguno que carezca de ellas?
—En mi vida he olido a uno ni de lejos. Al de hoy tampoco. Pero el que entró se veía muy interesado en conocer sus horarios, don Gustavo. Cuándo iba y cuándo venía. Por descontado, le dije que usted no tenía de eso.
Le solté un sonoro beso en el moflete que la dejó patidifusa.
—Bien hecho, doña Eusebia. Si vuelven, les dice usted que lleva veinte días sin verme.
—¿Y eso a cambio de qué?
—De las quince pesetas que pienso darle. ¿A que le he alegrado el día?
Elvira terminó de doblar los manteles recién planchados y los apiló, meticulosa, con la intención de guardarlos en el armario de la ropa limpia.
La zona de las cocinas, lavaderos, cuarto de costura y aledaños se hallaba en tinieblas y gran parte del servicio se había retirado a dormir.
Colocó los manteles uno a uno, recreándose en el aroma a tela y jabón, y colocó unas ramitas de lavanda aquí y allá para garantizar el buen olor.
Al girar sobre sus talones para pasar a la siguiente tarea, se dio de bruces con una figura alta y enclenque que le dio un susto de muerte.
—¡Por san Benito y sus compañeros! ¡Andrés! ¿Es que quieres que me dé un ataque? —Se retiró a un lado porque lo tenía demasiado cerca. Demasiado encima— ¿Qué haces vagabundeando como un ratero sin una mísera vela? ¿Por qué no te has ido a la cama ya, como los demás?
—¿Y tú?
—Tengo una montaña de tarea pendiente. Las salidas con la señorita me roban la mitad del día y me comprometí con la señora marquesa que tendría al punto las dos cosas.
—¿Trabajo de doncella y atender a los caprichos de la señorita al mismo tiempo? Menuda locura.
Elvira se dio la vuelta, airada, estirándose el delantal con las dos manos.
—Si es locura o no, es cosa mía, Andrés, no te metas.
—¿Para quién estás haciendo méritos?
La muchacha detuvo su avance colocándole una mano sobre el pecho huesudo y le dio un empujoncito para ganar espacio.
—Anda, no digas tonterías, vete a dormir.
—Elvira.
—Vete a la cama, Andrés, me estás entreteniendo y todavía me quedan…
—¿Te alegras de que te haya traído a casa de los marqueses?
—Claro que sí, ¿cómo no iba a alegrarme? Ni que fuera tonta.
—Entonces me debes una.
Los ojos de la doncella se abrieron como dos lunas llenas.
—¿Me lo estás echando en cara? No puedo creerlo.
—Tú sabes que me gustas.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Pues que como me estás tan agradecía … a lo mejor podríamos salir un día de paseo, o a tomar chocolate, o a alguna verbena.
Levantó una mano como para acariciarla, pero Elvira cortó de cuajo toda posibilidad dando un paso atrás. Agarró una cesta grande y se la apoyó en la cadera. De inmediato se sintió más protegida.
—Bueno, eso ya lo veremos. Venga, ahueca, que estoy cansada y tengo para rato.
Salió del cuarto notando que Andrés todavía se quedaba allí pasmado, de pie, sin saber muy bien dónde estaba la puerta, o qué paso dar que no le hiciera parecer más ridículo de lo que ya parecía.
La chica se llevó un puño al corazón. No es que no le inspirase lástima, apreciaba a Andrés y, desde luego, era cierto que le debía su situación actual.
De recogerla en la calle, a disponer de techo, tres comidas al día y un buen sueldo, amén de una relación cercana con la hija de los marqueses que la trataba como a una amiga.
Pero de eso a corresponderle sus desmanes…
Luego estaba el señorito Alonso.
El hermoso, apuesto y cautivador señorito Alonso, futuro marqués de Bonagua.
Alguien se deslizó a sus espaldas sin apenas hacer ruido. Elvira estaba a punto de recoger las servilletas del día para ponerlas a remojo y lavarlas al día siguiente, a primera hora, cuando una mano fuerte atrapó su brazo y tiró de ella hasta un rincón oscuro.
Por el perfume supo de quién se trataba.
—¡Señorito Alonso!
—Doncella Elvira…
—¿Qué hace usted fuera de su cuarto a estas horas?
Él no le había liberado el brazo y de momento continuaban inconvenientemente cerca el uno del otro. El latido de Elvira empezó a acelerarse, su respiración a hacerse fatigosa, entrecortada. Notó que un calor insoportable le subía por el cuello hasta las orejas y allí estallaba como una hoguera.
—¿Querrás venir alguna noche a mi alcoba a cambiar los almohadones?
Elvira hundió la cabeza avergonzada.
—No puede pedirme eso, señorito Alonso. Sabe que no puede.
—¿Qué hago si no paro de pensar en ti?
—Distraerse, señorito, que seguro que tiene usted con qué.
—Pero no con quién.
Elvira se retorció un poquito, tratando de evadirse sin poner mucho empeño.
—Señorito, por favor…
—Elvira, ¿qué hago si te me has metido aquí dentro? —Soltó su brazo y con el dedo se señaló la sien—. Pienso en ti a todas horas.
—Podría meterme en un lío terrible, señorito, hasta podría perder mi trabajo. Y eso es algo que no puedo permitirme.
Como si repentinamente cayera en la cuenta de las repercusiones de sus antojos, Alonso asintió en silencio. Abochornado y confuso.
—Tienes razón, Elvira. Lo siento mucho. ¿Podrás perdonar lo inapropiado de mi conducta?
—Claro que sí, señorito, faltaría. Y ahora, si me disculpa…
—Es hora de que vuelva a la cama.
Con un suspiro encarcelado entre los labios, Elvira lo vio desparecer, pasillo adelante, escaleras arriba. Ella había venido a Madrid con un propósito y debía cumplirlo por encima de viento y mareas, sin distraerse. Su determinación era briosa y decidida, pero…
Le pasaba lo mismo que al señorito, se le había metido su sonrisa canalla entre ceja y ceja, y no la dejaba dormir.