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Lazos familiares
Gustavo
— Hablemos de algo mucho más agradable que la marquesa, Gustavo, se lo ruego. ¿Cuál es su ocupación en la actualidad? ¿A qué se dedica?
—Creí entender que serían temas agradables —simulé un escalofrío que la hizo reír—. Creo que ha olvidado que dispongo de quinientas pesetas.
—Y mientras le duren piensa dedicarse a holgazanear.
—Soy un hombre de gustos sencillos, gasto poco, me durarán.
—Hasta donde sé, frecuenta las tabernas. Y en sitios como esos, los reales vuelan.
—Tiene mi palabra de que solo voy por esperar y ver si su hermano comparece y se mete en algún lío. En realidad, el único afán que me mueve es volver a verla.
Rio de nuevo. Con aquel campanilleo cristalino y alegre que se llevaba lejos hasta la última de mis penas.
—Es usted un adulador. No utilice los lazos familiares para salirse con la suya.
Le dije adiós al ángel caído y tiramos por una avenida estrecha y poco concurrida que nos pareció más discreta, dadas las circunstancias.
Tenerla al lado, tan cerca que podría haberla rozado con la punta de los dedos y no poder tocarla, me estaba quemando.
—¿Imagina los ángeles en el cielo? —Arremetí para que la charla no decayera—¿Borrachos y discutiendo? Igual que en las familias. Rivalidades entre hermanos, envidias, suspicacias.
—Pese al episodio de la taberna, mi hermano Alonso no supone ninguna amenaza, se lo puedo asegurar. Lo que echo en falta son un par de hermanas con las que hacer piña. Pero eso ya no tiene remedio. ¿Y usted? ¿Son varios hermanos?
Me lo pensé unos segundos antes de despejar sus dudas.
—Sí, tengo hermanos. Y de corazón espero que con mi marcha hayan logrado lo que perseguían.
Buscó con curiosidad mis pupilas.
—¿Sonaría muy osada si le pregunto a qué se refiere?
—Ya sabe, el cuento de siempre, los negocios familiares, el mayor que debe hacerse cargo de todo sin aspirar a ello, los menores que envidian su suerte y querrían ocupar su lugar. Más viejo que el hilo negro.
—Y muy triste. La familia debería ser ese redil seguro al que siempre puedes acudir y que te protegerá por encima de las adversidades.
Enlacé las manos a mi espalda, fantaseando con la disparatada idea de que una de las dos le perteneciera a ella. Hasta me permití un ligero baile de dedos similar a una caricia.
—Debería. Me enternece la grandeza de su corazón, señorita Beatriz. Siente compasión por todo el mundo.
Ella se ruborizó hasta la raíz de los rubios cabellos e inclinó la cabeza con gran señorío.
—Me permito recordarle que debería empezar por usted misma —agregué cauteloso.
—Si va a insistir en ese tema…
Levanté una mano para que no siguiera atacándome.
—En absoluto. Ya entendí que no es un asunto del que le agrade hablar. Y yo valoro demasiado su compañía como para desperdiciar estos escasos minutos disgustándola. ¿Un barquillo? Creo que les vendrán bien a sus malhumoradas doncellas. No han cruzado una sola palabra en todo el paseo.
Compré unos barquillos, los repartí con esmero y me ofrecí a acompañarlas hasta la entrada de la calle.
—¡Qué maravilla! Casi no puedo creer que esté hablando con naturalidad de absolutamente todos los temas, sin ningún tapujo, con una joven dama.
—Será porque esta dama también conversa de absolutamente todos los temas y sin ningún tapujo, con su señor padre.
—El marqués —resoplé—. Debo confesar que me impone.
—Si le sirve de consuelo, a mi madre no. Lo maneja a su antojo. Sin ir más lejos, la más reciente obcecación de la marquesa es casar a sus dos hijos, y tenga por seguro que por poco que la misión entusiasme a mi padre, acabará logrando lo que desea.
Sentí un tirón espantoso en la espalda.
—¿Van a casarla? ¿Acaso tiene ya escogido pretendiente?
—Permítame indicar que no es un tema del que parlamentar a la ligera, señor Pérez. No me pregunte esas cosas, no nos une tanta confianza como para respondérselas.
Fue un jarro de agua fría desde lo alto y por la cabeza.
El resto del camino lo hice en silencio, perdido el ingenio y las ganas de bromear, cavilando acerca de cuál debería ser mi modus operandi a la hora de despedirme para convertirme en inolvidable .
Sin embargo, antes de alcanzar la entrada de la calle donde vivían los marqueses, la señorita Beatriz me rogó que, a partir de allí, las dejara caminar solas.
—Podría vernos alguien del servicio.
Arqueé con asombro las cejas y apunté a las dos doncellas.
—Ya nos ha visto el servicio.
—Ellas no cuentan. Me son leales.
—¿Incluso enfurruñadas?
—Incluso enfurruñadas.
—Señorita Beatriz, ¿me haría usted un grandísimo favor?
—¿Encontrarnos otro día?
—No. Quitarse el guante.
Pareció tan confusa como decepcionada.
—¿El… guante?
—Por favor. Si es tan amable…
Sin saber a qué se debía mi estrafalaria petición, accedió bastante confundida. Sujetó lo que le quedaba del barquillo con la otra mano y retiró la fina tela de encaje de su mano derecha. Sin perderme en preámbulos, la tomé y me la llevé a los labios.
No fue una despedida cortés, de esas en las que se toma la mano de la dama y se inclina la cabeza o se hace ademán de besarle los nudillos.
Yo estampé un beso lleno de ardor en la sedosa piel de su dorso, jugueteé un instante eterno con sus finos dedos y me embriagué con el aroma que despedía su muñeca.
Habría querido que el tiempo se detuviera.
Sin embargo, como siempre que se anhela algo con el corazón, el alma, el ser y todos los sentidos…, no se cumplió.
Regresé a la pensión cabizbajo y algo perplejo por el modo profundo y hasta devastador en que me había afectado la noticia de que Beatriz pudiera casarse.
Con otro.
Era absurdo. Ridícula, rocambolescamente absurdo.
Apenas la conocía, si bien debía admitir que habíamos conversado más que con la mayoría de mis conocidos, ya no se diga con mujeres, que jamás estaban dispuestas ni manejaban temas del menor interés.
Con Beatriz todo fluía de forma tan natural que asustaba, ya que ella jamás indagó en mis orígenes, nunca preguntó por el poderío económico de mi familia, por sus influencias.
Ante tal falta de datos, era menester pensar que los Pérez no éramos nada del otro mundo y que lo que yo pudiera ofrecerle a la hija del marqués, cabía en un hatillo pequeño.
Y pese a ello, Beatriz accedía a verme, sonreía casi ilusionada, me reía las gracias y compartía conversación como si yo fuera una de las mejores cosas que le hubieran pasado.
Frené en seco.
En la puerta de la posada, destacando como una cucaracha sobre un mantel blanco, estaba aparcado un fastuoso carruaje con un blasón ducal en las portezuelas.