La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 13
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En el parque del Retiro

Gustavo

No tenía muy claro si debía escribirle y citarla de nuevo tan pronto. Sin concederle plazo para lavar la amargura de nuestro último encuentro, que no se remató, digamos, con demasiada dulzura. Todo fue bien hasta que mencioné el espinoso asunto del porqué en la noche que nos conocimos.

Por lo visto era su secreto. Su gran secreto oculto.

No es que no lo entendiese. Debía de esconder una gran pena en el corazón si la había empujado a querer acabar con su vida de tan mala forma.

Sin embargo, me moría de ganas por verla.

Soñaba con ella apenas cerraba los ojos, no dejaba de verla reflejada en los cristales de todas las ventanas.

Espigada y rubia como un campo de trigo, con dos ojos enormes como luceros celestes.

Me juré a mí mismo morderme la lengua respecto de la peliaguda cuestión y no volver a referirlo en su presencia, por más que me consternara.

Porque mientras me quedara una gota de sangre en las venas, mi principal objetivo sería impedir que aquella joven cometiera una locura. Aunque ello supusiera empeñarme en salvarla de un imposible.

Dos días aguanté.

Después del encuentro en la tetería de la Gran Vía dejé pasar dos días completos con sus noches y al siguiente, a las nueve de la mañana, ya estaba rondando la casa de Barquillo 10, esperando ver salir a la doncella Elvira para entregarle la nota.

No lo logré hasta las doce y media. Cuando ya apenas si me quedaban suelas en los zapatos de tantas vueltas por la plaza.

«En Madrid no tenemos bosques ingleses, pero sí un parque del Buen Retiro, maravilloso, que ahora se encuentra en su mejor época. ¿Nos vemos a las cuatro de la tarde junto a la fuente del ángel?»

—El ángel caído, señor Gustavo. Caído. Por desgracia —me corrigió en cuanto nos vimos, nos hicimos los encontradizos y echamos a caminar.

Venía acompañada de, no una, sino de dos doncellas. Con toda probabilidad, alguna reprimenda tras la anterior salida había alterado la paz en el hogar de los marqueses y la mandaban con refuerzos.

—No me gustan los seres caídos en desgracia, señorita, ni siquiera cuando son ángeles.

—Ah, ¿no? ¿Y se puede saber qué le gusta?

—Por ejemplo… ¿usted?

Ella giró la varilla de su parasol y lo colocó entre los dos, como un muro infranqueable.

—No debería permitirle ser tan directo. Ni tan descarado. Si lo escuchara mi madre le daría un soponcio.

—¿Y por qué me soporta y accede a verme de nuevo?

—Porque me divierte.

—Triste destino el mío, si todo se me reduce a eso. A actuar de bufón de la corte.

—De usted depende ir más allá. Gáneselo.

—Me consuela sobremanera que ya no sea solo agradecimiento. Y que estemos aquí, paseando pacíficamente y sin arañarnos, por segunda vez. Huele a posibilidad.

Al ver cómo movía yo los dedos en un gesto cómico, ella soltó una alegre carcajada que me aleteó en el pecho. Daba la impresión de haberme perdonado la salida de tono de la ocasión anterior. Como si la hubiese arrinconado en alguna zona oscura de la memoria de donde no le sería fácil salir.

—¿Sabe que me habría gustado conocer la célebre fábrica de Porcelanas de la China que se ubicaba aquí antes? Mi bisabuela era una rendida devota de sus obras. Heredamos muchas piezas de su colección particular —comentó repentinamente melancólica, mirando el paisaje alrededor.

—Una verdadera pérdida. Una lástima que edificios tan emblemáticos caigan y se reduzcan a cenizas con el alegato de las guerras.

—Durante años fue motivo de disputa entre mi madre y mi abuela paterna. La marquesa se crio en Inglaterra y las tropas británicas fueron las que destruyeron el más preciado paraíso de la madre de mi abuela. Imagine esos almuerzos…

—Las viejas trifulcas familiares. Cómo olvidarlas.

En cada casa cuecen las suyas. Siempre me ha provocado cierto estupor que los ingleses, para quienes el honor, la decencia y una respetabilidad intachable son dones de alta estima, se olviden de todo en cuanto guerrean, para convertirse en auténticos piratas.

—¿También sabe de ejércitos y milicia, Gustavo?

No me pareció que le contrariara en exceso si así fuera. Sonreí con sorna y arqueé las cejas.

—En mi familia hemos sufrido a algún que otro pariente con uniforme militar.

—Le escucho y solo me queda deducir que la suya es una familia pintoresca e interesante. Debería hablarme un poco más acerca de ellos.

—No se llame a engaño, mi estimada señorita.

Los Pérez somos gente corriente, ¿qué puede haber de peculiar o especial en un Pérez?

Sin ir más lejos, debe de haber millones de Pérez en el territorio nacional.

Ya no le digo si añadimos las colonias. Creo que no sirve de nada pavonearse apellidándose Pérez.

Transcurrieron un par de minutos en silencio. El trino de los pájaros revoloteándonos por encima, nos acompañó hasta que Beatriz habló de nuevo.

—Volviendo a la fábrica de porcelanas, ¿cree que habría gente dentro cuando la destruyeron? Gente inocente, civiles, me refiero.

—Con toda probabilidad, aunque la versión oficial habla de una evacuación completa.

Claro que, esa misma versión oficial ha intentado muchas veces echarle la culpa del desastre a las tropas de Napoleón, cuando en realidad, como usted bien dice, fueron Wellington y sus hombres los que, reduciéndola a escombros con el pretexto de librarnos de los franceses, eliminaron a su mayor competidor en el campo de las porcelanas de lujo.

—Cuántas veces me pregunto si lo que nos cuentan acerca del pasado es del todo cierto. ¿Usted no?

Hinché los pulmones meditando qué responder que no resultara grotesco o apasionado en exceso, no deseaba ahuyentarla y rematar como en la primera cita.

Los dos nos quedamos mirando la estatua de la fuente, donde el ángel caído, desde su anómala posición, nos transmitía un particular sinfín de emociones.

—Como la leyenda del Paraíso, ¿no le parece?

¿Quién sabe con certeza lo que allí sucedió?

Si este ángel, hermoso, el favorito del Creador fue injustamente expulsado víctima de los celos de otros seres divinos…

¿Se imagina que apareciera un libro que revelase que todo lo que nos han contado acerca de la expulsión de Lucifer del Paraíso es una burda mentira?

—Sería un lenguaje imposible de entender por los hombres, señor Pérez. La humanidad no está preparada para una revelación así. Sin ir más lejos, de oírle mi madre, lo tacharía de inmediato de sacrílego.

—Por fortuna, no tenemos aquí a la marquesa para descalificarme con tanta crueldad.