La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 12
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Agravios de doncella

Beatriz

No sé ni cómo, Paquita se enteró de nuestra excursión del día anterior, antes de que yo pudiera confiarle el secreto. Quizá fuera porque me oyó discutir con la marquesa a la hora del desayuno, corrió a interrogar a la pobre Elvira, y las conclusiones hicieron el resto.

—Si sales a tomar el té, que tampoco es que tengas especial necesidad de hacerlo en un establecimiento público, Beatriz, que para eso están las casas de las amigas, mansiones respetables donde se merienda en discreta intimidad, no en cualquier sitio, rodeada de gente corriente…

—Precisamente ese era el caso, madre, que deseaba ver gente. Personas normales. A veces me ahogo dentro de estas paredes. Y entre otras paredes que parecen las mismas, aunque estén situadas en otra calle.

Doña Eugenia hizo como si no hubiera escuchado ese último lamento mío.

—Pues si has de hacerlo, desde luego no con asiduidad y siempre a un lugar de respetabilidad contrastada, deberías ir acompañada de amigas.

—Elvira…

—¡Amigas, Beatriz! Cada una de vosotras con vuestra doncella, pero una doncella no es una amiga. ¿Volvemos a discutir el mismo tema de anoche?

—¿Tan difícil de entender es que me siento sola, madre? ¿Que me gustaría tener hermanas, pero no las tengo? ¿Que necesito poder hablar con alguien de mis cosas?

Mi madre hizo un aspaviento exagerado que dejó claro su desconcierto.

—No pensarás que confiarle tus secretos a una criada es una buena idea. Beatriz, la confianza con los que te sirven es muy peligrosa. Esta gente cambia sus lealtades por un real, es tan sencillo y rápido como chasquear los dedos.

—Para eso ya están los políticos, madre —rezongué ocupándome de mis bollos—. Y mira que todos son de clase alta.

Como no le interesaba responderme y alargar la discusión, no lo hizo.

Empezó a hablar de una futura recepción en casa de los condes de Ordaz y de los posibles invitados y la indumentaria que me convendría escoger.

Me quedé sorda en cuestión de segundos. Y luego, una vez apurado el café, pedí disculpas y me ausenté.

Salté de la sartén al fuego.

Mi doncella ahuecaba los almohadones con brío asesino. Los labios en línea recta, bien apretados y el entrecejo plegado como un acordeón. Entré intimidada a mi propia alcoba, dada la densidad del ambiente.

—¿No mejora Carmelita? —pregunté por romper el hielo.

—No mejora, no, señorita —gruñó sin mirarme—. Al contrario, parece que va de mal en peor.

—Vaya por Dios. ¿La ha visto el médico?

—Dos veces ya. Pero usted estará contenta.

—¿Yo? —me escandalicé— ¿Cómo voy a alegrarme de que la pobre no levante cabeza?

—Porque mientras la Carmelita siga en cama, tiene asegurada a su Elvira.

—Mi… ¿ Mi Elvira?

De repente lo comprendí todo.

—Paquita, ¿estás molesta por algo?

—¿Yo? —Pegó un último tirón a la colcha y rodeó la ancha cama esquivando mis ojos— ¿Por qué iba a estar molesta yo? ¿Porque me manda a Toledo con el Salvador, que es una acelga pocha, y usted se lleva a la Elvira a merendar a la Gran Vía? ¿Tendría eso que molestarme?

—Oye, Paquita…

—¿Necesita algo más la señorita? ¿Le subo otro café? ¿Un té? Creo que la cocinera acaba de sacar un bizcocho del horno.

—Paquita, ¿puedes relajarte un segundo?

—Pues la verdad es que no, señorita Beatriz. Tengo mucha faena. Una barbaridad de faena. Y ya sabe lo que pasa cuando entran nuevos al servicio, andan perdidos como cabras en sala de baile. Claro que, para ir a tomar pastas finas a la Gran Vía no es menester mucha lección.

—Hasta anteayer, te caía bien Elvira.

—Ya. —Puso los brazos en jarra—. Pero cuando alguien estorba… Estorba. Es que no cuenta solo el retraso que venga con ella por la falta de maña, trae al Andresito medio atontao , mirándola y babeando igual que un lelo.

—Tengo entendido que fue él quien la trajo. ¿De qué se conocían?

—Si le digo la verdad, señorita, no lo dejó muy claro. El caso es que tampoco es que me importe…

—¿Puedes decirle a Elvira que suba?

Abrió mucho los ojos. Sorprendida. Agraviada en lo más hondo.

—¿A Elvira?

—Eso he dicho.

—Vaya con la nueva. No necesita una más que un día de recados en Toledo para que aparezca el más pintao y de una patada te quite la silla. Muy bonito, sí, señor. Muy requetebonito.

Soltó su perorata ofendida y se esfumó dejándome con dos palmos de narices.

No sabía si reír o llorar. Paquita me adoraba, de eso no tenía la menor duda.

Y aunque sospeché que le incomodaría la salida con Elvira, nunca pensé que llegaría a tanto.

No dispuse de tiempo para elucubrar mucho más, porque enseguida sonaron unos golpecitos comedidos en la puerta y la voz de Elvira pidiendo paso.

—Con su permiso, señorita.

—Pasa, Elvira, quería hacerte unas preguntas.

Se tensó de manera visible. Traté de sosegarla con una sonrisa afectuosa.

—¿Andrés te está molestando?

—¿Andrés? —pareció descolocada—. No, señorita, nada de eso, ¿por qué lo pregunta?

—Paquita me ha comentado que anda un poco embelesado contigo. Los mozos, si no se les pone coto, pueden llegar a ser muy molestos.

—Andresito es buena persona, señorita Beatriz. Es verdad que se obstina en darme conversación y su cháchara… bueno, no da para mucho y además me entretiene de las labores. Y algún que otro regalito me ha traído cuando sale de mandados. Una manzana, unas fresas…

—¿A ti te gusta?

—¿Andrés? No, para nada, señorita, qué barbaridad.

—Pero os conocíais de antes, él te trajo para cubrir la vacante de Carmelita…

—La verdad es que tampoco, señorita. Yo acababa de llegar a la capital desde mi último trabajo y me topé con él en el mercado. Fue de casualidad. Congeniamos y le pregunté si sabía de alguna casa donde precisaran de criada… El resto ya lo sabe usted.

—Imagino que todo esto ya te lo habrá preguntado antes la señora Manuela.

—Sí, antes de contratarme me preguntó muchas cosas. Aunque también tenían la mayor urgencia por conseguir esas manos extra cuanto antes y no puso muchas trabas.

—Lo entiendo. —Sonreí—. ¿Estás contenta en la casa?

—Mucho, señorita. ¿Quiere que la peine? Los recogidos se me dan de guinda.

Antes de contestarle que ya estaba peinada, la vi con el cepillo de plata en la mano y una mueca de desbordada ilusión en la cara. No me vi con fuerzas para negarme, a sabiendas de que aquello enfurecería aún más a Paquita.

—¿Van bien las cosas con Paquita?

—Ya puede suponer. Un poco enfurruñada por haberse quedado fuera del plan de ayer, señorita. Más por no haberle echado el ojo encima al caballero, que por el chocolate y las porras.

—No… ¿No tenemos más notas?

—Hoy no, señorita.

No disimulé mi desencanto. Y creo que ella lo notó. Porque se puso a tararear una cancioncilla para alegrarme el día y me contó un montón de chismes divertidos en torno a los amoríos entre miembros del servicio. Cosas que yo, ni de lejos hubiera imaginado.

Iba a resultar que Barquillo 10 era la mansión de las pasiones desatadas.