11
Los intereses de Alonso
Justo en ese momento se les unió Alonso, el primogénito. El heredero.
—¿Qué tal la charla, familia? ¿Tan animada como siempre?
—Tu hermana se nos está volviendo socialista —gruñó la marquesa contrariada hasta el sofoco.
—No sé qué es eso —refunfuñó Beatriz empequeñecida.
—Apuesto a que madre tampoco sabe lo que significa —se mofó Alonso, echando una rápida ojeada a Elvira, que fue toda una declaración de intenciones.
—Y observa a tu amiga . —La marquesa bajó la voz hasta convertirla en un susurro confidencial.
Seguramente, para no ofender a la muchacha, detalle que Beatriz le agradeció en el alma—.
En el comedor, atenta a la mesa, sirviendo.
Como corresponde. Cada cual en su lugar.
Y tu padre, en el suyo. Toda la tarde en la Asamblea, decidiendo los destinos de esta santa nación.
—No he estado en ninguna asamblea, estuve en el club, querida, jugando a las cartas y compartiendo botella con el conde de Organza.
Los dos hijos contuvieron a duras penas una carcajada.
—Arturo, ¡por amor de cielo! Esas chanzas tuyas…
—No es ninguna chanza, esposa, es la verdad. Eso que con tanto afán siempre defiendes.
—Jugando cartas y embriagándote… Desde luego, marqués, luego querremos dar buen ejemplo a los hijos.
—Si estuviera en el Escorial desarrollaría actividades mucho más provechosas.
—Todos lo sabemos, padre —lo auxilió Beatriz cargada de paciencia, antes de que tomara carrerilla con su cantinela de siempre.
—Pues eso. Casaos de una vez. Los dos.
La cena transcurrió sin otro incidente que una nueva monserga del marqués respecto al vecino Otamendi, cuya prontitud y diligencia en los negocios le habían impedido hacerse con el número 8 de la calle del Barquillo.
Si algo percibió Beatriz, fue la volátil y ausente atención de su hermano a la charla durante el segundo plato y los postres. Mucho más acusada que de costumbre.
Y es que la visión de Elvira lo había trastornado.
Un violento ramalazo de deseo expandiéndose en oleadas desató sus instintos. Un reclamo procedente de su carita de porcelana muerta de susto, de una inocencia, pese a no ser ya una chiquilla, que pedía a gritos ser destronada.
Un trabajo para el empedernido mujeriego Alonso Maldonado y Lavidia.
Acabó la cena familiar y el heredero se retiró con sospechosa precipitación, habida cuenta que los pastelillos que acompañaban el café eran sus favoritos.
Perdió el tiempo un rato, vagabundeando por los pasillos, merodeando los corredores que conducían a la zona de servicio, por ver si se cruzaba con Elvira.
Dos horas más tarde, cabizbajo y decepcionado de su suerte, quiso acostarse.
Tramaría un plan para verla a partir del día siguiente.
Y sin embargo, la fortuna que hasta entonces le había sido esquiva, decidió sonreírle: con la mano apoyada en la manija de su puerta, la vio salir del dormitorio de su hermana Beatriz.
Al detectar su presencia, las mejillas de la doncella enrojecieron como amapolas y su mirada se perdió en las alfombras.
—¡Elvira! Te llamas así, ¿no?
—Sí, señorito. Ese es mi nombre.
—Un nombre precioso. ¿Y de dónde vienes tú, Elvira?
—De Calatayud, señorito. Y luego de León, de Ponferrada.
—Hermoso castillo. ¿Lo conoces?
—No, señorito. Si me disculpa, señor…
—Alonso. Me llamo Alonso.
—Lo sé, señorito. Debo volver al lavadero, llevo ropa de la señorita Beatriz para lavar y se hace tarde.
—En mi dormitorio también hay unas… unas sábanas que convendría cambiar.
La mujercita sufrió un temblor.
—Quiere…, ¿quiere que me las lleve ahora?
Alonso empujó la puerta de su alcoba, se hizo a un lado para dejarle espacio y le indicó con un gesto que entrara.
—Me parece una idea espléndida.
La doncella dudó un buen puñado de minutos.
Con el vestido de encaje blanco de su señorita en las manos y su chal de lana, sin saber muy bien dónde dejarlo, que no se estropeara, para ir a cumplir con la orden del señorito.
A fin de cuentas, la marquesa lo había dejado claro, era criada general de la casa, no doncella personal de la señorita Beatriz, estaba obligada a realizar cuantas tareas se le exigieran.
Abrumada y un poco torpe, Elvira entró en la habitación que, enseguida la envolvió con su olor a hombre de bien.
Tragó saliva. Posó la ropa de Beatriz sobre un butacón que había a la entrada y se dirigió a la cama, a recoger las sábanas.
Sintiendo fija en su espalda y, probablemente en sus posaderas, la mirada penetrante del señorito Alonso.
—Debería ir a por sábanas limpias primero —cayó en la cuenta con alivio—.
Para hacerle la cama de nuevo y que se pueda acostar cuanto antes.
—Se giró atribulada. Allí estaba el señorito Alonso, alto, rubio y de ojos claros, igual que su hermana, como un límpido sol de primavera—. Si me disculpa, vuelvo en un periquete.
—Eres muy bonita, Elvira.
—Gracias, señorito. Ahora mismo vengo.
Recogió con atropello las prendas femeninas y salió volando escaleras abajo, rumbo al lavadero.
Dejó el chal y el vestido en una palangana, donde más tarde lo pondría en remojo, tomó del armario una muda completa de cama y, solo entonces, cuando fue consciente de que llevaba minutos reteniendo la respiración, frenó un segundo a tomar aire.
El señorito Alonso era un regalo del cielo. Guapo como un querubín. Rico. Riquísimo. Hijo de marqués. Heredero del título y las propiedades.
¿Pudiera ser que la providencia la hubiese mirado de frente con una sonrisa de oreja a oreja y una peseta entre los dedos? Porque si un noble como el señorito Alonso se fijaba en ti, no es que no pudieras sacar algo de provecho.
Se miró de pasada en el espejo de la lavandería para comprobar su aspecto. Quiso pellizcarse las mejillas para sonrosarlas, pero las vio arreboladas como si hubiese pasado horas pegada a una chimenea. De modo que se contentó con acicalarse los mechones sueltos de cabello y organizarlos un poco.
De vuelta al dormitorio con las sábanas, por culpa de los nervios las había olvidado encima de la mesa de plancha y tuvo que volver sobre sus pasos a recogerlas, encontró al señorito sentado ante su escritorio, con una pluma y una copa de licor en la mano. Escribiendo algo.
¿Una carta de amor para una enamorada? No resultaría extraño.
—Con permiso.
—Adelante, Elvira. Mi cama es toda tuya.
Lo dijo con un tono socarrón muy seductor.
El señorito Alonso sabía cómo hacerse notar, desde luego.
La chica cumplió con sus deberes de doncella bajo la atenta inspección del hijo de los marqueses, que no despegó los labios, pero la observaba sin pestañear.
Cuando remató la faena, sintió un inmenso alivio en sus nervios crispados.
—Ya tiene las sábanas listas, señorito. Si no manda nada más, me retiro.
—¿Eres la doncella personal de mi hermana?
—No, señorito, qué más quisiera yo… Quiero decir… —rectificó horrorizada por el ramalazo de espontaneidad.
—Quieres decir que aprecias mucho a la señorita Beatriz y que sería muy de tu agrado servirla de continuo —la ayudó con amabilidad.
—Eso mismo, señorito. Eso mismo quería decir. Pero Paquita es su doncella.
—Bueno —suspiró abandonando la silla—. No me cabe duda de que no tardarás en hacerte imprescindible. Muchas gracias, Elvira, puedes ir a descansar.
La muchacha huyó hacia la puerta, accionó el picaporte y salió, cerrándola a sus espaldas.
Lo había hecho otra vez.
Había vuelto a mirarla de aquella forma intensa, como si la traspasara, como si estuviera a punto de proponerle algo prohibido a lo que al final, por principios, por prudencia y porque estaban bajo el techo familiar, renunciaba.