La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 10
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Anhelos en torno a ella

Gustavo

—Debería sentirse orgullosa —añadí al ver que no respondía—. De aportar frescura y novedad a este rancio mundo nuestro. Es usted una burbuja de esperanza.

—No lo crea. Pertenecer a determinadas familias y disponer de ideas propias, a veces resulta de todo punto incompatible.

—Puedo figurármelo.

Conforme parloteaba, mis ojos codiciosos perseguían sus manos, enguantadas en fino encaje, moviéndose por la mesa como dos palomas blancas. Sus sonrisas tímidas eran pequeños soles que iluminaban el establecimiento. Sus labios al moverse formando palabras…

Sus labios.

Estando allí con ella, como si nos conociéramos o algún lazo especial nos vinculara, una intensa felicidad me recorrió el cuerpo, un hormigueo placentero e insoportable, un sinfín de anhelos que seguramente no se cumplirían en la vida porque giraban en torno a ella, pero que me hacían sucumbir sin siquiera luchar.

Ahogando un suspiro, me incliné hacia adelante. Embriagado con su perfume suave y delicado.

—¿Por qué se arrojó a las ruedas de mi coche?

Ella gimió en voz baja, se llevó la mano a la boca y se la cubrió con elegancia. Sus ojos claros soltaron un destello de temor y absoluta tristeza. No parecía dispuesta a sacarme de dudas.

—Dígame, Beatriz, ¿qué la empujó a querer acabar con su vida?

Se puso en pie con un impulso demasiado brusco.

—Para usted, señorita Beatriz —me ordenó recalcando el « señorita» .

El temor a haberla espantado con alguna inconveniencia me cerró la garganta.

—Sí, claro, disculpe. Supongo que me he excedido con la familiaridad.

—Creo que ya le he concedido mucho más tiempo del conveniente, don Gustavo. Ya me ha visto, he aceptado su invitación, y tenga por seguro que le agradezco en el alma su acto de caridad.

—El atenderla cuanto pude no fue un acto de caridad —me apresuré a rectificar.

—¿Entonces qué? Un acto de… ¿afecto?

Podría serlo. Con el tiempo y una oportunidad, estaba seguro de que podía serlo. Pero ella no deseaba escucharlo. No en aquel momento.

—No, señorita. De prudencia y urbanidad.

Su gesto se desencajó ligeramente.

—Ah, claro. Ahora soy yo la que siente haberse precipitado con sus… conclusiones. En cualquier caso, si me disculpa, se hace tarde.

—¿He dicho algo que la haya molestado?

—Debo volver a casa. Elvira…

La doncella, que hasta entonces había ocupado la mesa aparte, se aprestó a escoltarla sin decir ni una palabra, sin atreverse a mirarme.

Beatriz, más nerviosa de lo que había imaginado que pudiera ponerse, se colgó de su brazo y, a empujones, la sacó del salón de té a la calle. La muchacha colaboró sin poner trabas.

Verla desaparecer sin una promesa de futuro fue como caer por un precipicio.

Aquella mujer tenía algo, algo indescifrable que me había cautivado.

Y no se trataba de su belleza cegadora. El tormento que leía en sus ojos aguamarina, lo incomprensible de que alguien de su edad, posición y apostura quisiera romper con todo, renunciar a una existencia de lujos y oropeles y perecer arrollada por un carruaje.

¿Qué la mortificaba de forma tan espantosa?

¿Qué crimen había en su pasado que ensombrecía un futuro lleno de brillo?

La hoguera que me estalló en el vientre gritaba que debía averiguarlo. Salvarla de sí misma. Curar sus heridas y alejar tanto dolor. Hasta que sus sonrisas fueran sinceras. Mucho más de lo que había visto durante aquella breve entrevista.

Tomé con cuidado su servilleta, la alojé entre los dedos y con disimulo la llevé hasta las proximidades de mi nariz. Había capturado su aroma, permanecía allí enredado en la urdimbre de la tela.

Así que la robé. Porque llevármela conmigo era el único modo de retenerla a ella.

Beatriz

—¿Se puede saber dónde has estado toda la tarde?

—Ya se lo he dicho, madre. Salí a pasear y me detuve un instante a tomar el té en un saloncito muy coqueto que descubrí por casualidad.

Mi madre se había educado en Inglaterra y si querías ponerla de tu parte, solo tenías que considerar el té como el remedio a todos tus males. Además, le constaba y preocupaba mi decaimiento. Puse énfasis con un puchero.

—Madre, necesitaba airearme un poco, no me regañe, se lo ruego.

—¿Y con quién has ido finalmente? Porque si estoy en lo cierto, Paquita viajó con Salvador a Toledo…

—Elvira, madre, Elvira me ha acompañado.

Me estudió con interés por encima del borde de su copa.

—¿La doncella nueva? Apenas si la conocemos, ignoramos si estaría a la altura de darse la necesidad. Además, se la ha contratado para sustituir a Carmelita mientras esté enferma. No es doncella personal.

—Pero podría serlo. ¿Verdad, madre, que podría serlo?

La marquesa pestañeó confusa un par de veces.

—¿Y ese repentino interés?

—Hemos congeniado.

—¿Y a Paquita? ¿Dónde te la dejas?

—Bueno, Paquita también.

—¿Dos doncellas personales para ti sola? ¿No crees que te excedes en tus pretensiones, querida?

—Discúlpeme su señoría.

Mi madre y yo giramos sorprendidas las cabezas hacia el rincón desde el que provenía la trémula voz. Sin atreverse a acercarse demasiado a la mesa, Elvira había aparecido en el comedor y dejaba caer su peso alternativamente de un pie a otro, retorciéndose las manos.

—¿Tú de dónde sales?

—Con el permiso de su señoría… No he podido evitar escucharla y…

—¿Ves lo que te digo, Beatriz? No se le puede conceder tregua al servicio. Enseguida olvidan cuál es su lugar y hasta hablan cuando no les corresponde.

—Yo querría saber qué tiene que decir, madre, ¿usted no? Dinos, Elvira, ¿qué es lo que te preocupa?

—Yo podría… podría…

La marquesa puso los ojos en blanco con impaciencia.

—Sin atoros, muchacha, habla de una vez.

—Podría realizar las tareas de la doncella enferma y atender también a la señorita Beatriz. Aunque solo fueran unas horas al día.

—Para eso ya tenemos a Paquita —la desencantó mi madre con rudeza.

—A la señorita se la ve tan contenta…

Aquello fue una temeridad. Un sobrepasarse en toda regla por parte de Elvira.

Osar interrumpir a la marquesa, colarse sin invitación en una conversación ajena y, peor aún, dar a entender que había andado espiando, la condenaba para la eternidad a los fuegos del infierno.

Tenía que echarle una mano o aquella misma noche, la pobre mujer dormiría debajo de un puente.

—Tiene razón, madre. Hablamos más de una dama de compañía que de una doncella al uso.

—Las damas de compañía se buscan para las ancianas y las personas impedidas. Hasta donde sé, tú no encajas en ninguna de las dos categorías. Retírate, Elvira. Sin tardanza.

Esperé a quedarnos solas, porque lo que iba a mencionar todavía me escocía y me provocaba vergüenza.

—Sabe bien lo triste que estaba después de… —Me mojé los labios. No simulaba cuando recordaba mi pasado más reciente y temblaba de pies a cabeza—. Lo cierto es que no pensé volver a sonreírle a la vida hasta que nos reunimos Paquita, Elvira y yo. Me hacen reír, madre, me transmiten felicidad.

—¿Felicidad? ¿Un par de criadas? ¡Arturo! ¿Has escuchado las barbaridades que suelta tu hija por la boca?

El marqués, que acababa de aparecer en el comedor con la intención de cenar en paz y concordia, sin pajolera idea de lo que nosotras tratábamos, arrugó el ceño adivinando altercados e histerias varias.

—No, Eugenia. Y si me lo permites, fingiré no haberte oído a ti tampoco. ¿Qué tenemos de cena?

—Madre no cree que mis doncellas puedan hacerme feliz.

—Tanto como feliz… No me atrevería a afirmarlo.

No obstante… —Las aletas de su nariz se movieron con rapidez—, Eugenia, Beatriz es joven y está muy sola.

Alonso va a lo suyo, creo que su capacidad de acompañamiento dista mucho de lo que todos desearíamos.

—Desdobló la servilleta de una sacudida—. Es lógico que busque amigas.

—Algo que no discuto. Pero entre gente de su clase, Arturo, ¡por amor del cielo! que hay mucha jovencita de buena cuna en Madrid y no hace falta recurrir al servicio.

—Si tú lo dices…