9
En la Gran Vía
Elvira estaba en el patio trasero tendiendo ropa, cuando la abordó un joven desconocido cuyo atractivo sin par la dejó sin habla.
Se ve que había cruzado el paso de caballerizas desde la plaza y allí, en mitad del caos de sirvientes yendo y viniendo, con sus manos metidas en los bolsillos y su sonrisa cautivadora, relucía como un diamante lustroso.
—Muy buenas. ¿Conoce usted a la señorita Beatriz?
A Elvira le costó recuperar la lengua. Tragó saliva y abrió y cerró un par de veces la boca sin llegar a decir nada. Al final, convencida de que ningún sonido saldría de aquella garganta repentinamente seca, asintió con un cabeceo.
—¿Sería tan amable de entregarle esta nota?
Cuando la moza se fijó, él le tendía un papel en sobre cerrado, muy fino. De un delicado color crema. Estiró la mano enrojecida de tanto frotar telas en la colada, y se hizo con la carta.
—¿Quiere que se la dé?
—Si pudiera entregársela, sí. En mano, por favor. Asegúrese de que la recibe.
—De quién le digo…, ¿quién la manda?
Al joven guapo le sonrieron los ojos. Se rozó el ala del sombrero y se dispuso a marcharse.
—Lo sabrá en cuanto la lea. Muchas gracias…
—Elvira, señor. Me llamo Elvira.
Beatriz
Siglos hacía que nadie me enviaba una nota.
Nunca gocé de la suerte de un enamorado con tan románticas costumbres, y apenas si tenía amigas con un poco de imaginación y talante divertido.
Las invitaciones a merendar, a comer o a alguna recepción solían ser muy formales y viajaban de casa a casa a través de los mayordomos, sin mayor gracia.
Esa fue otra de las razones por la que recibirla me puso tan contenta.
Nada comparado con lo que sentí al recorrer las líneas de cuidada caligrafía.
Era Gustavo quien me escribía. Y con total descaro, sin demasiados preámbulos, me proponía vernos.
Aquella misma tarde, al final de la Gran Vía, como si por casualidad nos cruzásemos paseando.
Un remolino de plumas ligeras me ascendió desde el vientre al estómago.
La efervescencia de la excitación anticipada, ni siquiera sabía de qué.
Allí estaba Elvira, casi tan emocionada como yo, esperando instrucciones.
Tenía que escoger un vestido bonito. Favorecedor, pero sin estridencias, que no se notase que había puesto especial esmero en acicalarme.
Debía, además, ir acompañada de una doncella y a Paquita la había mandado a Toledo a por unas telas.
Así que todo lo organizamos deprisa y corriendo entre las dos: Elvira y una servidora.
Al dar las cinco en el reloj del recibidor, se me desbocó el corazón.
Me costaba reconocer a la Beatriz de hacía solo unos días, hundida y devastada, en aquella explosión de entusiasmo renovado. En la sonrisa amplia que no aflojaba. En el respirar entrecortado y tembloroso a causa de los nervios.
—¡Elvira! Elvira, muchacha, ¿dónde te metes?
La doncella apareció en el acto, desde la puerta bajo las escaleras que conducía a la zona de servicio, abotonándose el cuello del vestido.
—Listas, señorita, cuando guste.
—¿Aún no ha vuelto Paquita?
—No, señorita Beatriz.
Ladeé la cabeza contrariada.
—Le disgustará habérselo perdido. Verás cómo se nos enfada. Bueno, vamos, o llegaremos tarde.
Nos escabullimos de las preguntas de mi madre. Era evidente que la marquesa se contentaba con verme un poquito menos triste, distraída y con ánimos suficientes como para pasear un rato. De modo que no puso inconvenientes. Seguida de Elvira, a seis pasos de distancia, enfilamos la Gran Vía.
Consulté la nota un par de veces, porque la histeria que me dominaba impedía a mi cerebro retener los datos que llevaba apuntados.
Por fin alcanzamos el número en cuestión.
Se correspondía con un delicioso saloncito de té que me resultaba desconocido, frecuentado al parecer por jóvenes de buena presencia y familia, atendido por lacayos con libreas relucientes.
Y en una mesa soberbiamente escogida por su discreta ubicación, estaba él.
Gustavo.
Seductor como un dios descendido de los cielos.
Aguardándome.
Se puso en pie de inmediato, avanzó un par de pasos, tomó mi mano y besó mis nudillos al tiempo que marcaba una venia.
—Dios mío. Por un momento temí que no vendría. Por más de un momento, si he de serle sincero.
Halagada hasta el tuétano de los huesos, me mantuve firme resistiéndome a tomar asiento, pese a ser lo que más deseaba.
—No he querido desairarlo… Con lo mucho que le debemos, Gustavo. Pero ¿por qué me ha enviado esa nota?
La sonrisa canalla que se descolgó en su comisura, curvando solo la mitad de su boca, hizo palpitar mi pecho enloquecido.
—Porque… ¿quería verla?
—¿A mí? ¿Puedo saber la razón?
—Le salvé la vida y no me lo agradeció usted bastante.
Respingué.
—¿Le parece?
—Y es usted como un ángel bajado del firmamento. Así que al menos, merecía el enorme placer de volver a contemplarla.
Quise enfadarme con su desfachatez, regañarle. Sin embargo, no pude. Sentí cómo mis mejillas ardían de rubor y mis ojos se humedecían de pura emoción, mirándolo.
—No deberíamos dejarnos ver en público con tanto descaro. Podría usted comprometerme.
—Un inocente café rodeados de mirones por los cuatro costados no debe de hacerle daño a nadie. ¿Preferiría en su lugar una caminata por el parque?
—Ojalá en Madrid dispusiéramos de bosques espesos, como en Inglaterra. Allí sí es posible pasear con recato durante horas, sin ser vistos.
Gustavo se encogió de hombros, señalando la mesa dispuesta y a la espera.
—Vivir en la gran ciudad tiene sus inconvenientes. En cualquier caso, ya que está aquí… Viene acompañada de doncella y nos conduciremos con la mayor honorabilidad, tiene mi palabra. No daremos motivo de chisme.
Vacilé retorciendo con agonía el cordoncillo del bolsito que llevaba colgado de la muñeca.
—Podemos aclararle a todos los presentes que le salvé la vida y que usted me debía esta convidada. Incluso, que ha venido por obligación y honor, en contra de su voluntad.
—No diga tonterías.
De milagro no se me escapó una sonrisa ante tanta zalamería. Dudé un instante más y finalmente acepté la silla que me seguía ofreciendo. Nuestro salvador la retiró para mí y a continuación, me ayudó a recolocarla.
—Detecto cierto refinamiento en sus modales, Gustavo. ¿A qué se dedica?
—Eso es porque serví como camarero en varios hoteles de lujo, señorita. En ese tipo de empleos es condición inexcusable conducirnos como auténticos caballeros, sin olvidar nunca cuál es nuestro lugar.
—Qué interesante —comenté. Y no mentía.
—Mi primer jefe fue un maître francés muy estirado que nos robaba el escaso tiempo libre dándonos clases de dicción y modales. ¿Té o café?
—Té, gracias —indiqué al camarero que nos atendía. Eché un vistazo a otra mesa, más apartada, donde esperaba una deslumbrada Elvira—. Encárguese de servir también a mi doncella, por favor. Sírvale café y lo que ella decida comer.
—Compruebo que su relación con el servicio es abierta y cercana.
—¿Lo dice por la merienda? Pobre muchacha, no voy a dejarla morir de hambre después del recorrido que le he impuesto…
—No me refiero solo a ella. La noche de la… taberna —bajó sensiblemente el tono de voz—, venía usted muy bien acompañada. Y por lo que pude ver, los dos se desvivieron por auxiliarla.
Sonreí abrumada.
—Son como parte de mi familia. Naturalmente, mis padres no comparten mi visión del mundo, afirman que pensar que todos somos iguales es antinatural, pero… Con honestidad, creo que la Gran Guerra lo cambiará todo.
Gustavo me había clavado hacía rato sus brillantes pupilas.
Y no retiraba de mí su atención. Me percaté de que viajaba de mis ojos a mi boca, y vuelta a empezar.
Me puse un poco nerviosa, no estaba acostumbrada a tal proximidad con un hombre que me era casi por completo desconocido.
La situación empeoró cuando apoyó el mentón sobre el puño para observarme aún más de cerca.
—¿Eso piensa?
—Discúlpeme —me atasqué—. Creo que lo aburro con mi conversación. A veces me atraen unos temas muy poco apropiados, dada mi condición.
—¿Y cuál es su condición, señorita Beatriz? ¿La de mujer inteligente y moderna?