La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 8
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La nueva adquisición

Beatriz

Salí al pasillo justo a tiempo de cruzarme con Paquita.

Iba acompañada de una joven que nunca antes había visto y juraría que la llevaba mareada con su incesante cháchara.

Ni siquiera conozco la causa, probablemente ver una cara nueva en aquel tapiz continuo que era la casa de los marqueses en la capital, una alegría súbita y burbujeante me invadió de pies a cabeza.

Me paré frente a ellas y sin necesidad de indicación alguna, la muchacha realizó una perfecta reverencia que me dejó muy impresionada.

—¿Paquita? ¿Quién es?

—Señorita Beatriz, esta es Elvira, acaba de incorporarse al servicio. Ya sabe, en el lugar de Carmelita, que no termina de soltar las toses… Elvira, es la señorita de la casa. ¿A que es preciosa?

Se me colorearon las mejillas.

—Paquita, por Dios… ¡Qué cosas tiene esta chiquilla!

—Razón no le falta, señorita. No hay más que tener ojos, parece usted un ángel.

—Gracias, Elvira, eres muy amable. Espero que te encuentres a gusto entre nosotros.

Por cierto… —Reacia a dejarlas marchar, con su charleta y su alborozo, y quedarme sola de nuevo, me froté la nariz pensando—.

¿Me ayudaríais las dos con unos vestidos?

Quiero hacer unos cambios que me permitan seguir usándolos antes de desecharlos.

A veces me parece un crimen gastar tanto en el armario.

Eso sí, necesito ideas para que parezcan más modernos.

Las bonitas facciones de Elvira se iluminaron desde dentro. Los ojos oscuros le soltaron un destello mientras Paquita, que ya me había ayudado a lo mismo otras veces, palmoteaba.

—¡Suena muy divertido, señorita!

—Pues vamos, ¿a qué esperáis? Mi alcoba nos llama.

Fui feliz durante unas tres horas.

Mucho más dichosa de lo que lo había venido siendo desde… desde el suceso. Reímos, nos probamos ropa, Paquita subió galletas con leche y miel y nos contó un montón de chismes.

Más que señorita y doncellas parecíamos tres amigas. Si me apuras, tres hermanas, de las que siempre quise tener y jamás tuve.

No obstante, todo conllevaba sus riesgos.

Si la marquesa se enteraba de aquella familiaridad, montaría en cólera y le haría pasar un mal rato a la señora Manuela.

Esta, a su vez, cumpliendo con sus deberes de ama de llaves, amonestaría a las muchachas, si no las ponía de patitas en la calle.

Mi Paquita podía decirse que vivía medio a salvo, eran ya muchos años desde que la recogieron con unos seis, la tuvieron de moza en la cocina, fregando suelos de rodillas y pelándose los nudillos rascando la roña de los fogones, cargando leña y, más tarde, al cumplir los doce, había entrado a mi servicio como doncella y dama de compañía, ya que nuestra edad, año arriba, año abajo, se aproximaba.

Pero la nueva…

La nueva pendía de un hilo, como todo el que llegaba a Barquillo 10. A nuestra ama de llaves le disgustaba lo novedoso, le costaba un mundo romper sus rutinas diarias para hacer hueco a una voz nueva, a una cara desconocida.

Y no hablemos de adaptarse.

Y a mí Elvira me gustaba. Me había dado una fabulosa impresión.

Era algo mayor y asentada, sus modales eran exquisitos, hablaba sin faltas y sus ideas para renovar los vestidos solo pude calificarlas de excelentes.

Sería un inmejorable añadido a nuestro diminuto grupo fraternal, ahora que tanto lo necesitaba. No podía perderla.

A la mañana siguiente coincidimos todos en la mesa del desayuno. Desde la fatídica noche de la pelea en la taberna, apenas si me había cruzado con mi hermano y las únicas frases que me había dirigido fueron un escueto «gracias, hermanita, te debo una».

Alonso era tres años mayor que yo y pese a ello, le habían llovido tantos discursos y regaños por mi parte a causa de su errático comportamiento, que huirme se había convertido en su más perfilada habilidad.

—Me ha informado la señora Manuela que estás muy contenta con la nueva doncella, ¿es eso cierto?

—Mucho, madre. Es despierta y bulliciosa, un soplo de aire fresco a mis días.

—Perdona que te recuerde que bulliciosa es lo último que cabe esperar de una doncella. Mejor callada, sumisa y hacendosa. Así es como debe ser.

Bajé la cabeza, arrepentida de mi impulso de sinceridad. Con madre nunca se debía abrir el alma del todo.

—Bueno, ya, eso también. Quería decir alegre. Es muy refinada, se nota que sirvió en casa de unos duques. Sus ideas para renovar el armario han sido excelentes.

La marquesa sacudió suavemente la cabeza. Mi padre leía la gaceta de noticias y mi hermano consumía café como si alguien fuera a meterle fuego a las plantaciones.

—No entiendo esa Carmelita, lo que va a tardar en curarse. ¿Cuánto lleva en cama? ¿Esto no es ya abusar? Le diré a la señora Manuela que avise al médico del servicio y que la revise. Tengo la sensación de que esa muchacha pretende tomarse unas vacaciones a nuestra costa.

—¿Y si así fuera, querida? —se oyó lacónico a mi padre.

Su esposa lo miró con asombro.

—Quiero decir, que no podemos quejarnos, el servicio de esta casa se desloma y los sueldos…

—¡Los sueldos son extremadamente generosos! —se alteró doña Eugenia.

—Podrían ser mejores —gruñó mi padre.

—Todo podría ser mejor siempre, Arturo. Los que trabajan siempre quieren más, míralos si no, hablando de huelgas generales y revoluciones.

Pero las cosas son lo que son, y no lo que desearíamos que fueran.

Por cierto, no han de pasar muchos meses antes de poner de nuevo en el tapete el asunto del casamiento de Beatriz.

Di un respingo que casi me levantó de la silla.

—¿Mi casamiento? ¿Con quién?

—Alguien habrá que buscarte. Y por favor, que sea mejor que el anterior.

—Eugenia… —la reprendió el marqués.

Ella se llevó la taza de porcelana a la boca con un gesto de absoluta inocencia.

—Entenderás que no podamos dejar así las cosas. La gente no cejará en su afán de cotilleo hasta que Beatriz sea una mujer respetable y casada.

—Ya soy respetable, madre, aunque no esté casada.

—No me lleves la contraria por diversión, hija, que sabes muy bien a qué me refiero.

—Tu madre está en lo cierto. Por desgracia. Me obliga a vivir en esta casa cuando yo debería estar en mi finca, respirando a pulmón. ¿Cuándo se ha visto que un marqués resida en una vivienda modesta en plena capital?

—¿Modesta, padre? —me sublevé.

—¡Tenemos por vecino a un ingeniero!

—Con una ingente fortuna, padre, recuerde eso.

—Paparruchas. Si ese hombre no se hubiera entrometido, habría comprado no solo el número 10 de la calle del Barquillo, también el 8. Y nuestro palacete sería el doble de grande.

—Y si el señor Luis Ocharán no se hubiese entrometido, nuestro vecino, el señor Otamendi viviría en el número uno de la Gran Vía. Padre, nos sobran quince dormitorios. ¿Le parecen pocos?

—Como con los sueldos, hija, siempre se puede mejorar.

—¿Y por qué no os empeñáis en casar a Alonso? Al fin y al cabo, es el heredero. Su casamiento importa, el mío no.

Hasta entonces, me había llamado la atención la mudez de mi hermano. No obstante, cuando dije aquello, se envaró de forma visible y la taza de café bailoteó entre sus largos dedos. Eso sí, de sus labios no salió una sola sílaba.

—Importan todos. Es solo que con tu hermano disponemos de más tiempo —recalcó la marquesa con una sonrisa.

—En el caso de Alonso, lo importante ahora, es asegurar ese cargo en la corte que revolotea prácticamente seguro…

Mi hermano empujó la silla con violencia, apartándola de la mesa. Se puso en pie y arrojó la servilleta como si estuviera empapada de algo desagradable.

—Ya le he dicho que no aspiro a ningún cargo en la corte, padre. Solo quiero vivir en paz y tranquilidad en el palacio del Escorial, ocuparme de la finca y no pisar el centro de la capital más que para ir a la ópera.

—Eso ya lo discutiremos en su momento, Alonso, hijo —trató de apaciguarlo mi padre.

—Siéntate y acaba el desayuno, por favor —agregó mi madre con un ligero titileo en la voz.

La respuesta de Alonso fue inclinar la cabeza a modo de saludo y desaparecer del comedor sin más concesiones.

—Si me dispensáis…

El marqués se quedó mirando el punto exacto por el que su hijo acababa de desvanecerse, con una chispa de frustración en las pupilas.

Puede que Alonso no fuera con exactitud lo que padre esperaba de él. Mucho menos madre. Él aspiraba a una vida descomplicada, sin demasiadas formalidades, que le permitiera emborracharse noche sí y noche no, y seducir a todas las criadas y mozuelas del pueblo.

El profundo suspiro de mi madre me sacó de mi sopor.

—Cásalos cuanto antes, Eugenia —imploró mi padre afligido—, para que yo pueda regresar a mi amadísimo palacio del Escorial.

—El marquesado de Bonagua solo tiene dos ramas, Beatriz, tu hermano y tú. Y los dos debéis prolongar la estirpe con la mayor dignidad posible. Si no hubiésemos perdido a los mellizos…

Mi madre se enjugó una lágrima solitaria con la punta de la servilleta de hilo. Cada vez que recordaba a mis hermanos fallecidos de fiebres antes de cumplir el año, dos preciosos mellizos, varones ambos, que a decir general eran dos querubines bajados del cielo, lloraba durante horas.

Y al resto nos tocaba consolarla.