La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 7
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Donde faltan manos

A todos llamó la atención las prisas de Andrés por recibir los dineros y salir corriendo al mercado. De ordinario era bastante remolón para sus tareas y hasta un tanto perezoso cuando se trataba de salir de casa.

Sin embargo, aquella mañana parecía deseoso de cumplir con sus obligaciones de tan buen grado, que en cocinas y en la zona de servicio todos se quedaron cuchicheando.

Por si lo pillaba el toro, primero pasó por los puestos y compró las hortalizas.

De ahí se encaminó a la pensión a ver cómo había pasado la noche la recogida.

Se la encontró sentada a la mesa de la cocina, con bastante buen aspecto, dadas las circunstancias, dando cuenta de unas gachas con leche tibia.

—Ahí la tiene. —La patrona hizo una seña con el dedo—. Hoy sin falta se me marchan.

Andrés retorció la boina entre las manos como si estuviese empapada y quisiera estrujarla.

—Sí señora, como usted diga.

—Como yo diga, no. Como me has pagado. Una noche. Y el desayuno corre de mi cuenta, que me ha dado sentimiento la muchacha.

—Muchas gracias, señora. ¿Puedo dejar aquí la cesta?

—Ahí, en esa esquina, que no estorbe.

Andrés obedeció y luego fue a presentarse a la chica a la que había salvado. Con su carita de pasmo y su timidez horrorosa.

La mujer desconocida levantó los ojos de las gachas y lo miró de pelo a zapatos. Sí era cierto que tenía mucha más edad que él, pero un cierto halo de inocencia y su belleza la hacían parecer mucho más joven.

A Andrés le pareció la encarnación de la mismísima virgen.

—¿Tú eres el que me sacó de la calle?

Él asintió con mucho trabajo.

—Te habías desmayado. Tenías los labios resecos, parecía que llevaras días sin comer.

—Ni beber. Anda, siéntate aquí a mi lado. No hay necesidad de que todos se enteren de mis desgracias, que son muchas.

El mozo se sintió halagado por la invitación. Tiró de la silla y se acomodó sin articular palabra.

—Te veo mucho más repuesta.

—Gracias a ti. Venía escapando de mi padre, pero me perdí y me quedé sin comida ni agua.

—¿No es un buen hombre?

La mujercita soltó una carcajada cínica.

—¿Un buen hombre? Si lo fuera no habría huido. Lo malo es que ahora no tengo dónde ir.

—Podrías quedarte aquí un par de noches.

—La habitación habrá que pagarla.

—Hasta hoy estamos en paz, yo me he hecho cargo. Pero… ¿no tienes nada? ¿Ni unas pesetas?

—Algo tengo. Poca cosa. Si se las doy a ella me quedaré sin nada.

—Podrías pedirle trabajo, a lo mejor tiene aquí algún puesto que puedas cubrir…

No siguió con la propuesta, porque la mueca de desencanto de la chica se lo dijo todo.

La perspectiva de trabajar en la pensión parecía espantarle.

—Por cierto, me llamo Andrés.

Ella colmó la cuchara y se la metió en la boca.

—Encantada, Andrés. Me llamo Elvira.

—¿Elvira qué más?

—Elvira. —Volvió a llenarse la boca.

El muchacho sacudió azorado la cabeza.

—Muy bien, Elvira. Así está perfecto. Elvira. Es un nombre muy bonito.

—¿A que sí? Oye, ¿tú dónde trabajas?

—Soy… criado. En una casa.

—¿Una casa de bien?

—De muy bien. Son marqueses. Los de Bonagua.

La muchacha abrió desmesuradamente los ojos. De repente parecía mucho más propensa a atenderlo.

—¡Marqueses! ¿Y no habrá ahí un huequecito para mí? Tiene mucha mejor pinta que la pensión.

—Pues ahora que lo dices… Una doncella lleva en cama varias semanas, con un resfriado largo que no acaba de curarse. Y la señora marquesa empieza a impacientarse. El ama ha comentado que ya empieza a exigir una sustituta… ¿Sabrías hacer de doncella?

—Claro que sí. Ya lo he hecho antes, serví en casa de los duques de Hilander, en Sevilla. Estaban bastante contentos conmigo.

—¿Y por qué lo dejaste?

—Porque madre enfermó y tuve que regresar a cuidarla. Después de dejarnos ella, el carácter de padre se volvió insufrible. Bebía todas las noches y…

Se le estranguló la voz, los ojos se le encharcaron en lágrimas.

Agachó la cabeza y soltó un hipido.

—Te pegaba. —Andrés acabó por ella—. No pienses más en esas cosas. Iremos a casa de los marqueses y te presentaré a la señá Manuela, el ama de llaves. Ella nos dirá si tiene trabajo. Una moza con tus referencias no pueden dejarla escapar.

—¿Los duques de qué, has dicho?

—De Hilander, señora Manuela —repitió por tercera vez Elvira, cargada de paciencia.

—No me suenan. ¿Qué clase de título raro es ese?

—Eran ingleses, señora Manuela. Solo que vivían en Sevilla.

—¿Ingleses de la propia Inglaterra? —se soliviantó la mujer— ¿Y qué se les perdió en Sevilla?

Estos extranjeros, mira que llegan a ser raros…

En fin, puedes quedarte porque ahora nos faltan manos, pero quede claro que es en período de prueba y mientras Carmelita se repone, que tiene más mocos esa chiquilla que donde los fabrican. ¡Paquita!

—Diga, señora Manuela.

—Lleva a Elvira a lavandería y plancha y que le busquen un uniforme. Si hay que hacerle arreglos, encomiéndaselos a Petri, que tiene buenas manos.

—Como mande, señora Manuela. Andando.

El ama de llaves no les quitó ojo mientras salían por la puerta de la cocina.

Era una mujer chapada a la antigua, aferrada a las tradiciones, de buen obedecer sin rechistar, a la que le costaba adaptarse a los cambios.

De no ser por las reclamas de la señora marquesa, jamás habría accedido a contratar nadie nuevo.

Le disgustaban las caras con las que no estaba familiarizada.

Las voces que no reconocía. Las costumbres y manías que, por nuevos, le chirriaban.

Las personalidades ocultas que podían sublevársele porque, nunca se sabe, un rebelde puede esconderse tras el rostro más benévolo.

Y no hay mayor enemigo de un ama de llaves que un criado respondón.

No pensaba pasarle ni una a la nueva.

No era la típica chiquilla de pocos años, manejable e ignorante.

Era una mujer hecha y derecha, con pintas de listilla alborotadora.