6
Atraco en el mercado
Al día siguiente era miércoles, y la señora Manuela envió a un Andrés que se dormía por las esquinas, al mercado a por las verduras.
—¿Te has enterado bien de lo que te he pedido? —le chilló desde la puerta, con un trapo en la mano, antes de perderlo de vista.
—Sí, señá Manuela, sí, pierda cuidado.
—Demonio de chico —farfulló la mujer. Fue lo último que Andrés oyó—. A estas edades andan medio atontados…
—Seguramente porque apenas si he dormido tres horas y encima, en el suelo, con el señorito Alonso ocupándome el catre —masculló para sí, calle adelante.
Lo cierto es que una vez en el mercado, los tenderetes le parecían manchas enormes, las personas bultos en movimiento, y le costaba un mundo concentrarse hasta para hablar.
A duras penas logró adquirir la mitad de los productos que llevaba apuntados en el papelito.
Tenía que entrar en algún garito y beberse un café, o un chato, a ver si se despabilaba.
Torció por una callejuela a la derecha y siguió distanciándose del bullicio de las compras con pasos inseguros. Hasta que divisó unos pies desnudos, pequeños, como los de un niño, sucios y heridos, tirados en el suelo. Dejó la canasta a un lado y se acercó a mirar.
Era una mujer preciosa. Necesitada de ayuda, probablemente desmayada o enferma. Andrés hincó una rodilla en el duro suelo y le apartó el pelo de la cara. La frente le ardía.
—Señora, ¡señorita! ¿Está usted bien?
No, claro que no lo estaba. Su vestido de humilde algodón se veía sucio y ajironado por varios sitios.
Había perdido los zapatos, al parecer hacía tiempo, ya que las heridas y costras de aquellos pies mostraban a las claras que llevaba días caminando sin protección alguna.
El mozo le propinó unas palmaditas en la mejilla.
—Señorita, despierte. ¿Quiere que la lleve a alguna parte?
Había una pensión barata cerca y a él aún le restaban unos cuartos del dinero que el ama de llaves le entregó para las compras.
Tomó a la mujer en sus brazos, cargó como pudo también el canasto, y a trompicones, parando infinidad de veces a recuperar el resuello y con sumo esfuerzo, alcanzó la entrada de la fonda.
La propietaria salió a recibirlo, prestando más atención a las verduras frescas de la cesta que a la carga humana.
—Está enferma, necesita descansar. Un cuarto y quizá un poco de caldo…
La matrona lo repasó con desconfianza de pies a cabeza.
—¿Tienes con qué pagarme?
—Hurgue ahí, en el bolsillo.
Sin contemplaciones, la mujer metió la mano hasta el fondo y sacó las monedas. Las extendió sobre la palma abierta para contarlas; dos veces.
—Con esto solo alcanza para una noche —advirtió con un gruñido animal.
—Me basta. Vendré mañana a buscarla, a estas horas, más o menos. ¿Le dará la sopa?
La propietaria de la pensión rugió algo en voz baja mientras los conducía al cuarto libre a través de un pasillo como la espina de un pescado. Abrió la puerta y se apartó para que el sudoroso Andres, que ya no podía con su alma, acostara a la chica en una camita que parecía de juguete.
La contempló un instante antes de decidir que debía marcharse ya, por más que le costara.
—¿Le dará el caldo? No me llega para llamar al médico…
—Se lo daré.
—Si hace falta, mañana le traeré dos gordas más. ¿Hace?
—¿Es tu novia? Es mayor que tú.
—Qué va, señá, más quisiera yo. Me la he encontrado tirada en un callejón, no podía dejarla tal cual, como a un perro.
La mujer lo observó largamente sin decir nada, con los brazos en jarra, asintiendo como un muñecote. Al final, sonrió de oreja a oreja y le mostró todos los dientes que le faltaban.
—Ya no quedan mozos como tú, con tu corazón y tu sentir. Ve con Dios, la cuidaré. Pero mañana a estas horas…
—Sin falta, señá , sin falta.
Antes de entrar en las cocinas, Andrés se persignó agobiado.
Le iba a caer una buena reprimenda, y por partida doble.
Primero la cocinera, el ama de llaves más tarde.
Se acostaría castigado sin cenar, después de las jornadas que llevaba sufridas.
Hinchó los pulmones y forzó a su cerebro agotado a inventar una excusa.
Algo que la cocinera y la señora Manuela pudieran creerse.
Dio el primer paso y procuró aparecer delante de todos, muy agitado. Colocó la cesta de verdura sobre la mesa.
—¡Ya era hora! —lo amonestó la responsable de cocinas, abalanzándose sobre la canasta. Removió las piezas, revisando el contenido— ¡Andrés, aquí faltan cosas! ¿Qué ha pasado?
—Ay, ¡ señá Pilar! ¡Que me han atracao ! ¡Me han atracao ! Dos rufianes como la torre de una iglesia de grandes, con un cuchillo…
En medio segundo, el servicio casi al completo se arremolinaba a su alrededor, contemplándolo con consternación.
—Pero ¿qué dices, muchacho? ¿Te han quitado los cuartos?
—Hasta el último céntimo, señá Pilar. Por eso falta parte de la verdura, no pude comprarla. Y por poco me matan…
—¿Quieres un vaso de agua? —ofreció Paquita muy preocupada—. Parece que estás a puntito de ahogarte.
—Si es que de milagro no se me ha salido el corazón por la boca. Mejor que agua, ¿no tendrá usted por ahí un chato de vino, señá Pilar? Pa que se me pase el susto.
Desde su posición, a la espalda, ni corta ni perezosa, Paquita le arreó una colleja. El mozo se encogió sobre sí mismo, protestando y frotándose la nuca.
—Se dice «señora». Señora Pilar, Andresito, a ver si aprendes, que sirves pa unos marqueses.
—Como se nota que la señorita te está volviendo fina.
—Como corresponde. Por algo soy su doncella personal —se pavoneó la muchachita engolando la voz.
—Pues a ver si te aplicas tú también, doncella personal —se mofó la cocinera—, que no se dice « pa » sino «para».
—Bueno, ¿qué? ¿Viene ese chato o no viene?
—Bébete el agua y arreando a por leña, que la preciso para los fogones. Y mañana vuelves al mercado a por la verdura que ha faltado hoy. Con mucho más tiento y más pendiente. Que si te vuelven a robar…
Andrés estiró ambas manos con las palmas expuestas, a modo de parapeto delante de la mujer.
—No se preocupe, señá … señora Pilar. Yo le juro por lo más sagrado que mañana me ando con siete ojos y como alguno raro se me arrime…