La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 5
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Dos mujeres en la noche

—Es el señorito Alonso.

—¿Qué le ocurre? ¿Enfermó?

—Ha vuelto a escaparse. Se ha ido de juerga. Usted ya sabe.

Me senté de un salto en la cama. Me pasé la mano agobiada por la frente.

—Tenemos que localizarlo y traerlo de vuelta. Antes de que se entere mi padre y le dé un ataque. A ambos. Bastante han tenido con lo mío hoy.

—Pero señorita… ¿Usted y yo?

—Tú me acompañas a mí y Andrés nos acompañará a las dos.

—Señorita, al Andresito le toca mercado mañana, tiene que dormir.

—No puedo fiarme de nadie más. —Me retorcí las manos con angustia.

—Pero señorita, dos mujeres por la noche… A ver si van a confundirnos.

—Ya no estamos en el siglo XIX y mi hermano se la está jugando. A ver, Paquita, deja de poner inconvenientes. Si has venido a despertarme es porque sabes que la situación es grave, ¿no?

—Sí, señorita, sí, claro. Y porque usted me dijo que la avisara, fuera la hora que fuera, si volvía a pasar.

Aparté las mantas de un tirón y saqué las piernas de la cama hasta apoyar los pies en la alfombra, sobre el suelo.

—Pues andando. Avisa a Andrés, que nos espere en el paso de caballerizas.

Por desgracia, aquella parte del servicio y yo misma conocíamos de sobra los garitos inmundos donde mi hermano Alonso solía malgastar las noches.

Bebiendo, jugando a las cartas, apostando rodeado de mujeres de mala vida, deshonrando a su familia, su apellido y el título que heredaría a la muerte de nuestro padre.

Alonso era un caso perdido cuyas espinas el marqués se negaba a admitir.

Pero era mi hermano, lo amaba por encima de todas sus faltas y errores, siempre convencida de que cuando llegara el momento, Alonso estaría a la altura. Supongo que mis padres pensaban exactamente igual. No podía culparlos.

De modo que allá que fuimos, taberna tras taberna, siguiendo la hilera torcida de las calles desiguales. Aguardando fuera, heladas e impacientes, mientras Andrés entraba y husmeaba buscando a su señorito sin encontrarlo. Hasta que por fin llegamos a la que temí, fuera la última.

El criado entró para salir, como una exhalación a la que persiguen los cuervos, pasado medio minuto.

—¡Hay una pelea, señorita Beatriz! ¡Una pelea espantosa!

—¿Y estás seguro de que el señorito no es uno de los que se están pegando?

—Yo… Esto…

—¿A qué esperas? ¡Entra otra vez! —Lo obligué a girar sobre los talones y le arreé un empujón.

—Sí es, señorita, sí es. Pero ya tiene asistente…

—¿Quién? —me sublevé— ¿Uno de sus amigotes?

—Quía, señorita, un mozo que sa metío a defenderlo.

Crucé los brazos sobre el pecho y endurecí los rasgos todo lo que pude.

—Entra ahí ahora mismo y sácalo.

Lo vimos obedecer a regañadientes, muy de mala gana.

—A Andrés hay que volver a darle unas clases, Paquita. Si la marquesa lo oye hablar como si acabara de soltar el arado, lo pondrá de patitas en la calle.

—No lo quiera Dios, señorita. Que el Andresito es muy capaz y dedicado.

—Andrés, Paquita. A secas. O Andresito. Pero no « el Andresito».

Dejé la perorata para mejor ocasión, porque Andrés ya venía de vuelta con mi hermano hecho un guiñapo, desarrapado, despeinado y con huellas de sangre por todas partes, a rastras con ayuda de otro muchacho. Probablemente participante en la lucha.

—¿Son su familia? —asentí— ¿Y no se han traído un carro? Apenas se mantiene en pie.

Lo miré con una extraña mezcla de desafío e indignación. Bueno, lo de mirarlo es un decir, porque en aquella parte de la calle no había farolas y estaba oscuro como la boca de un lobo.

—No sabíamos que tendríamos que sacarlo de en medio de una batalla… señor.

—Bueno, no pasa nada. Mozo, agarra por ahí, bajo el brazo. Bien fuerte. Lo llevaremos nosotros, espero que no quede muy lejos.

Pues bastante, la verdad, solo que, en lugar de confesárselo, tiré de la capucha de mi capa para proteger mejor mi rostro oculto en sombras.

Para mi total sorpresa, no solo nos hizo el favor, tampoco se quejó.

Durante el trayecto nadie despegó los labios, lo único que se escuchaba eran los lamentos de mi hermano, largos y quebrados como ramitas que se rompen y el sonido de las puntas de sus zapatos arrastrándose sobre las piedrecillas.

Cruzamos la Plaza del Rey hasta el número 10 de la calle del Barquillo. Entonces, y solo entonces, nuestro salvador se detuvo, alzó la mirada y observó el edificio con interés.

—¿Otra vez aquí? ¡Esto son casualidades!

Lo que dijo me llamó poderosamente la atención, de manera que me acerqué para estudiar su rostro, por fin iluminado.

—¿Usted…?

—Yo lo sujeto, mozo, abre la puerta. Y tú, muchacha, busca un catre donde tumbarlo…

Cruzamos con atropello el umbral del acceso de servicio, tratando de no hacer ruido, Andrés nos condujo hasta su cuarto y entre él y el desconocido, acomodaron a Alonso en el camastro.

Cielos. El aspecto del borrachín de mi hermano era lamentable.

Me despojé de la capa y me desabroché los puños del vestido para subirme las mangas.

—Paquita, calienta agua y trae paños limpios. Hay que retirar toda esa sangre y curar las heridas y… —De repente caí en la cuenta—. ¿Usted se encuentra bien?

De pie ante el hombre que de tanta ayuda nos había servido, me permití estudiarlo con profundidad. Solo para confirmar de quién se trataba.

—¡Es usted! —gemí mirándole de frente los ojos.

—¡Y usted! Bendito sea el poder de Dios, con lo grande que es Madrid.

—Ya son casualidades.

—Ya le digo, señorita. Por lo visto, los miembros de su familia son mi ruina particular. Una ruina que me persigue, incluso cuando salgo a beber.

—Nadie le pidió que tomara parte en el altercado —me defendí—. Lo hizo porque… porque… seguramente es usted un caballero.

—¿Tampoco me pidió nadie que la trajera para salvarle la vida después de haberse cruzado en la trayectoria de mi coche? ¿Preferiría haberse quedado tirada en medio de la calle? No sea injusta, señorita. Después de todo lo que he hecho…

Pues sí. Me entraron ganas de hundir la cabeza contra el pecho, empujada por la vergüenza. Menudo ejemplo estábamos dando. No obstante, era hija de un marqués, no era así como me habían educado. Levanté la barbilla, retadora.

—Se llevó sus buenas quinientas pesetas, no se queje.

—Me llamo Gustavo. —Tendió su mano. La miré asustada—. Gustavo Pérez, para servirla, visto que a menudo me necesitan.

Suspiré resignada. Tenía razón, toda la razón.

Y seguía siendo tan apuesto como cuando lo vi el primer día, con aquellos ojos azules como un cielo de verano y aquella mata de pelo oscuro y desordenado, con un mechón que caía revoltoso sobre su frente.

Asentí con suavidad y le entregué la mano.

Me asombró que, en lugar de estrechármela, se la llevara a los labios y me la besara.

—Beatriz Maldonado y Lavidia. Gracias por su ayuda. No erra usted, señor. Todos le debemos mucho. Empezando por mí.