La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 4
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Cartas de la familia

Gustavo

Al entrar de tapadillo en la pensión de la calle Fuencarral, traté de zafarme de mi casera que siempre me abordaba con peticiones y exigencias imposibles de satisfacer. En realidad, lo hice ya por inercia y costumbre, no porque no contara con fondos, que llegaba con los bolsillos llenos.

Llevaba esquivándola desde la primera semana, cuando se me acabó el dinero para pagar la habitación y la seguí ocupando porque no tenía otro sitio a dónde ir. Sé que es un abuso y una indignidad, pero el instinto de supervivencia sabe ser muy persuasivo y en ocasiones empuja como un mulo de carga.

—¡Señor Pérez! ¡Eh! ¡Señor Pérez!

Vaya por Dios. Ahí estaba. Con su mandil de cuadros y las manos gordezuelas apoyadas en las caderas. Mirándome como si quisiera asesinarme. Me acerqué a ella antes de que pudiera volver a chillarme.

—Señora Eusebia, no se altere. Que no es bueno para la salud.

—¿Cómo quiere que no me altere? ¿Cuándo va a pagarme? ¿Cree que el chorizo que le pongo en la mesa y la frasca de vino se pagan solas? Las sábanas limpias, las…

—¿Cuánto le debo?

—Treinta pesetas. ¡Ni más ni menos!

Saqué un fajo de billetes del bolsillo. Seleccioné unos cuantos y se los ofrecí.

—Ahí van cien. Para que no tenga usted que ponerse nerviosa en cuanto me ve entrar, por muchas semanas.

La rotunda mujer se puso bizca. Atrapó los billetes con dedos codiciosos.

—¿De dónde ha sacado tantos cuartos?

—De trabajar, señora Eusebia. Que por fin me han pagado mis talentos. Y no me mire así, que soy un hombre legal, se lo aseguro.

Torció la boca en un gesto de sospecha claro como el agua.

—Ande, cómprese una peseta de barquillos y los degusta a mi salud —la animó enfilando el pasillo.

—Ahí en el dormitorio tiene usted más cartas. No paran de llegar, a ver cuándo las contesta.

Me despedí de ella con un toque de sombrero y me escabullí hasta mi cuarto. La noche anterior había sido agitada y larga, y el cuerpo me pedía descanso. Pero nada más entrar divisé una pila de cartas sin abrir sobre mi pequeña mesa, como una luz en mitad de la noche cerrada. Llamándome.

Suspiré. Me mordí el carrillo por dentro. Volví a suspirar.

Tomé una de ellas, al azar y rasgué el sobre.

Identifiqué sin problemas la cuidada grafía de mi padre y sus ya conocidos ruegos porque volviera cuanto antes a casa.

Con la familia. A cumplir con mis obligaciones.

Y me lo perdonaría todo. Mis desmanes se olvidarían como una voluta de humo que se disipa en el aire.

Miré mis relucientes cuatrocientas pesetas, más feliz de lo que recordaba haber estado los últimos días.

Una damisela de buen apellido, deprimida y seguramente desquiciada, había intentado quitarse la vida tirándose a mis ruedas y el resultado había sido aquella pequeña fortuna. Menudo golpe de suerte.

Por cierto, qué bonita era.

No me había parado a mirarle la cara mientras temía que estuviese muerta, pero al verla entrar con aquellos arrestos en la biblioteca del marqués, quedé fascinado.

Así que un marqués.

Entre nobles andaba el juego.

Mi atención regresó perezosa al papel y a la letra de mi padre. Que volviera. Que volviera, me pedía.

—Y me casaréis con el adefesio —gruñí—. No, padre, ni lo sueñe. Ya sabe lo que le dije: mejor pobre y libre.

Rompí todas las cartas. Una a una. Y a continuación, en la pequeña fogata que caldeaba mi espartana alcoba, las quemé.

Beatriz

No sabía el nombre del joven al que estuve a punto de arruinar la vida.

De no haber recuperado yo el conocimiento a tiempo, lo habrían acusado de atropello por negligencia, incluso voluntario.

Solo Dios sabe. Con el revuelo que se formó, los malentendidos y el que estuvieran a punto de apalearlo, según me contaron luego las doncellas, todo influyó para que nadie se interesara siquiera en preguntar cómo se llamaba.

Me pareció el peor desprecio que se puede hacer a una persona de buen corazón.

También creía recordar que era muy apuesto.

Apenas pude fijarme, lo vi de refilón. Pero era alto, más que padre.

Y fuerte. Con una espesa mata de pelo brillante y oscuro.

Y en el segundo en que sus ojos me buscaron, fue como recibir el impacto de un rayo de tormenta en pleno pecho.

Eran de un azul tan intenso y extraño, como cautivador.

Un faro en mitad de un mar embravecido que me cortó la respiración.

Era la primera vez…, después de aquello, que mi corazón saltaba de gozo por algo. Y fue gratificante. Hermoso. Esperanzador. Un soplo de aire fresco.

Aunque solo durase un instante y saliera por la puerta con quinientas pesetas en el bolsillo.

Quería darle las gracias en persona. Lo necesitaba.

No únicamente por cortesía, no iba a engañarme.

Me urgía volver a verlo y perderme en esos ojos de mar infinito, comprobar si eran reales.

Sin embargo, no sabía cómo. Sin saber su nombre, ni su apellido, ni la dirección de su casa.

El viejo dicho de buscar una aguja en un pajar quedaba en agua de borrajas frente a aquello.

Ni siquiera mi Paquita, con lo vivaracha y sagaz que era, podría ayudarme.

Con la punta de los dedos aparté el visillo de mi ventanal y miré a la calle.

Había oscurecido y al día siguiente, por aquel mismo camino, Andresito saldría camino del mercado, con su canasta enorme que luego traía rebosando de verduras tiernas.

Lo mandaba la señora Manuela, cada miércoles sin falta.

Siempre me extrañaba que siendo tan flaco, pudiera cargar con aquello una vez lleno.

Se me escapó una sonrisa.

El servicio de nuestra casa. A diferencia de mi madre, la marquesa, yo los conocía a todos.

Sus nombres y sus pequeñas historias. Las de cada uno de ellos.

Los nobles no aceptaban lo que muchos llamaban «pensamientos modernos», pero de alguna forma los sentía parte de la familia.

Paquita, por ejemplo, me consolaba, era mi paño de lágrimas y adivinaba cuándo necesitaba un hombro amigo.

A falta de hermanas, casi nos habíamos criado juntas.

El misterioso hombre del calesín volvió a mi recuerdo.

¿Dispondría de servicio? ¿Alguien que lo acompañase en las noches tristes y le pusiera por delante una sopa caliente cuando helaba? ¿Estaría casado? ¿Con familia? Un hombre tan guapo como él encandilaría a las muchachas sin demasiados problemas.

Me metí en la cama, pero no logré conciliar el sueño. Di vueltas de peonza sobre el colchón, enredada en las sábanas de hilo caro, sin poder apartar de mi mente al apuesto joven al que estuve a punto de mandar a presidio.

Ni siquiera me percaté de que la puerta de mi alcoba se abría, aunque sí de que alguien se me echaba encima con vehemencia y me zarandeaba sin compasión.

—¡Señorita! Señorita, ¡despierte!

—¡Por Dios, Paquita! ¿Se quema la casa?

—Peor, señorita. Mucho peor.