La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 3
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Un asunto del que me niego a hablar

Beatriz

Mi señor padre no era muy dado a los escándalos.

De hecho, si uno lo asaltaba, solía provocarle berrinche con dolor de cabeza de varios días de duración.

En cuanto el alboroto se aplacó, se había derrumbado en aquella butaca y no había vuelto a moverse, como si estuviera demasiado cansado para hablar o gesticular.

—¿No deberías estar en la cama? —indagó la marquesa con preocupación— Díganos, doctor, ¿no debería mi hija guardar reposo después del atropello?

—Cielos, Eugenia, no emplees esa palabra tan espantosa —rogó mi atribulado padre entre dientes.

—Es lo que ha ocurrido, de nada sirven los eufemismos, querido. ¿Qué nos dice, doctor?

—Estoy bien, madre, estoy perfectamente —los corté antes de que fuese demasiado tarde y entre todos me encamaran por espacio de un mes.

—Debería evitar todo esfuerzo al menos por un par de días, con eso bastará —indicó el médico haciendo ademán de irse.

—¿Lo ves?

—Prometo meterme en la cama —cedí—. Después de haber desayunado. Lo prometo.

—Si no se les ofrece nada más, me van a permitir que me ausente, señorías. Ha sido una noche muy larga.

—¿La baronesa de Pretil? —indagó la marquesa súbitamente animada.

—La misma. Un parto difícil. Ha sido niño.

El buen doctor se marchó a descansar, que ya tocaba, y yo me enfrenté al interrogatorio. No quedaba otra salida más que dar la cara.

—Hija, en realidad, ¿qué es lo que ha pasado?

Bajé la cabeza y me miré las puntas de los zapatos. Otros zapatos, porque de los que calzaba en el momento del accidente, solo conservaba uno.

—¿Qué hacías en la calle a esas horas? ¿Acaso te escapaste mientras dormíamos? —inquirió doña Eugenia con desmayo.

—Madre… Ya saben que no estoy bien.

—¡Eso no es excusa para un comportamiento tan inaceptable! ¡Pudo haber sido mucho más grave! ¡Pudiste haber muerto!

Se me escapó una lágrima díscola que, además, rodó con insolencia mejilla abajo a la vista de todos.

—¿Es eso lo que buscabas? Beatriz, por todos los santos, dime que no.

A mi señora madre le dio un vahído justo al lado de una butaca ancha que tuvo a bien acogerla en su seno, evitando que diera con sus nobles huesos en el suelo.

—Te lo tengo dicho, Eugenia —reclamó el marqués, ajeno a los mareos de su esposa—, este tipo de incidentes no ocurren en el campo. En el Escorial no habría pasado nada parecido, ni por asomo.

—Deberíamos marcharnos a la finca. Padre, marchémonos —supliqué con los ojos húmedos. Más que húmedos, encharcados. De repente me sentía tan exhausta que no lograba mantenerme en pie.

—¡Ni hablar de eso! —aulló mi madre—. Estamos en Madrid porque nuestros hijos deben casarse de un modo conveniente.

Y eso es algo que no admite discusión. Cuando ambos estéis prometidos con gente de vuestra clase, algo que difícilmente encontraremos en el campo, podemos regresar a donde os plazca.

Aunque yo en el Escorial me consuma de tedio y soledad, sin la menor distracción, no parece que le importe a nadie.

—Hasta el momento no es que hayamos tenido mucha fortuna en la empresa, madre —refunfuñé sin apartar las pupilas del suelo.

—Ese es un asunto del que me niego a hablar —me advirtió el marqués ligeramente irritado.

—Debes de ser el único en toda la capital, padre. Mi historia es la comidilla de todas las reuniones.

—Solo ha sido un desafortunado desenlace que nadie previó. Por el contrario, si tu majadería de esta madrugada llega a culminar… No quiero ni pensarlo, Beatriz, si llega a pasarte algo serio, eso sí que habría sido un escándalo.

—O la reacción que todos esperan, ¿no les parece? —repliqué invadida de amargura.

—¡Vete a tu cuarto de inmediato! —La marquesa se había cansado de soportar mis callejones sin salida—. Pediré a la señora Manuela que te sirvan algo en la cama. No te conviene seguir discutiendo. Ni a tu padre tampoco, vas a provocarle una enfermedad.

Se me quedó un reproche final colgado en la punta de la lengua.

No obstante, la sensatez me aconsejó callar y refugiarme en mi madriguera, no solo a descansar, bien sabía Dios que lo necesitaba.

También a meditar cuál sería mi paso a continuación, dado el fiasco de mi absurdo plan.

Me había quedado sin ideas, pero adivinaba que sería solo por un rato.

Vendrían más. Tan descabelladas como la que había fallado o mucho peores.

Mientras tanto, lo mejor que podía hacer era recluirme y evitar en lo posible el contacto social.

O terminaría arrojándome por un puente.

Sin embargo, pese al aturdimiento y al dolor, que eran fuertes y devastadores, mi natural rebeldía me exigió posicionarme. Dejar claros mis deseos, la realidad de mi amargura, las razones de haber hecho lo que hice. Que supieran que no estaba loca, como seguramente pensarían. Estaba destrozada.

—Haré lo que me pedís —sentencié con voz rota—.

Pero si mínimamente os importa cómo me siento, no se os ocurra obligarme a asistir a fiestas y reuniones.

No me empujéis a verme con nadie, a merendar o a tomar té.

Que no se os pase por la tela del juicio exponerme.

No lo haré. Esta casa será mi refugio. —Anduve unos pasos cortos hacia la puerta—.

También mi cárcel. Y ahora, si sois tan amables, decidle a Paquita que suba, por favor.

—Ay, señorita, ¡válgame la virgen! Menudo susto nos ha dado. ¿Puedo preguntarle cómo pasó?

—Muy sencillo, Paquita. Vi venir el carruaje y me tiré de cabeza a las ruedas. En el centro de la calle.

El rostro de mi doncella se desencajó por completo. La suave prenda de seda que sostenía se le resbaló hasta caer al suelo.

—No habla usted en serio, ¿a que no?

Decidí no mortificarla por más tiempo. De poco iba a servir, y dejaría a la pobre chiquilla trastornada para los restos. Me metí entre sábanas y ella me ayudó a taparme.

—No, claro que no. Fue un accidente. Un triste y desafortunado accidente.

—Pero señorita Beatriz, a esas horas…

—¿Qué puedo decir? Fui muy imprudente. No podía dormir, empecé a sentir una especie de ahogo, y como necesitaba algo de aire fresco pensé que dar un paseo sería buena idea. Lo dicho, la más atolondrada de la calle.

—No diga eso, señorita. Bien lista y dispuesta que es usted. De no haber sido por…

Se mordió la lengua de un modo tan evidente que no me quedó otra que amonestarla con los ojos.

—No hables de eso, Paquita, te lo pido por favor, ni lo menciones. Bastante hablan ya los demás.

—Discúlpeme, señorita, ha sido sin querer…

—Ojalá me quedara sorda —añadí amarga como la hiel.

Me dejé caer sobre los almohadones, tirando de las mantas hasta cubrirme la cara.

—Todo pasará, señorita. A la gente se le irá olvidando…

—Siento tener que dudarlo mucho.

Paquita se acercó de nuevo al borde de mi cama con una tisana en las manos. Me la ofreció con el cariño de siempre.

—Si es que cuando ocurren cosas tan horribles… Ya sabe cómo son los ricos, cuando nadie los ve, les gusta despellejar al más pintao … ¡Uy! Pero ¿qué digo?

Se tapó la boca con las dos manos en cuanto yo me hice cargo de la taza y no pude reprimir una carcajada. Aquella Paquita era toda espontaneidad y frescura. Frescura de la que le provocan a la marquesa ataques y colapsos.

—Que descanse, señorita. Por la virgen, sea generosa y olvide la barbaridad que acabo de decir. A veces una… es muy insensata. ¿Ve como ya sé usar algunas de esas palabras difíciles que me está enseñando? Insensata. Sí señor, es lo que soy.

Asentí sin perder la sonrisa y ella salió corriendo como alma que persiguen los demonios. Al menos, estar con Paquita, mi única compañía en aquella casa, de alguna forma me consolaba.