La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 2
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Un desconocido sospechoso

En un abrir y cerrar de ojos, el anciano doctor Ferrer se apropió de la situación y todos, menos la señora marquesa en su calidad de madre, se vieron recluidos en el amplio recibidor, sin saber muy bien qué hacer.

El señor Cortés disolvió la reunión de criados ociosos y tanto él como la señora Manuela los mandaron a hacer sus labores del día, que por causas evidentes se estaban retrasando.

—Y nada de chismorreos —advirtió severa el ama de llaves—.

Como pille a alguien cotorreando acerca de lo que ha acontecido, ya podéis ir buscando otra casa donde servir.

¡A trabajar! —Se giró hacia el dueño de la mansión y sus ademanes, su semblante y el tono autoritario de su voz, se esfumaron como por encanto—.

Le prepararé un desayuno al señor en la biblioteca mientras espera al médico.

El desconocido que había traído y, probablemente salvado la vida de la hija del marqués, manoseó la boina que sostenía entre las manos, dándole un par de vueltas.

—Bueno, yo creo que debería ir marchándome…

—Nada de eso, joven, pase, que quiero hablar con usted.

—Pero…

—Se dirigirá al señor marqués como su señoría —rugió el mayordomo.

Se le colocó al flanco como advertencia de que de allí no podría escapar sin cumplir las órdenes del señor. Y si el mandato era que se quedara, se quedaría. Vaya si se quedaría. Aunque tuvieran que sujetarlo entre seis.

—Oh, su señoría, disculpe. No conocía su rango…

El noble, que de pronto parecía haber envejecido diez años, levantó una mano cansada al aire.

—Eso carece de importancia en estos momentos. Señor Cortés, traiga café para todos.

—Señoría, este individuo ha atropellado a la señorita Beatriz —replicó el sirviente con escándalo.

—¡Por culpa exclusiva de ella! —se defendió colérico el muchacho—. Se atravesó en el camino cuando apenas si despuntaba el sol por el horizonte. ¡Ni llegué a verla!

—Pero ¿qué está diciendo? —se entrometió el ama de llaves—. La señorita no sale a ninguna parte a esas horas.

El joven recorrió la habitación y el conjunto de caras hostiles con una sonrisa parca de incredulidad.

—¿También van a acusarme de haberla sacado de su dormitorio a rastras? —Giró para encarar al padre de la afectada—. Por Dios, ponga un poco de cordura en esta discusión irracional, señoría. Empiezo a arrepentirme de mi buena obra.

—¿Ha intentado usted matar a mi hija?

—¿Qué demonios insinúa?

—Señora Manuela, los cafés.

—Enseguida, señoría.

—He preguntado que qué demonios insinúa —repitió el joven con renovada contundencia.

—No es que no le honre no haber huido. Se ha presentado aquí, a dar la cara. Se lo tendremos en cuenta.

Las cejas del desconocido se arquearon con asombro. El portentoso señor Cortés, con toda su gallarda envergadura se había atravesado en la puerta cortándole el paso y, con ello, cualquier tentativa de escape.

—¿Quién? ¿Quién lo tendrá en cuenta?

—Las autoridades, claro. Señor Cortés, avise a la guardia de vigilancia.

El joven los miró de hito en hito.

—¿Están ustedes locos?

Una puerta lateral se abrió de repente, dando paso a la más hermosa criatura que muchos habrían visto en su vida. Bella, pese al lamentable estado de su atuendo y peinado.

—¡Padre!

—¡Hija!

El médico y la marquesa aparecieron a la carrera tras ella, gritándole prudencia con histéricos alaridos.

El joven trató de aprovechar el momentáneo caos para esquivar al mayordomo y escapar.

El señor Cortés, un poco tarde, adivinó sus intenciones y trató de agarrarlo con ambos brazos, pero el joven era, además de eso, más atlético, ágil y fuerte y le propinó un inesperado puñetazo en la parte baja de la mandíbula que lo hizo trastabillar.

Cuando el desconocido abrió de golpe la puerta, se encontró de frente con otros dos criados que acudían al son del revuelo.

—¡Agarradlo! —masculló el señor Cortés frotándose la zona dolorida— ¡Que no escape!

—¡Padre!

El joven se abalanzó contra los criados, que lo sujetaron por ambos brazos.

Se retorció para soltarse y acertó a propinar otro par de certeros puñetazos y alguna patada.

Todo el mundo menos él estaba cobrando, y de qué modo.

Lo malo fue que la algarabía de gritos atrajo a otros cuatro criados dispuestos a socorrer a su superior y compañeros y pronto, el desconocido se vio inmovilizado por demasiadas manos crispadas al mismo tiempo.

—¡Padre! —insistió desesperada la muchacha.

—¿Qué?

—¡Está diciendo la verdad! Yo tuve la culpa de todo.

—¡Hija! —graznó la marquesa al borde de un ataque.

—Pedidle perdón y dejadlo ir —ordenó la joven con inusitadas dotes de mando.

—¿Sin recompensa? —se quejó el desconocido, recolocándose la ropa una vez estuvo libre.

El marqués se volvió a mirarlo con extrema curiosidad.

—¿Esperaba usted una?

—Sí, desde luego, por mi buena acción.

—Imaginé que sería usted un caballero de posibles, desahogado y sin apuros económicos.

—¿De dónde saca usted todas esas ideas?

—De sus modales e infinita educación, de la calidad de su ropa, aunque resulte inapropiada para el momento y lugar, y esté más usada de la cuenta.

El desconocido carraspeó y se ajustó la corbata.

—Tengo pensado destinarlo a… obras de caridad, señoría.

—Si es así… Señor Cortés, dele quinientas pesetas a este amable joven.

—¿Quinientas pesetas? —se soliviantó el mayordomo con los ojos como sartenes.

—¿Le parece excesivo para alguien que nos ha devuelto a Beatriz sana, salva y tan rebelde como de costumbre?

—¿Ya no llamamos a la guardia? —Sonó desilusionado.

El marqués dejó ir un larguísimo y sentido suspiro antes de desplomarse en una butaca como un fardo.

—Ya ha oído a la señorita, admite que la culpa fue enteramente suya. De verdad, me cuesta soportar este tipo de altercados sin siquiera haberme tomado el café de la mañana. Señora Manuela…

La mujer reapareció por arte de magia, como si nunca se hubiera ido.

—Enseguida se lo sirven, señor.

El marqués volvió a fijarse en el joven que ya salía.

—¿Le parecen bien quinientas pesetas?

—Me parecen estupendamente, señoría.

—¿Bastará para sus obras… benéficas?

—Desde luego que sí, señoría. Me alegro de que lo de la señorita no haya sido nada.

—Oiga, joven.

—Dígame, señoría.

—Vaya con Dios. Y no vuelva a atropellar a nadie de esta casa.