La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 1
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La hija del Marqués (Calle de Madrid 1)

La hija del Marqués (Calle de Madrid 1)

Por Lady Seren

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Una terrible desgracia

A aquellas horas, la insigne casa del número diez de la calle del Barquillo, en Madrid, así como la mayoría de sus ocupantes, dormían con la mayor placidez.

Lo hizo hasta que aquellos golpes apresurados en la puerta principal quebraron la paz de las rutinas mañaneras, alteraron los nervios de las criadas que subían y bajaban escaleras cargadas con sábanas limpias, y envararon al mayordomo que, en el comedor de servicio, degustaba un espléndido café recién hecho.

—¿Qué son esos ruidos espantosos? ¿Alguien pretende echar la casa abajo?

—Llaman a la puerta, señor Cortés —informó un criado con librea, al estilo de los lacayos ingleses.

El mayordomo frunció el ceño, resistiéndose a abandonar su cómoda actividad, buscando con pupilas irritadas al ama de llaves, sin encontrarla. No obstante, la insistencia de quien fuera aporreando la puerta lo obligó a levantarse.

Con un resoplido.

En las buenas casas, es el mayordomo quien debe recibir a las visitas. Sin embargo, ninguna visita medianamente honorable golpeaba de aquella forma una puerta principal. Ni por asomo.

Estiró el chaleco desde los bajos, alzó el mentón y tratando de olvidar lo delicioso que estaba el café que había tenido que abandonar, procedió a la apertura.

Desde luego, ni en sus peores pesadillas hubiera esperado encontrar lo que aguardaba tras los gruesos maderos.

Un joven alto y bien parecido, con el rostro desencajado y una silueta inánime, desmadejada en sus brazos, tratando de entrar sin siquiera ser invitado.

—¡Abran paso! ¡Avisen a un médico! ¡Rápido! ¡Un médico!

—¿Puedo preguntar quién…?

El riguroso señor Cortés se mordió la lengua y no acabó la frase cuando sus ojos se abrieron con desmesura. Al acercarse un poco, pudo reconocer el rostro pálido de la muchacha inconsciente, que no era otra que su señorita, la hija de su patrón, el marqués.

Aparte de estar privada de sentido, venía sucia, con el pelo revuelto y le faltaba un zapato.

No entendía nada.

La señorita debía de estar durmiendo en su alcoba, era muy temprano, todavía no se habían servido los desayunos de la planta noble.

¿Qué diablos estaba ocurriendo?

—¿Piensa quedarse ahí plantado como un pasmarote? Esta joven precisa de asistencia urgente. ¡Dígame dónde puedo acomodarla!

El vozarrón del desconocido acabó de perturbarlo.

Sin necesidad de mirar, podía adivinar al grueso de los criados a sus espaldas, observando la escena como bobalicones almidonados.

—¿Quién es usted? —logró balbucear muy confundido.

—¿Acaso eso importa? —Elevó ligeramente los brazos y con ello, a la muchacha, como señalándola— ¿La conocen?

—Me temo que eso no es asunto suyo.

El joven puso los ojos en blanco.

Cualquiera más avispado que el señor Cortés, cuyos intereses se reducían a la impecable marcha de la casa donde servía, se hubiese dado cuenta de que empezaba a impacientarse, y mucho.

—Siento llevarle la contraria, lo es, si la joven me ha indicado una dirección equivocada.

—¿Ella le ha dicho que la traiga?

—En los breves segundos en que recuperó el sentido, sí.

—¿Qué ha pasado?

—La he atropellado con mi coche.

El corazón y el estómago del señor Cortés sufrieron un retortijón que estuvo a punto de enviarlo al otro barrio. Se tambaleó con evidente peligro, al tiempo que indicaba la puerta abierta a un coqueto salón de visitas.

—Ahí… en el sofá. ¡Andrés!

El chico del servicio llegó corriendo a saltos.

—Señor Cortés.

—Avise a la señora Manuela. Que dé cuenta de la desgracia a los señores. ¡Teresa!

—Sí, señor Cortés.

—Llame con urgencia al doctor Ferrer. Que venga de inmediato.

—Por fin algo de efectividad y diligencia —farfulló el joven adentrándose en la estancia, depositando con cuidado a la muchacha en un sofá que le pareció la mar de incómodo.

—Le aseguro que si algo sobra en esta casa es diligencia. Ha sido la parálisis del pasmo… —El señor Cortés cayó repentinamente en la cuenta de que se estaba excusando delante de un extraño, algo que su categoría no permitía en absoluto. Así que se calló.

Un extraño no demasiado bien vestido, por cierto.

En un puñado de minutos, un huracán parecía haberlo barrido todo, la casa estaba patas arriba.

El marqués había ordenado que no se despertara a la señora y que, en lo posible, se impidiera que conociera la noticia hasta que el médico hubiese emitido un diagnóstico acerca del estado de su querida hija.

El ama de llaves, doña Manuela, blanca como la cal y temblorosa, prescribía indicaciones a las criadas a fin de que cargaran con ollas de agua hervida, toallas y remedios del botiquín, por si acaso. Mientras el doctor, que estaba terminando de atender un parto, llegaba.

El marqués apareció en la sala, pulcramente vestido de mañana y doña Manuela corrió despavorida a su encuentro.

—Deberíamos trasladarla a su dormitorio, señoría —susurró al oído de su patrón, restregándose las manos con nerviosismo.

—No creo que sea buena idea —los interrumpió el desconocido—. Quién sabe qué lesiones pueda padecer, no es conveniente moverla…

—En apariencia solo ha perdido el conocimiento —observó demudado el mayordomo.

El joven del que nadie sabía su nombre lo fulminó con una dura mirada de reproche.

—Las lesiones internas, las que no se ven y solo puede descubrir un médico, a menudo son las más peligrosas.

—¿Hace cuánto que ha ocurrido? —quiso saber el marqués, rígido como un tronco, con las suelas de sus lustrosos zapatos pegadas al suelo, sin permitirle avanzar un solo paso.

El desconocido, mucho más cerca de la herida que su padre, desvió la mirada y la observó con aflicción.

—Un par de horas… Aproximadamente.

—¿Un par de horas? —bramó el marqués, que por fin parecía ir saliendo de su sopor— ¿Cómo se le ocurre no traer de inmediato a la señorita a su hogar?

El joven se irguió cuan alto era.

Ofendido y algo irritado por la recriminación.

—¿Quizá porque no la conozco, ignoraba hacia dónde dirigirme y la señorita no estaba en condiciones de facilitarme dato alguno?

—Señoría, entiendo que esto es intolerable… —se entrometió el señor Cortés.

—¿Quizá porque puse por delante la salud de la señorita y salvarle la vida propiciando que la viera un médico, siguiendo a pies juntillas sus indicaciones?

El marqués de Bonagua agachó la cabeza y todo su ilustre ser pareció encogerse.

—Tiene usted razón. Deberíamos mostrarnos más agradecidos.

—¿Agradecidos? —se oyó una voz femenina y aguda por la espalda— ¡Es él quien la atropelló!

—Querida, ¿qué haces que no estás en la cama?

La marquesa cruzó por delante de todos ellos como un tornado imparable. Se arrodilló junto al diván y tomó la mano inerte de su hija, con lágrimas en los ojos.

—Ya llegó el doctor —anunciaron a dúo dos criados—. ¡El médico! ¡El médico ya está aquí!