La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 29
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La fuga

Beatriz

—Elvira es una muchacha lista y consecuente que en absoluto busca perjudicarte. Quítate eso de la cabeza.

Ladeé el cuello para analizarlo con mayor intensidad.

—Compruebo que la defiendes con mucha pasión, hermano. Más incluso que a tu propia sangre.

—No digas majaderías, Beatriz. Estás cegada, toda esta historia de Gustavo, su padre el duque y sus aspiraciones fuera de lugar, te han cambiado, no eres la de siempre.

—¿Lo dices porque por primera vez en mi vida siento amor por alguien? ¿Tú sí puedes tener un amorío con mi doncella y yo no puedo enamorarme?

Si por alguna causa desconocida mi hermano se había estado conteniendo, sus diques se rompieron con estrépito justo en aquel instante.

—¡Tu duque no va a defenderte, maldita sea! —rugió con los brazos en alto—. ¿Es que no te ves? Estás aquí, sola, enfrentándote al mundo, Beatriz, ¡abre los ojos!

—Disculpe si lo corrijo, está usted muy equivocado, señor Maldonado. Desde luego que su duque piensa defenderla. Hasta que un último estertor se lo lleve de esta vida. Contra quien sea y lo que sea.

La inesperada aparición de Gustavo nos dejó a los tres perplejos.

Sin dar explicaciones, se colocó a mi lado, igual que Alonso había hecho con Elvira.

Escoltándome, cobijándome, ahuyentando mis miedos.

—Porque la ama más que a su propia vida y no piensa abandonar ni rendirse —zanjó con rotundidad.

No pasé por alto los ojos de pavor con los que Elvira lo repasaba. Como si Gustavo fuera un alma recién escapada de los infiernos que nos reduciría a cenizas con solo chasquear los dedos.

Aunque el hormigueo de la felicidad recorriendo mi espalda me hacía flotar en una dicha tan absoluta, que lo olvidé enseguida.

—¿Quiere ayudarla? —conminó Gustavo, dirigiéndose a mi hermano— ¿De verdad quiere ayudarla? Pues demuéstrelo. Cúbranos. Porque vamos a fugarnos.

Alonso dio un amenazador paso adelante.

Gustavo le plantó cara sin arredrarse.

—Usted no debe de estar en sus cabales, señor mío. ¿Piensa deshonrar a mi hermana pasando la noche fuera con ella? ¿Tan pronto ha olvidado que está usted prometido con otra mujer?

—Pasar juntos una noche es el único modo de forzar nuestra unión. El compromiso con Dorotea Fernández de Castro sigue siendo un asunto privado entre familias, no ha sido hecho público, nadie lo sabe, puede anularse.

—¡Yo lo sé! —aulló mi hermano.

—Porque mi padre ha visitado al suyo y se han desvelado aspectos de nuestra intimidad familiar que siempre debieron quedar a buen recaudo. —Gustavo no perdió la serenidad—. Sin embargo, tanto a uno como al otro les consta que no me casaré con nadie que no sea Beatriz.

Sonaba tan seguro, tan determinado, que hasta Alonso tuvo que claudicar. Vi cómo los dedos crispados de Elvira agarraban la manga de su levita y tiraban, como haciéndole una señal para que contraatacase, algo que él renunció a hacer.

—¿Tengo su palabra de que todo esto no será más que una farsa? Me refiero a lo de la fuga. ¿Que respetará a mi hermana y se comportará como un caballero pase lo que pase?

—La tiene.

Alonso inclinó con elegancia la cabeza.

Pareció pensárselo durante una eternidad. Al final de todo su intrincado proceso suspiró, aunque sonó más bien a gruñido fiero.

—Entonces, cuente con mi apoyo incondicional. No persigo otra cosa en la vida que la felicidad de los míos. Aunque le advierto que si falta a su promesa…

—Permitiré que usted, con sus propias manos, me meta un tiro en el corazón.

« Ve a casa y empaca lo imprescindible para pasar una noche y un día ».

Esa había sido la encomienda.

Y regresamos a la mansión de Barquillo 10 a cumplir con el objetivo porque antes de la cena, Gustavo pasaría a recogerme con su calesín y nos evaporaríamos en el aire como dos volutas de humo.

Durante el trayecto de vuelta y, pese a sus compromisos adquiridos con el hijo del duque, mi hermano trató en vano de disuadirme.

A Elvira parecía a punto de darle un ataque al corazón y se escabulló nada más entrar por la puerta.

Nada de todo aquello me frenó. Subí a mi alcoba, reclamé a Paquita, la puse al tanto del plan y empezamos a embalar, si bien tuve que soportar que primero se echase a llorar y durante largos minutos soltara su letanía del « Ay, señorita, yo no veo que sea buena idea ».

—¿Y Elvira? —pregunté una vez se hubo calmado— ¿Dónde se mete? ¿Es que no piensa ayudarte con el equipaje?

—No cuente con ella. Sigue empeñada en que los Altolaguirre no son personas honorables y que no piensa apoyarla en una locura que echará a perder su vida.

—No le he pedido otra cosa que una maleta —me extrañé.

—Y que con esa gente no será feliz.

—Qué sabrá ella.

—Es que es una solución terrible, señorita.

Temí que volviera a berrear y que alguien de la familia terminase escuchándola.

—¿Tú también? Es la única de que disponemos si queremos obtener por la fuerza ese permiso que nos niegan. Mañana a estas horas estaré de vuelta y, mientras convenga, fingiremos que he pasado el día en cama con una jaqueca espantosa.

—Me compromete usted.

Arqueé una ceja.

—Va unido al cargo de doncella personal, eres mi confidente y, de ser necesario, mi cómplice. —La animé con una amplia sonrisa—. ¿No vas a desearme suerte?

Paquita se me arrojó a los brazos, sin esperarla.

Sollozando y gimiendo bajito, para no llamar la atención, pero con el corazón encogido.

Respondí a su abrazo sabiendo que era sincero.

—Todo va a salir bien, Paquita, ya verás. Todo va a salir bien.

A las seis de la tarde, Gustavo Pérez de Moncada y yo teníamos una cita que lo cambiaría todo.

Me deslicé escaleras abajo aprovechando que todo el servicio andaba atareado preparando las cenas, y abandoné la mansión de la calle del Barquillo por un puñado de horas que resultarían cruciales.

Antes había pasado por la alcoba de la marquesa, a ver cómo se encontraba y a poner en marcha mi diabólico plan, al dejar caer un comentario acerca de mi ligero malestar y dolor de cabeza.

A mi madre le había subido un poco la temperatura, pero tenía ganas de charla.

Tuve que andarme con cautela para no desvelar más de la cuenta respondiendo a sus curiosas preguntas.

—Cualquiera lo habría dicho, que fuiste a caer bajo las ruedas del carruaje de todo un duque.

—Madre, no mencione el peor episodio de mi existencia como si se tratara de un golpe de suerte.

—¿Acaso no lo es?

—¡Fue una insensatez por mi parte! ¡Pude haber muerto!

—Pero aquí te tenemos, hija, vivita y coleando. No tiñamos de negro lo que se muestra como blanco nacarado, deslumbrante y provechoso.

Su última frase me reveló muchos aspectos de su intención, hasta entonces posiblemente encubiertos.

—Acaso… ¿Acaso usted querría que don Gustavo y yo…?

La tez de la marquesa pareció de pronto más luminosa.

—¿Cómo no iba a querer? No obstante, las cosas hay que hacerlas paso a paso y con mimo. Para que salgan bien.

Con mimo.

Paso a paso.

De acuerdo. Yo pensaba dar el primero de muchos aquella misma tarde.