La hija del joyero Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—Que nos ha causado —le corrigió Ágata tomando el anillo—.

Mi familia no ha sido la única víctima de esa mujer, hasta este miserable lo ha sido —y señaló a Jacinto—.

Así que no me parece tan mal castigo dejarla a la suerte de otra mujer sin escrúpulos.

Pero hasta que no hablemos con el rey, confiaré la sortija a las mejores manos —dijo ofreciéndosela a Raimundo, más en calidad de amigo que de Guardajoyas.

Le sorprendió que este inspirara profundamente y se dirigiera a Arturo.

—Yo lamento muchísimo mis malas palabras hacia usted y su familia, barón —terció el joven sevillano—.

No descarto haber contribuido también a su situación con la condesa, pues aunque ignoro a qué se refería ella o el señor Morphy, mi padrino conoce muchos secretos turbios de este país, no descarto haber hablado de más yo también con él delante de cualquiera.

P-pero el señor Morphy lo ha expresado bien: que aquí todo lo que se dice sobre usted son conjeturas, y que nadie ha visto ni oído nada que de verdad lo comprometa.

Yo pondría la mano en el fuego también para defender su honor, señor, en compensación por mi ignorancia y mis faltas.

Arturo quedó gratamente sorprendido con esa inesperada lealtad de Raimundo y le dedicó una sonrisa tan sincera que lo ruborizó un poco. Ágata no tuvo dudas de que su amigo vio en él al joven militar que tanto admiró de pequeño.

—Bueno, esta situación tan incómoda se ha alargado demasiado —suspiró Morphy—, ¿qué le parece, señorito Raimundo, si usted y yo llevamos a este bellaco ante los verdaderos alabarderos del rey? Así también le damos un poco de intimidad a mi discípulo y a la señorita Guirado, creo que la necesitan.

Raimundo asintió conforme y alzaron a Jacinto cada uno por un brazo para conducirlo al que sería un merecido castigo y una larga penitencia. Ágata y Arturo se quedaron inmóviles un instante más, observando el lugar por el que habían marchado los otros.

La joven fue la primera en volverse en busca de los ojos del barón, que seguía sin poder reaccionar a causa del miedo de lo que había estado a punto de suceder.

—He cometido muchos errores en mi vida —dijo Arturo tratando de contener el temblor de su voz y de sus manos—, pero perderte sí que hubiese sido imperdonable.

Ágata se estremeció y recordó las palabras de su padre sobre la importancia de aprender de los errores. Entonces Arturo la miró, con esos ojos que adoraba algo enrojecidos por sus lágrimas de perla gris. Ella lo observó muy seria y acabó sonriendo.

—No pudiste quedarte al margen, ¿eh? —susurró, notando convulsiones en la barbilla—. Cuidado, señor barón, cualquiera pensará que de verdad me ama.

Arturo le devolvió la sonrisa con la timidez que se apoderaba de él cuando lo adulaba. Ágata se le acercó y lo abrazó con todas sus fuerzas, y él la envolvió con sus brazos. Ella le acarició el pecho, el corazón. Él tomó su mano para besarle la base de la palma.

—Siempre, Ágata. Siempre velaré por ti. Y siempre podrás contar conmigo —dijo el Barón Tasador, y la besó en los labios—. ¿Ahora qué, brillantito? —le preguntó y tomó su mano siendo muy consciente de que aún llevaba su anillo de pedida.

Ágata sabía que no se refería a las conversaciones que les aguardaban con el rey o los Mellerio.

—Entendería que quisieras volver a Málaga —intentó saber de otra forma Arturo con un deje de pesar.

Ágata ladeó la cabeza y giró la mano para entrelazar sus dedos.

—Una parte de mí nunca se marchó —comenzó a decir—, y permanecerá ligada a ella, a mi padre y a Velasco.

Pero yo siempre quise más. —Apoyó la cabeza sobre el pecho de Arturo—.

¿Más libertad para ser una artista plena?

¿Más confianza para poder hacerlo sin que me importara que me juzgasen?

¿Más reconocimiento para poder vivir de ello?

No lo sé. En cambio, tú… —le tiró de las solapas de la chaqueta y alzó la cabeza para mirarlo a los ojos— tú siempre has creído en mi capacidad, y me has recordado continuamente que no necesitaba a nadie para recorrer mi propio camino.

Cielo santo… ¿Eres real? —se le quebró la voz y le contagió a él la emoción de su mirada.

Se puso de puntillas para que su mejilla incitara a la de Arturo a alcanzarla—.

Menudo aburrimiento sería caminar ya sin ti —sonrió, provocándolo a él también—.

He aquí mi invasivo y arrollador amanecer, inundándolo todo de una luz y una energía que nunca pedí, pero sin las que ya no concibo vivir.

Él no pudo contenerse y la aupó para terminar abrazándola con fuerza, lo que llevó a Ágata a reírse.

—Pero, por supuesto, ya no tienes la obligación de casarte conmigo.

Arturo se separó de ella para tomarle el rostro y demostrarle que ni de broma iba a consentir que Ágata se confundiera en ningún sentido. Pegó sus frentes y sintió en los dedos la humedad de sus respectivas lágrimas.

—Ágata, si yo soy tu amanecer, tú eres mi noche plagada de estrellas, ¡demonios! Eres la única persona en la que hallo el sosiego y la esperanza. Si quisieras ir a Málaga o al fin del mundo, yo te acompañaría sin dudarlo.

—Tú amas esta ciudad —negó ella—, jamás te haría elegir entre ella y yo. Entre otras razones —sonrió pícara—, porque yo también he acabado sintiéndola como mi verdadero hogar.

Arturo la miró de cerca, primero confuso, por si no había entendido bien, luego con una sonrisa pletórica, y las lágrimas volvieron a rodar por su rostro, conmoviéndola.

—No vayas a hincar ahora la rodilla.

—Pondré Madrid entera a tus pies.

—La pobre te consiente demasiado, me temo. Ha estado ayudándote desde la verbena y con el resto de tus absurdas ocurrencias.

—Sabía que las clavellinas obrarían su magia. También tengo que enseñarte las higueras que he plantado en el jardín de casa, y el taller que me gustaría montar.

—Creo que ya quedé completamente conquistada cuando nos vi bajo tu madroño.