Capítulo 35
La figura desconocida la soltó y, de un empujón, la puso de espaldas contra la pared.
Ágata palideció al reparar en ese hombre.
Era casi tan alto como Arturo, vestía de alabardero y de nuevo tentaba su cuello con una daga extremadamente afilada.
Ágata balbuceó aterrada, pero entonces reconoció la ceja izquierda partida.
Era el mismo hombre que la estuvo mirando mal cuando asistió a la merienda del rey.
Debía de habérselo cruzado también en el pasillo y había aprovechado para seguirla.
El hombre estaba tan cerca de su rostro, sin dejar de presionar la hoja sobre su garganta, que reparó en la característica forma de media luna de su cicatriz.
Y se transportó muchos meses atrás, al peor día de su vida.
Notó en las mejillas la humedad de las lágrimas.
—Fue usted —sollozó Ágata furiosa—. Ahora le recuerdo. El día que la condesa vino a nuestro taller de Málaga lo vi en mi calle, al otro lado de la acera. Se acercó a una mujer con un sombrero que…
—¡Esa era yo, ragazza estúpida! —se burló Viviana cruel, jugueteando con la sortija—. Me atavié decente únicamente para visitaros. Y como os negasteis a aceptar la jugosa cifra que os ofrecí, tuvimos que aprovechar tu ausencia para hacerle a tu señor padre otra visita más… persuasiva.
—¡Ustedes lo mataron! —gritó la joven.
—No, querida, ya está bien con esa cantinela —la atajó, molesta, la italiana—. Aquí nadie mató a tu padre, él se cayó solo. Bueno, forcejeamos un poco, ¿y qué? Resbaló sin más, mala suerte que lo hiciera hacia el hueco de las escaleras.
—Le dije que no debía fiarse de que él cumpliera con ella, condesa —chasqueó la lengua el alabardero—. Nuestro barón ya no tiene lo que hay que tener.
—¡Tú sí que no tienes lo que hay que tener! —irrumpió una voz como un trueno.
Arturo entró en la alcoba extenuado por la carrera y al ver la escena se frenó en seco y alzó las manos.
—¿Vas a cortarle el cuello a una mujer inocente solo para escarmentar al hombre que te salvó la vida, Jacinto?
Ágata recordaba ese nombre. Era el compañero al que Arturo había ayudado, por quien casi murió.
—Hace demasiado tiempo que no eres ese hombre, Arturo.
—Hace demasiado que no nos vemos como para que tengas eso tan claro.
—Arturo, tú estabas llamado a liderar una revolución, ¡me rajé la ceja como símbolo de mi lealtad ciega hacia ti, diablos!, y ahora, mírate: aquí, rodeado de nobles, lejos de las noches que dedicamos a hablar de un futuro mejor.
—Menos las que te ibas al burdel o con las mujeres de tus amigos, ¿eh, Jacinto?
—Pero, claro, tomaste el título de barón cuando tu turbia familia pereció para hacer lo propio con esa aristocracia a la que nunca tragaste.
La nueva corte te cambió, este rey te cambió.
¡El Pacificador, lo llaman! —Liberó una risotada cáustica—.
Desde luego, consiguió ablandarte hasta a ti.
También la joyera. El deseo es otra forma de vasallaje, Arturo.
Apuesto a que ya no te pesa tanto el título ahora que puedes ofrecérselo.
—Jacinto, suéltala, por favor —pidió el barón de Valdecarros en tono sufrido—, lo que creas que tengamos pendiente puedes hablarlo conmigo. Condesa, ¡Viviana! —le rogó a ella—, me prometió que no lastimaría a Ágata.
—¡Mientras la mantuvieras al margen, stronzo !
¿No te parece que has incumplido tu promesa, barón?
Los dos os habéis interpuesto en mi camino ¡sin tener ni idea de nada!
—estalló de nuevo Viviana, y señaló a Ágata desquiciada, volcando en ella todo su veneno—: ¿Crees que porque naciste en un entorno consagrado al trabajo ya sabes lo que es la impotencia, el anhelo o el sacrificio?
¡Ja! De nada sirve todo eso si desconoces lo que es el hambre.
Y no el que te gruñe en las entrañas, sino ese que sale del alma, implacable, con el que eres incapaz de vivir si no le pones remedio.
De niña me juré que demostraría mi valía algún día, esos mismos hombres y mujeres que me ignoraban acabarían por arrastrarse ¡ante mí!
Y tú no serás la excepción —le siseó—. ¡No pasé por años de humillaciones y desventuras para que una artesanucha sin verdadero talento me lo fastidie todo!
Ágata miraba perpleja a Viviana. Era la personificación de la cara más oscura de la ambición.
—Si tengo que destruiros a ambos o a toda la familia real española para lograr que se me dé el lugar que me corresponde, tened por seguro que lo haré —añadió Viviana.
—Deberíamos matar al rey —dijo Jacinto—. Mis camaradas y yo maldijimos cuando se nos escapó en el último atentado.
—Me da igual lo que hagas o por qué, Jacinto —dijo Viviana con los brazos cruzados—.
Aunque no puedo negar que las ganas que le tenías al joyero por su reputación política me sirvieron para que me acompañaras a Málaga y me ayudaras a intimidarlo o a revolver la casa para dar con esta preciosidad de anillo.
Del mismo modo que no me costó utilizar la reputación de Velasco para quitármelo del medio.
Ágata sintió que el alma le abandonaba el cuerpo. Arturo frunció las cejas, consternado.
—Oh, espera, espera, ¡esto me encanta! —se burló Viviana del dolor de la joven y del estupor del barón—.
¿Tomasteis por asesinato la muerte del joyero…
y la de Velasco la creísteis accidental de verdad?
—Volvió a carcajearse—. Por casualidad presenciamos cómo el barón y él discutían, y cuando se largó, yo me encargué de conducir a Velasco al callejón de atrás de esa taberna de mala muerte y Jacinto hizo el resto.
De repente, el rostro del falso alabardero se contrajo de dolor y la soltó.
Cayó de rodillas llevándose las manos a la cabeza.
Ágata no entendía qué había sucedido, porque Arturo seguía inmóvil cerca de la puerta.
Al apartarse del hombre caído, descubrió a Raimundo Ulloa, que había aparecido con el gesto desquiciado y con un báculo en alto con el que había golpeado al asesino.
—Antes me pidió que les cubriera las espaldas, barón —le dijo a Arturo con la respiración acelerada—, pero no pensé que fuese algo literal.
Ágata se congratuló de que Arturo le hubiese pedido ayuda a Raimundo. Acto seguido, aprovechando que su antiguo compañero estaba aturdido, Arturo lo inmovilizó con el fajín del uniforme. Jacinto gruñó con la mirada desenfocada un instante antes de desmayarse.
—¿Crees que esto ha solucionado algo? ¿O que mi fortaleza dependía de Jacinto? —preguntó Viviana tras recuperar la compostura—. Te sigo teniendo a mi merced, Arturo Bosco de Montesinos. Eres el colmo de lo patético —remató rompiendo a reír.
—Diría que nadie la gana en eso, condesa. Sobre todo si emplea información privada para chantajear a quien sí sabe lo que es el honor.
Los cuatro que seguían en pie se giraron hacia la puerta. Guillermo Morphy, gentilhombre y mentor predilecto del rey, llevaba un buen rato atendiendo a la disputa desde fuera de la estancia antes de inmiscuirse.
—Viejo Willy… Así que fue usted —balbuceó Arturo.
—Me temo que todos deberíamos haber estado mucho más atentos a lo que esta mujer tramaba —le dijo a su discípulo con pesar—.
La condesa de Costigliole sintió curiosidad por tu familia y a mí se me escapó contarle mis conjeturas sobre la relación de tu abuelo Rodolfo con el lupanar en el que no quiso volver a poner un pie. Lo siento, hijo.
Arturo bajó la cabeza, dolido por la traición.
—De todas formas, condesa, no entiendo con qué va a chantajear al señor barón. No hay nadie en la ciudad de Madrid que no pondría la mano en el fuego por su honor.
—¿Perdone? —se escandalizó Viviana—. Acaba de confesar que se enteró de sus orígenes bastardos por el primer barón, así que usted sería el primero en quemarse, caballero.
—Ah, no, no. He dicho que yo le conté mis conjeturas a usted sobre la relación del abuelo del barón con un lugar, pero nadie me lo corroboró.
Así se lo diría al rey si me preguntara, y que pondría con gusto la mano sobre las brasas para defender a mi discípulo.
Estoy seguro de que muchos más lo harían, sobre todo si es para evitar que un ser tan ruin como usted se salga con la suya.
Viviana tembló, el brillo de sus ojos se apagó ante la evidencia de otra derrota. Luego Morphy extendió la mano en dirección a la condesa y por más que ella apretó los dientes y dio patadas al suelo, le tendió el anillo.
—Así que nunca tuvo pruebas tangibles, como me aseguró —murmuró Arturo arrastrando la ira en las palabras—. Será víbora. Es usted pura escoria retorcida y mentirosa.
Contra todo pronóstico, Viviana no replicó, sino que se dio la vuelta y echó a correr.
La joyera parpadeó confusa e hizo ademán de perseguirla, pero Arturo y Raimundo la retuvieron.
—Déjala, Ágata —dijo el barón de Valdecarros—, que crea que puede huir.
—Pero… ¿y si sale del país? —titubeó el Guardajoyas.
—Sin duda lo hará —resopló Morphy—. Seguro que volverá a París con el rabo entre las piernas, pero se le olvida que allí está doña Isabel.
La reina exiliada le tiene más ganas de lo que se pueden imaginar.
Si ya se culpaba por habérsela presentado a su hijo, ni se imaginan lo que le hará cuando le contemos lo del anillo o su regocijo ante las muertes de sus sobrinas, su suegra o su hija.
La muerte de su padre tampoco caerá en saco roto, señorita Guirado —añadió tendiéndole el anillo.
Ágata lo contempló sumida en las dudas.
—Pero si tú quieres que vaya a buscarla, haré que sobre ella caiga todo el peso del dolor que te ha causado —dijo Arturo.