La hija del joyero Capítulo 34 #4
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Capítulo 34 #4

Ágata tomó los fragmentos de metal que se habían pegado a la base del medallón y los fue encajando entre sí, mostrando que no eran piezas independientes, sino las partes de un todo.

Cuando mostró de nuevo la joya, pendía de ella un nuevo ser alado.

El ángel caído: Lucifer. Los propios adornos de metal de su vestido cobraron sentido entonces, al componer el marco de atardecer de nubes y estrellas que recibían el descenso de la criatura expulsada del cielo.

Muchos en la mesa, al reconocerlo, se llevaron las manos a la boca; no Alfonso XII ni María Cristina.

—Brujería, ya les digo, y blasfemia —insistió el duque de Sesto.

Morphy, Raimundo y quienes la rodeaban pusieron los ojos en blanco. El Guardajoyas le dedicó un gesto complacido a Ágata por la insólita puesta en escena.

—Parecía la Resurrección de Cristo, señorita Guirado —intervino de repente María Cristina, para sorpresa de muchos—, ¿ha querido comunicarnos algo más con su obra?

—Esta joya no representa solo el triunfo de la vida sobre la muerte —respondió la joyera—, sino la del bien sobre el mal —añadió, y miró a Viviana, que le aguantó la mirada—.

Aunque también consideré —miró entonces a Arturo— que apreciarían las obras curiosas.

Sobre todo si son transgresoras y cobran vida.

El barón de Valdecarros sonrió al reconocer las reflexiones que había compartido con ella sobre los gustos de la familia real frente al Reloj de Pastor.

—Por otra parte, ya han visto que no habría podido llevar a cabo esta exhibición yo sola —dijo Ágata mirando al rey y señalando a las personas que se encontraban a su espalda—.

Debo darle las gracias a todo el servicio del Palacio Real por prestarse a ayudarme.

Dicen que las campanas son el sonido de los ángeles, también que viven en el corazón de las personas humildes, así que cuando me enteré de la temática de la cena —miró a Viviana, que había entornado los ojos—, quise aprovecharlo y compartir mi propuesta con los empleados del palacio.

Debo añadir que lo hicieron felices sobre todo porque sabían que complacería a su majestad.

—¿Es eso cierto? —preguntó Alfonso XII dirigiéndose a todos ellos.

Mayordomos, criados, doncellas y miembros del servicio de cocina se inclinaron visiblemente emocionados.

—Supongo que su verdadera sorpresa ha sido demostrarme lo afortunado que soy, señorita Guirado. Lo cual no resta mérito a su talento ni a su ingenio. Querida —se volvió hacia María Cristina—, claramente apostaste por la candidata ganadora.

Muchos asistentes al evento desconocían a qué se estaba refiriendo el rey. Poco le importaba a la joyera de Málaga. La futura reina sonrió complacida y Viviana hervía de rabia.

Después de que retiraran los restos de los capones y de la merluza frita, y antes de que llegaran los buñuelos y las manzanas asadas que se servirían de postre, la condesa de Costigliole apuró su copa de vino y anunció que se retiraba ya a sus aposentos.

Ágata no se fiaba de la retirada silenciosa ni de la renuncia al postre de la italiana, así que ella también se levantó de la mesa.

—Discúlpenme, voy a acercarme a la Real Cocina para agradecer la colaboración del servicio.

Raimundo arrugó el ceño incrédulo y Arturo trató de retenerla con la mirada, pero estaba decidida a hacer lo que debía.

Por supuesto, en lugar de bajar a la cocina, subió y siguió a Viviana muy discreta.

Esquivando a los alabarderos de guardia, Ágata llegó a la zona de los dormitorios.

Se acercó a una puerta entornada donde alcanzó a ver la sonrisa maléfica de la condesa de Costigliole mientras sacaba el anillo del antiguo joyero de la reina Mercedes.

—Sé que no se caracteriza por jugar muy limpio precisamente, pero esta maniobra es burda hasta para usted.

Viviana se sobresaltó, pero se giró despacio, con esa teatralidad que se gastaba, y alzó el mentón, resuelta.

—Mira quién fue a hablar… —espetó con desdén—. ¡Tú has osado desafiarme en mi terreno cuando debías quedarte bien quietecita en el tuyo!

Ágata tuvo la impresión de que se había perdido.

—Que te quede claro: nadie, ¡nadie!, me eclipsa cantando.

¡Niñata, más que niñata! Que mi golpe de gracia de esta noche iba a ser ofrecer mi mejor aria con los más refinados violines, ¡y ese barón inútil va y te anima a desafinar con esa música chabacana del populacho!

Aunque sea lo más lamentable que he presenciado en mi vida, ¡¿quién iba a mirarme o a escucharme después? !

Ágata no podía creerlo. Estaba convencida de que su nueva joya causaría tal estupor que enfadaría muchísimo a Viviana, pero ni en sus más descabellados planes habría imaginado que lo que la llevaría al límite sería la música. En cambio, Arturo sí se lo había figurado.

—Y esta es su solución, llevarse el anillo sin que nadie se entere. Otra vez.

—Yo fui la que lo conseguí —espetó Viviana con la joya en su puño cerrado—, yo fui la que se lo obsequió al rey. Eso me da derecho a mí, ¡y no a ninguna otra!, a ser la mujer más importante de este país.

Entonces Ágata notó cómo una figura enorme la inmovilizaba por la espalda y le colocaba una hoja de metal en el cuello.

—Ya era hora de que aparecieras, querido —dijo la condesa.