La hija del joyero Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

De golpe Ágata buscó a Arturo en la sala.

Cuando lo localizó junto a Viviana cerca del piano y de la orquesta de violines y chelos, sintió que las entrañas se le encogían, pero cerró los ojos con fuerza y se ordenó ceñirse al plan.

Sin darle tiempo a negarse, Ágata tomó del brazo a Raimundo y lo condujo hacia el centro del salón, donde había varias parejas danzando.

—Espero que sepas bailar la mazurca —le anunció antes de dibujar con su cuerpo el primero de los pasos de esa danza—. Necesitamos evadirnos, aunque sea por unos minutos.

—Pues… —titubeó desconcertado por la encerrona, dejándose llevar a duras penas— lo cierto es que la he bailado muy pocas veces en mi vida.

—Tranquilo. Yo solo una.

Dicho eso, comenzaron a moverse junto con el resto de las parejas. Ágata se sorprendió de haber retenido bien los pasos, y se congratuló de que Raimundo la siguiera a la perfección. Ambos acabaron por sonreír y por pasárselo bien.

—Teníamos pendiente este baile —le dijo Ágata entre giro y giro— desde hacía demasiado.

—En absoluto. Salvo que lo entiendas en honor a nuestra amistad —repuso Raimundo.

—¿Ahora vas a renegar de los sentimientos que me profesaste?

—Para nada —rio él la picardía de ella—. Lo cual no tiene nada que ver con que me preocupe que acabes con un hombre que bien podría perjudicarte.

Ágata iba a defender a Arturo, pero Raimundo frenó de repente al sentir un toque en el hombro.

—¿Me devuelve a mi prometida, señor Ulloa?

Arturo les pegó un buen susto, aunque Ágata descartó que hubiera escuchado la conversación, pues iba acompañado del señor Morphy. En cualquier caso, aunque Arturo se dirigió a Raimundo, la miró a ella con solicitud.

—Creí que estaba ocupado con el resto de los invitados —protestó el Guardajoyas.

—Quiero que Ágata me ayude a presentar mi propuesta de sorpresa para el rey. Yo también tengo derecho a jugar.

La joyera se preguntó si habría estado cuchicheando sobre la apuesta con la condesa de Costigliole.

—Miedo me da preguntar qué estás tramando —dijo Ágata.

—Algo por lo que no me perdonarás en la vida, querida.

Entonces Arturo alzó la mano dirigiéndose a los músicos y todos dejaron de tocar. En cuanto se vieron sin el acompañamiento de los violines y demás instrumentos, los bailarines frenaron y el resto de los asistentes, incluidos Alfonso XII y María Cristina, atendieron.

—¿Qué trastada vas a hacer ahora, querido discípulo? —preguntó Morphy intrigado.

—¿Bailar?

—¿Con qué música? —se indignó Raimundo.

—Silbaré —le respondió Arturo guiñándole un ojo.

—Tú no silbas desde los diez años, Arturo —protestó Morphy—. Sea consciente, señorita Guirado, de que se lo prohibieron de niño. Podría arrastrarla al ridículo.

—En todo caso, que sea un ridículo memorable —anunció ella dejándose llevar al centro de la sala; luego le dijo a Arturo al oído—: Para llevar tanto tiempo sin silbar, bien rápido que lo hiciste al conocernos.

—Porque pensé que te incitaría igualmente a seguir deleitándome con la música que estabas tarareando, pero me quedé con las ganas.

—¿Y pretendes vengarte hoy?

El barón se limitó a sonreír satisfecho.

En cuanto estuvieron posicionados, Arturo comenzó a silbar, con alegría y finura, y Ágata identificó enseguida la melodía del chotis que bailaron en la plaza Mayor la noche de la verbena.

Pese a su desconcierto, Ágata debía admitir que la canción y los pasos de baile la transportaron a las sensaciones de aquella noche mágica.

El sabor del chocolate. El aroma de la lluvia.

La textura de la primera vez que probó sus labios.

La invadió el amor incondicional que sentía hacia él y hacia la ciudad de Madrid, por lo que, sin pensar, Ágata comenzó a cantar.

La joyera tenía una voz tan hermosa como Arturo sospechaba. Mientras duró el chotis, él no dejó de silbar y de sonreír al tiempo que ella le daba la letra. Cuando Ágata concluyó la canción, Arturo paró. Los aplausos no tardaron en llegar. Ágata sintió calor en las mejillas.

—Sea lo que sea lo que te proponías con este despropósito —le susurró ella—, espero que te hayas quedado satisfecho.

Arturo la miró sagaz, pero después desvió sus ojos de avellana y ella lo imitó. Se dio cuenta entonces de que Viviana los observaba prendida en un odio apasionado. La joyera frunció el ceño y volvió a buscar respuestas en Arturo.

—Descuida. Me he quedado incluso más satisfecho de lo que esperaba. ¿Te importaría prestarme al Real Guardajoyas?

—¿Ahora vas a bailar con Raimundo?

—Eso sí que sería memorable, pero no. Solo quiero conversar con él.

Arturo volvió a reír y le dio un beso en los nudillos. Ágata observó de lejos cómo su amigo sevillano escuchaba al Barón Tasador, extrañado por lo que este le decía, y luego se centró en su principal foco de interés de la noche. Viviana seguía consumiéndose de rabia. La velada sí que prometía.

La condesa hizo una seña al paje principal del evento y, apenas unos minutos después, este anunció a los invitados que debían pasar al Comedor de Gala.

Cuando lo hicieron, Ágata se quedó impresionada.

La estancia necesitaba algunos arreglos más y se inauguraría oficialmente a finales de noviembre con uno de los banquetes de los esponsales de los futuros reyes de España; aun así, era de una belleza embriagadora.

Ágata admiró la enorme mesa, cubierta por flores y adornos exuberantes.

Debía reconocer que la condesa de Costigliole se había esmerado.

Congratulándose de su buen gusto en la decoración y la lluvia de alabanzas que le propició, la italiana cruzó la estancia contoneando las caderas hasta hallar su sitio no muy lejos del rey.

Ágata comprobó molesta que su sitio estaba más lejos y que Arturo trataba de llamar su atención con un gesto de la cabeza.

Al principio no entendía qué trataba de decirle, luego vio que le estaba indicando las paredes que tenían a su espalda.

Ella contuvo una sonrisa al fijarse en los tapices.

Claramente, Alfonso XII había hecho caso a sus consejos.

La joven se acomodó con agrado entre Raimundo y el señor Morphy.

Tras degustar entre conversaciones la sopa de arroz clara como previo, y los seis entrantes, dando buena cuenta de los escalopes de lenguado en papillote, la joven dejó de repente sus cubiertos sobre el plato.

Dudó si sería el momento adecuado. Sus acompañantes la observaron de reojo, extrañados por su inesperada tensión.

Ágata no quería esperar más. Incluso el mayor talento también necesitaba de sonrisas, palabras artificiosas y un poco de espectáculo. Hizo sonar su copa.

—Damas, caballeros, excelentísimos e ilustrísimas —Ágata miró al duque de Sesto y a Arturo, que la observaban desconcertados por su llamada de atención—, altezas —hizo lo mismo con el rey y su futura consorte—.

Si me lo permiten, me gustaría mostrarles mi nueva obra que, a bien de la bondad de la señora archiduquesa, he preparado para sorprenderles esta noche.

—¡Cómo es posible, señorita Guirado! —exclamó Alfonso XII—, ¿después de lucir su preciosa joya, de bailar y cantar, todavía tiene algo más que ofrecernos?

Viviana contuvo el malestar, aunque no perdía detalle, y Arturo dio un sorbo a su copa de vino, intrigado. Ágata alzó el mentón y sonrió aún más.

—Es que aún no les he mostrado mi joya, majestad.

—Por supuesto que sí —repuso escéptico el rey—. Es su precioso colgante que representa la Resurrección de Cristo, ¿no? ¿Qué más tiene que mostrar?

—Les ruego que observen con mucha atención —les pidió Ágata.

Acto seguido, Ágata se levantó e hizo un gesto con la cabeza.

Al momento, algunas doncellas y sirvientes se adelantaron de sus puestos junto a las paredes.

Rodeando a la joyera, unos se llevaron las manos al cuello, haciendo el gesto de desenroscar algo; otros depositaron cerca de ella las campanillas diminutas que formaban parte de su atuendo angelical.

Entonces sucedió algo que provocó más de una exclamación ahogada.

Los comensales de la mesa vieron cómo los badajos de las campanillas y los remaches de metal con forma de plumas que se habían quitado los sirvientes salían disparados hacia los pies del resucitado de Ágata.

Parecía como si un montón de querubines se postraran ante la imagen de la joya.

—¡Dios mío, señorita Guirado! —exclamó Alfonso XII, con la misma expresión maravillada que su prometida—. ¿Cómo ha conseguido que vuelen?

—¡Brujería! —gritó el duque de Sesto.

—De su padre también se decía que era un alquimista —comentó otro noble.

Juana y Matilde dedicaron una mueca despectiva a todos los que asentían entre murmullos.

—No es brujería ni alquimia —los corrigió Ágata—, sino ciencia aplicada al arte.

Señores, altezas, seguro que han oído hablar de la magnetita, uno de los minerales de los que se extrae el hierro.

Solo quienes la manipulan saben de sus propiedades magnéticas, esto es, que atrae al mismo hierro.

Se la puede tratar con procedimientos eléctricos, con cobre, o químicos para potenciar esta cualidad.

Me consta, de hecho, que los suecos y los austriacos —asintió en dirección a la futura reina— están experimentando con ello y con un nuevo elemento, el didimio, para producir imanes más potentes.

Yo me he limitado a probar algunos de esos pequeños trucos en mi taller para ofrecerles algo… diferente.