Capítulo 34 #2
—Tu pieza de orfebrería es extraordinaria, Ágata —le dijo—, pero no sé si será suficiente para derrocar el pomposo despliegue de Viviana Olivieri.
Se ha esmerado mucho en tenerlo todo preparado.
Ha tenido en vela a un batallón de criados para la decoración y no le ha dado tregua al servicio de cocina —añadió acariciando el medallón.
—Tendremos que esperar hasta el final de la velada para averiguarlo.
—¿A qué te refieres? —preguntó extrañado.
Ella dudó si debía adelantarle su plan, pero no tuvo tiempo de darle más vueltas porque una voz conocida la llamó por su nombre:
—¡Señorita Guirado! No sabía que asistiría a este evento.
Amalia Heredia Livermore, la marquesa de Loring, la mujer que protagonizó la anécdota que le dio su fama desde niña, la observaba admirada, con sus ojos negros intensos y un vestido impresionante de fondo burdeos y bordados oscuros muy elaborados.
Iba del brazo del duque de Sesto, a quien Ágata se apresuró a saludar antes de identificar a la pareja que los acompañaba.
—Yo tampoco sabía que nos la podríamos encontrar aquí, señora marquesa. ¿Ahora invitan a las clases bajas a estos eventos?
—Hola, Juana —dijo Ágata en un tono neutro.
Juana Crooke estaba cubierta de diamantes y llevaba un imponente conjunto ocre con relieves en perlas e hilos color ébano. Ágata esperaba que fuera con su marido, pero descubrió con agrado que llevaba del brazo a Matilde Livermore, quien le dedicó un gesto más amable.
—Señora vizcondesa —matizó Juana—, ¿no te enteraste?
El vizconde de Anoeta, tío de mi esposo, falleció hace un par de meses, y ante la falta de varones en esa rama de los Gross, mi querido Marcos heredó el título nobiliario, ¡y yo con él!
Hoy él y mi hermano están en el norte ocupándose del papeleo, porque Lucas ya ejerce de abogado, ¿verdad, Mati?
Es increíble que no te enteres de nada, Ágata.
—Madrid aísla mucho de lo que ocurre en los extremos del país —replicó la joyera con una sonrisa aún más falsa que la de la vizcondesa—. Sobre todo si no interesa.
Juana dejó de sonreír. Matilde, en cambio, no pudo contenerse, igual que la marquesa de Loring.
—Entiendo por qué la hija del señor Guirado ha llegado tan lejos —intervino Antonio Cánovas del Castillo, que también acompañaba al grupo—. Tuvo usted muy buen ojo con ella, señora marquesa.
—Siempre lo tengo, mi estimado Antonio. Será porque descubrí en los de Ágata Guirado unas aventurinas oscuras llenas de audacia.
Puesto que dirigió una mirada a sus manos, Ágata se maldijo.
—Precisamente hoy no llevo sus guantes, señora marquesa. Pero le aseguro que me han acompañado en momentos determinantes.
—No lo recordará, querida, pero cuando se los di le dije que no le regalaba unos guantes, sino una idea: usarlos cuando desease cubrir lo que nadie tenía por qué ver si no lo deseaba. Que hoy quiera que le vean las manos solo presagia una velada de lo más prometedora.
—Yo creo que sus manos lucen algo de mayor interés —comentó Cánovas.
—Cielos —se sorprendió la marquesa—, ¿está usted prometida, señorita Guirado?
—Esa es la perla gris de la baronía de Valdecarros —apuntó el ministro—. La recuerdo bien de cuando la llevó la anterior baronesa, que el Señor la tenga en su gloria.
—¡Ágata! ¡Enhorabuena! —la felicitó Matilde muy sincera—. ¿Significa eso que no volverás a Málaga? Dado que mister Bereton se niega a alquilar la parte de su casa que correspondió a la familia Guirado, dábamos por sentado que antes o después retomarías el negocio de tu padre.
Ágata no tenía ganas de dar explicaciones allí en medio y tampoco deseaba profundizar en sus inciertos planes de futuro.
—Hoy solo he venido a mostrarle al rey mi nueva joya.
—Como saben, su majestad quería que le sorprendieran —intervino Raimundo, que se había mantenido en un discreto segundo plano.
Todos contemplaron el colgante boquiabiertos, salvo Juana, que palideció al darse cuenta de que su canica coronaba la joya. Miró a Ágata indignada, pero esta se limitó a guiñarle un ojo con regocijo.
—Ni la sorpresa que lleva en el dedo ni la que pende de su cuello son tan especiales. Igual que usted, señorita Guirado —habló por fin el duque de Sesto.
—Ágata Guirado es muy especial —le cortó Matilde asombrando a los presentes por la contundencia de su tono, completamente inesperada dado su carácter apacible—. Como persona y como profesional —remató.
Por un instante, la joyera creyó ver a esa niña de hermosos tirabuzones que se enorgullecía de prestarle sus muñecas para que las pusiese más bonitas.
—Como si las mujeres pudiesen destacar en nada —dijo con desprecio el duque—.
Ni siquiera poseen creatividad propia. La señorita Guirado seguramente imitará lo que hacía su padre, y hasta nuestra virtuosísima condesa de Costigliole hace lo que hace con las cuerdas vocales porque siempre la acompaña algún hombre hábil tocando.
Ágata estaba segura de que incluso Viviana Olivieri se habría enfurecido ante tal desconsideración, y sería la primera vez que ambas estarían de acuerdo en algo.
—En Sevilla el talento de la mujer es más que respetado, excelencia —intervino Raimundo, también molesto—. En la Cartuja, por ejemplo, Carlos Pickman ya las nombra jefas de taller e incluso diseñadoras de vajillas.
—Ya, también en Sevilla tienen ustedes esa patochada de historia poco creíble… ¿ Carmen , era? ¿De ese escritor francés…, un tal Mérimée? Creo que sus mujeres de ejemplo no me sirven, señor Ulloa, mucho menos para respaldar a la señorita Guirado.
—Se equivoca, excelencia, y estoy de acuerdo con Matilde en que nuestra Ágata es diferente a cualquier otra mujer que haya visto usted hasta ahora.
Ágata creyó que se lo había imaginado, pero no: Juana Crooke había salido en su defensa. La vizcondesa fulminó al duque con sus ojos negros, igual que Matilde, como si las dos cuñadas le advirtieran que iban a seguir defendiéndola si la insultaba otra vez.
Justo entonces el rey se les acercó con su prometida e interrumpió la discusión.
María Cristina de Austria aprovechó que Alfonso XII se atenía al protocolo y saludaba antes al resto para intercambiar una mirada cómplice con Raimundo y dedicarle un saludo muy especial a Ágata.
—Así que esta joven es la señorita Ágata Guirado, la joyera de Málaga. Encantada de conocerla.
Escuchar ese sobrenombre de labios de la archiduquesa le dibujó una enorme sonrisa.
—El honor es mío, alteza, y aún más que me haya invitado.
—No me quite mérito, señorita Guirado —intervino el rey—, después de todo, yo accedí a este juego particular. Raimundo se lo habrá explicado.
—¿Qué juego, majestad? —preguntó el duque de Sesto inquieto.
—Una chiquillada que me propusieron mi prometida y la condesa de Costigliole, inspirándose en una observación que me hizo la señorita Guirado sobre mi carácter durante nuestro primer encuentro. Prometí un buen premio a quien me sorprendiera más esta noche.
—¡Majestad! ¿Desde cuándo hace ese tipo de concesiones sin consultarme?
—Tú eres mi preceptor, Pepe, no mi ayo. A Morphy y a Raimundo les pareció un juego divertido y sin maldad. A quien quizá deberías controlar es a tu amiga italiana, que es la que tiende a salir con los mayores dislates.
El duque de Sesto cerró la boca de golpe y se sonrojó un poco, más de pudor que de coraje. Últimamente, hasta él se daba cuenta de que la condesa se tomaba demasiadas libertades.
—Siento si le estamos causando problemas, majestad —se excusó Ágata—. En mi caso, sin duda pequé de vanidosa por aprovechar la oportunidad de tratar de sorprenderle de nuevo.
—Puede —se rio Alfonso encogiéndose de hombros—. Pero la soberbia es el principal pecado de las mentes privilegiadas, y confieso que los fundamentos de la suya me tienen intrigado. En los últimos tiempos, conseguir distraerme ya es todo un logro.
—Mi único deseo es que valore mi habilidad, majestad.
—Es usted muy hábil, señorita Guirado, y no solo con la joyería.
También con las palabras. Me dejó claro en nuestra última charla que desea limpiar la memoria de su padre, pero tendrá que explicarme por qué contribuirá a ello que usted se haga con el premio que tanto se disputan mi futura consorte y mi buena amiga la condesa.
Ágata enmudeció. El rey le estaba preguntando por el anillo. Observó a los presentes y comprendió que no podía ser tan imprudente.
—Si le parece bien, don Alfonso, se lo contaré cuando sea merecedora de tal valioso premio.
El rey ladeó la cabeza y Ágata le sostuvo la mirada.
—Estoy segura de que mi prometido no tomará ninguna decisión hasta el final de la velada —añadió María Cristina.
Él se rio, pero ni afirmó ni desmintió, se despidió y la pareja de futuros esposos se retiró para seguir atendiendo a los invitados, lo que los demás tomaron como una señal para hacer lo mismo.
Doña Amalia animó a Cánovas y al duque de Sesto a marcharse, y Juana y Matilde se despidieron escuetas del mismo modo.
—No le ha impresionado —apuntó Raimundo en cuanto volvieron a estar solos—. Tu colgante es exquisito, pero insuficiente.
—Confía, amigo mío.
—Ya te dije que el rey no aceptaría ceder el anillo así como así. Si todo sale según lo previsto, él y la archiduquesa se casarán a finales del mes que viene, ¿sabes?
Ágata alzó las cejas, curiosa. Sabía que contraerían nupcias pronto, pero no tanto.
—Los ministros se lo han aconsejado a su majestad, pero la inminencia de la boda ha avivado su apego a la memoria de Mercedes. Su compromiso con María Cristina sigue siendo demasiado frágil, tenemos que evitar a toda costa que la condesa se salga con la suya.
—Ese anillo ha causado suficientes problemas en este palacio, sí.
—No es solo el anillo, Ágata. Alfonso tiene demasiados estímulos alrededor, confundiéndole e impidiéndole avanzar. Ni siquiera yo, dedicándole toda mi atención estos días, he terminado de entender qué trama exactamente la condesa. Hasta el barón parece incómodo últimamente al tratarla.