Capítulo 34
Ágata no recibió la invitación del rey, sino de María Cristina de Habsburgo-Lorena, y fue a través de Raimundo.
La proximidad y complicidad del Guardajoyas con la archiduquesa la habían prevenido lo suficiente de las malas intenciones de la amante de Alfonso XII como para propiciar un reto de lo más insólito entre la futura reina y la amante de Alfonso: quien lograra sorprender al monarca recibiría el anillo como premio.
Y aunque la condesa y la futura reina tuvieran motivos distintos para quererla, ambas comprendían que esa joya simbolizaría una victoria absoluta frente a la otra sobre todo lo demás.
La austriaca había convocado a la joyera malagueña a palacio porque confiaba en que la persona que había comprendido los gustos tan particulares del rey era la indicada para darle el éxito, y Viviana había recogido el guante a su manera: ella se encargaría del evento de inauguración donde se decidiría el destino del anillo, por tanto, su sorpresa podía adoptar formas insospechadas.
La noche de la cena que estrenaría el nuevo salón, la joven subió los peldaños de la escalera principal del Palacio Real con un lustroso vestido anaranjado, el mismo que lució en la primera ocasión en que fue invitada a Villa San Andrés.
No iba acompañada por Arturo a pesar de que, como tuvo ocasión de comprobar la joyera, había pregonado a los cuatro vientos que estaban prometidos.
Ágata contempló su sortija de pedida con la perla bajo el encaje y se llevó la mano al pecho, sobre el que descansaba su nueva joya, para infundirse ánimos.
El barón de Valdecarros se mostró muy contrariado cuando ella le anunció que había sido invitada a la cena y que pensaba ir «con o sin él», pero se limitó a asentir.
Ágata pensaba que trataría de impedir que asistiera; en cambio, Arturo la miró a los ojos con intensidad, tomó su mano y besó donde reposaba la perla gris.
«Velaré por ti tanto como pueda», dijo dándole a entender que no la acompañaría.
Después de aquel beso tan sentido sobre el símbolo de su compromiso, Ágata no sabía qué esperar de él.
En su mirada vio la determinación de que haría lo que pudiera para apoyarla y recordó que le había dicho que la amaba.
Ella necesitaba creer ambas cosas, aunque tras esa conversación no había vuelto a verlo.
Aun así, Ágata avanzaba por los corredores del Palacio Real con la esperanza de divisar al barón, hasta que tuvo que recordarse que no estaba allí por Arturo y que no lo necesitaba para lo que debía hacer.
La joven no podía quitarse de la cabeza el riesgo que corría y las consecuencias que podrían derivarse de su fracaso.
No podía consentir de ninguna manera que Viviana se saliera con la suya; debía exponerla y apartarla del rey.
Minutos antes de la hora de la convocatoria, Ágata aguardaba en el Salón de Alabarderos antes de acceder al Salón de Columnas, donde tendría lugar la recepción y el baile previo a la cena en el nuevo Comedor de Gala.
Ese día sí que se hallaba en un acontecimiento aristocrático en toda regla; lo supo al ver de lejos los pomposos atuendos de los otros invitados.
El rey y sus consejeros lucían trajes de gala, con bandas y condecoraciones en el pecho.
Se fijó en la mujer del brazo de Alfonso XII.
Llevaba anteojos, un elegante conjunto celeste de encajes y trocados y la dignidad de la más regia señora.
Debía de ser María Cristina de Austria. Ágata tragó saliva y volvió la cabeza, temerosa de parecer indiscreta con su anfitriona.
Entonces divisó a la condesa de Costigliole, que esa noche había escogido un exuberante conjunto de drapeados y lazadas en verdes y rosados.
La italiana debió percibir su presencia, porque, pese a no dejar de beber champán y de hablar con un par de interlocutoras, desvió la mirada hacia donde estaba Ágata y esbozó una sonrisa triunfal.
Como si se considerara ganadora de la partida antes incluso de que se iniciara.
La joyera bajó la cabeza y se miró las manos enguatadas de encaje negro.
Se sintió pequeña y sola. Y un poco insegura, consciente de cómo muchos la veían: una pobre joyera huérfana a la que nadie reconocía ni reconocería jamás.
Entonces recordó que era hija de su padre y que sus enseñanzas la habían conducido al Palacio Real.
Esa bruja no la intimidaría. Ni ella ni nadie. Nunca más.
Ágata inspiró profundamente, volvió a dirigir la mirada a sus guantes y, sin dudar, se desprendió de ellos para que sus manos callosas y tiznadas de artista lucieran junto con las alianzas de sus padres y el anillo de Arturo. Alzó el mentón y accedió al salón bajo el escrutinio de Viviana Olivieri.
La joyera de Málaga se recreó en los bellos detalles del entorno.
La condesa había escogido lo celestial como temática para la decoración.
Las flores, los adornos, los manjares, incluso los atuendos del servicio aludían a los ángeles con una finura y una belleza que solo podían ser obra del buen gusto.
Ágata sabía que su admiración únicamente alimentaría el ego malsano de su enemiga, pero también le satisfizo que la condesa ignorara sus planes.
—Eres la viva imagen de la perdición.
Ágata se giró de golpe y se topó con la última persona que esperaba encontrarse.
Arturo se había afeitado y peinado pulcramente para la ocasión y lucía un esmoquin negro con pajarita blanca, aunque lucía sus tres cadenitas de tasador y el alfiler que ella le había obsequiado en la solapa.
Arturo le dedicó tal repaso que Ágata no pudo evitar sonrojarse.
—Cuidado, señor barón, cualquiera pensará que no le disgusta verme aquí. Su reacción cuando le anuncié que vendría presagiaba las peores represalias.
—Jamás me disgusta verte, querida. Espero que seas consciente de que eres de las pocas personas que se atreven a retar al barón de Valdecarros en esta ciudad.
—Eso tampoco te desagrada.
—Menos si te presentas así.
—Ya me viste con este vestido una vez —replicó ella restándole importancia.
Él se inclinó sobre su hombro y le susurró al oído:
—Dudo mucho que lo que me haces sentir ahora mismo sea mérito del vestido o de los accesorios, mujer.
Su voz aterciopelada le puso la piel de gallina, como el roce de sus mejillas. Temió que le diera un beso en la clavícula desnuda, como solía hacer siempre. En su lugar, alzó su mano derecha y pegó sus labios sobre la sortija de la perla.
—Aunque me complace que lleves mi propuesta de matrimonio tan a la vista.
—Ya que te has preocupado de anunciárselo a todo el mundo, era lo suyo.
—No está de más que se sepa que gozas de mi protección. —Volvió a besarle en la palma de la mano casi a modo de disculpa—. Que los diablos rondemos a un ángel puede desatar impresiones imprevisibles.
—Eso es una cosa y otra, afirmar públicamente que nos vamos a casar —le reprochó—. Te recuerdo que me dijiste que no me estabas proponiendo nada en firme.
—Lo dije —asintió serio. Enseguida dibujó una sonrisilla pícara—. Pero hasta un hombre como yo tiene derecho a soñar.
A Ágata sus palabras le parecieron mucho más profundas de lo que pretendía aparentar con su tono bromista.
—¿Puedo? —preguntó acercando la mano a la joya que llevaba colgada al cuello.
La joven dudó un instante, pero acabó asintiendo. El Barón Tasador extrajo su llavero de ganzúas de medición, aunque primero observó los detalles de la pieza con una mueca de satisfacción en los labios.
—La Resurrección de Cristo.
Ágata calló, pero Arturo no necesitaba corroboración.
La nueva joya consistía en un medallón del tamaño de la palma de Ágata.
En él se apreciaba una escena con relieves sin fondo: en el centro, un hombre con el torso y las piernas al descubierto sobre un pedestal; una tela roja le cubría las vergüenzas y se ondulaba con el viento.
Llevaba una cruz en una mano y con la otra bendecía a varios soldados romanos que se cubrían de la luz de su aparición.
A sus pies yacía un esqueleto. Todo el conjunto estaba rodeado por un círculo de oro y piedras preciosas, del que además colgaban perlas y otras gemas.
La canica de Juana Crooke presidía la cadena al cuello.
Arturo pegó la oreja al medallón y golpeó las partes del conjunto con sus distintos cilindros de evaluación, al tiempo que recitaba:
—Oro esmaltado… Rubíes… Cristal de roca. Interesante. Y…
Al llegar a la base del medallón dibujó una mueca extrañada que hizo sonreír a Ágata.
—¿Esmalte? —Intentó tantear de nuevo cambiando los cilindros—.
Parece una base de… ¿hierro en bruto? No reconozco esta técnica tan rugosa —dijo Arturo deslizando la yema del pulgar sobre el esqueleto—.
Creo que ni siquiera se la vi a Mayo, y eso que él era experto en esmaltes; dudaba que le quedase algo por demostrar.
—Le quedaba mucho por demostrar —le corrigió ella.
Arturo se lamentó de haber mencionado a su difunto amigo con tan poco tacto. Ágata se forzó en recuperar la sonrisa y le quitó la joya de las manos.
—Daré más detalles en el momento oportuno. ¿No tienes otros asuntos que atender? Suponía que estarías muy ocupado. Ni siquiera te excusaste por no acompañar a tu prometida.
Arturo le devolvió el gesto divertido. Tomó aire y asintió. Volvió a besar su mano y, sin decir nada más, se fue a hablar con unos y con otros. Entre ellos, don Alfonso. Se quedó embelesada mirándolo desde lejos. Notó que la tomaban del codo y exclamó sobresaltada:
—¡Cielos! Raimundo, qué susto me has dado.
—Lo siento, Ágata, estaba esperando a que terminases de hablar con el barón. Solo quería comprobar si viniste preparada.
—Tú dirás —le enseñó el colgante.
El Real Guardajoyas extrajo del chaleco su lupa de joyero y observó la magnífica pieza asintiendo. No obstante, al momento sacudió la cabeza preocupado.