Capítulo 33 #3
Arturo la envolvió con sus brazos y con su alma.
—Y tú, mi mujer preciosa y temeraria. —La separó lo justo para volver a observarla de cerca—.
Si no fuera por todo lo que tenemos que resolver aún, te rogaría que me dijeras también lo que sientes, y que acabases aquí y ahora con mi tormento.
Comprendo que no merezco todavía esas dos palabras tuyas.
Ella le sonrió con ternura.
—Estoy de acuerdo en que pueden esperar, hay otras cuestiones más apremiantes, mi perla gris.
—¿«Perla gris»? No son las dos palabras en las que pensaba.
—¿Alguna queja con mi valoración?
—Jamás, querida. Solo espero que puedas aguardar a que enmiende mis propios errores.
Ella lo evaluó seria y juiciosa.
—Primero cuéntame cómo ha podido amenazarte la condesa.
Él bajó la cabeza en un gesto de derrota.
—Eres el barón de Valdecarros —insistió Ágata—, amigo personal del rey, una persona que se mueve por todos los estamentos de la capital y del resto del país, con muchísimos más devotos y agradecidos que enemigos. No lo entiendo.
Arturo se mantuvo callado un poco más. Hasta que se decidió a confesárselo:
—Viviana Olivieri me está chantajeando, Ágata.
—¿Con qué?
—Con Ofelia.
La joven arrugó el ceño.
—Sabe del verdadero parentesco que nos une.
Ágata enseguida arqueó mucho las cejas.
—¿Recuerdas la historia de Ofelia? —dijo Arturo—, ¿la de la hija recién nacida que le aseguraron que había fallecido poco después de nacer?
No murió. Mi abuelo era el amante que jamás le reveló quién era, y cuando su esposa se enteró de que él le estaba ocultando un futuro hijo que ellos eran incapaces de concebir, le exigió a mi abuelo que pagara al médico que la asistió para quedarse con el bebé.
Esa criatura acabó convirtiéndose en la segunda baronesa de Valdecarros. Mi madre.
La joyera seguía sin poder reaccionar.
—No saques conclusiones anticipadas —le pidió él—, Ofelia no lo sabe.
Ágata sacudió la cabeza, sin entender nada.
—Yo me enteré de niño por unas cartas. Y aunque la busqué, me propuse que Ofelia jamás llegase a saber la verdad.
Mi abuelo le destrozó la vida dos veces, Ágata —insistió desesperado—.
Primero al repudiarla cuando se quedó encinta, y después al robarle a su hija haciéndole creer que la perdió.
Y todo para convertirla en una dama despreciable y caprichosa.
¿Quién demonios querría estar emparentado con los barones de Valdecarros?
Recuerdo bien la primera vez que vi a Ofelia en el lupanar.
Era idéntica a mi madre, maldita sea, solo que con los ojos más dulces y veinte años mayor.
Supongo que mi padre no se dio cuenta porque siempre iba ebrio y nunca la trató directamente.
Pero cuando la vi… Ágata, me pareció tan especial.
Era bella, por fuera y por dentro, ¿entiendes?
Con una intensidad y una autoridad admirables, con un instinto protector hacia sus muchachas que me conmovió.
Quería pasarme el día observando cómo les cocinaba o velaba por su salud.
A Ágata se le derritió el corazón imaginando la cara embelesada de Arturo al descubrir que tenía por abuela a una mujer increíble, independientemente de dónde la encontró.
—Estoy segura de que desde ese día la cuidaste en la distancia hasta que se dieron las condiciones para contratarla —dijo la joven convencida.
—Ni pasándome toda la vida cuidándola podré compensarle el dolor que le causó mi familia —suspiró abatido—. ¿Cómo se puede compensar la pérdida de una hija?
—Nunca podrás, pero, de contárselo, le darías un nieto inesperado y otro motivo por el que seguir creyendo en la vida.
—Ahora lo entiendo todo.
Ágata y Arturo se estremecieron al escucharla a su espalda. Nunca habían sido tan descuidados. Ofelia los miraba desde el quicio de la puerta. Sus ojos de ámbar contenían a duras penas las lágrimas.
—No… no puedo disculpar mi egoísmo —balbuceó Arturo con la mirada clavada en el suelo—.
Pues por egoísmo he ocultado más cosas de las que debía a la mujer que amo, y por egoísmo mantuve cerca a mi abuela aun sabiendo que nada le heriría más que descubrir nuestra conexión por otros…
Por eso escondí todos los retratos de familia en el desván… Lo siento, Ofelia. Lo siento mucho.
—No. Te. Atrevas —dijo cortante la aludida con los labios apretados, como si lo arrastrara desde el fondo del alma.
Arturo y Ágata se temieron la peor de las reacciones, hasta que ella desplegó una sonrisa llena de amor y corrió a abrazarlo.
—Ni se te ocurra llamarme otra cosa que no sea «abuela», mi niño.
¡Hemos perdido demasiado tiempo tratándonos como lo que no somos!
Dios mío, ¡tanto, tanto tiempo queriéndote sin saber!
Deja que te vea bien. Ay, siempre he pensado que me recordabas a mi hermano Fergus.
Él también era gigante, y muy, muy divertido.
Tras estamparle un sonoro beso en la mejilla que le hizo deshacerse en lágrimas de alivio, Arturo comenzó a reír. Ágata sonrió dichosa y se alejó dando pasos hacia atrás.
—Le diré al cochero que me lleve de vuelta al taller. Qué menos que dedicaros una velada.
—Ágata, no, por favor —repuso Arturo alzando la mano sin soltarse del abrazo de su abuela—. No hemos terminado de hablar.
—Sí que lo hemos hecho, Arturo —dijo intercambiando una mirada cómplice con Ofelia, que lo retuvo agarrándolo—. Al menos, sobre el motivo por el que me trajiste aquí, que era para convencerme de que no regresase al Palacio Real. Me temo que no puedo acceder a tu petición.
—Pero ¿no te das cuenta de lo peligrosa que es esa mujer, Ágata? —inquirió él—. ¿De lo lejos que está dispuesta a llegar?
—Cada uno debemos luchar nuestras propias batallas, niño —le dijo Ofelia.
Y él la miró contrariado, a ambas. Dos eran demasiados frentes.
—Si tengo la oportunidad de ver al rey y delatar a esa horrible condesa, lo haré —dijo Ágata—. Agradezco que me hayas contado la verdad, Arturo, pero… yo también debo hacer lo que creo más correcto.
—¿No puedes decirme qué vas a hacer con el anillo?
Esa noche, Viviana Olivieri acudió a los aposentos de Alfonso XII para hablar con él, por una vez ajena al desinterés del monarca.
La italiana no podía correr el riesgo de que la sortija siguiera en el joyero de los aposentos reales.
La joyera de Málaga podría aparecer en cualquier momento con su estúpida historia familiar, así que la condesa debía actuar deprisa y recuperarla, deshacerse de ella si era preciso, para que Ágata Guirado no pudiese presentar ninguna prueba que la perjudicara.
Siempre que fuera su palabra contra la de Viviana, tendría las de ganar.
—Te dije que estoy pensando qué hacer con él —replicó el rey mientras contemplaba Madrid asomado al balcón—. Mientras tanto, seguirá bajo la custodia de Raimundo.
Viviana puso los ojos en blanco. También empezaba a estar cansada de aquel joven redicho de Sevilla.
—Yo te lo regalé para desearte lo mejor en tu matrimonio, Alfonso; me duele que lo asocien a ninguna calamidad.
—No te preocupes, querida. Yo siempre lo veré como algo especial —dijo el rey—. Perteneció a Mercedes.
—¡¿Por qué no puedes devolvérmelo y punto?! —estalló furiosa.
—Viviana… Si no fuera porque te conozco lo suficiente para saber que la naturaleza impulsiva de tu carácter viene más del capricho que de la maldad de corazón, empezaría a pensar que te alegras de todo lo que ha pasado en torno a ese anillo.
El rey estaba acostumbrado a los arrebatos de su amante, pero su semblante contrariado desveló que no esperaba tanta violencia en su tono.
—Ese anillo fue un regalo que te hice a ti, no a las mujeres que te rodean.
Alfonso XII iba a replicar con dureza, pero María Cristina entró en la estancia alertada por los gritos.
—¿De qué anillo estáis hablando?
Tanto el rey como Viviana se tensaron. Aunque ninguno de los tres ignoraba sus respectivas relaciones, no dejaba de ser violento encontrarse allí. Incluso vestidos. Sin embargo, lejos de mostrarse cohibida, la prometida del rey alzó la barbilla y la amante la fulminó con la mirada.
Viviana Olivieri observaba a María Cristina de Austria desde hacía días, pero solo entonces comprendió que la archiduquesa debía ser su siguiente objetivo.