La hija del joyero Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—E-espera, ¡espera, Ágata!, por favor. Antes de odiarme con todas tus fuerzas, escúchame primero, te lo suplico.

—Juntó las manos de ella y se las llevó a los labios, luego respiró profundamente.

Ver que volvía a llevar la perla gris lo serenó—.

Lo estás interpretando todo al revés. Mayo era quien estaba aliado desde el principio con la condesa de Costigliole.

¿Por dónde empiezo? No puedo negar que estoy interesado en ti desde antes de lo que crees.

—Explícate. Ahora.

Él tragó saliva y las lágrimas se agolparon en sus ojos, provocando el mismo efecto en ella.

—Lo siento, Ágata, pero soy incapaz de seguir engañándonos a ninguno de los dos. Lo cierto es que… te amo con toda mi alma. Puede que desde que supe que existías, y de eso hace mucho.

Ágata pasó de sentir que se le descompensaban los latidos del corazón al escuchar sus palabras a sentir que se le paraba al ver cómo caían un par de lágrimas de los ojos de Arturo, tan pesadas que ni rodaron por sus mejillas.

Le parecieron perlas grises, como su confesión llena de matices. Tanteó la sortija de pedida con el alma compungida.

—Te admiraba, fervorosamente —prosiguió él con la voz ronca—.

Mucho antes de verte y confirmar los rumores de que la hija del joyero era tan bella como virtuosa, y osada.

—La miró con la sonrisa franca y los ojos bien abiertos—.

Eres un diamante, ¡demonios, Ágata! ¿De verdad no eres consciente de cómo te mira cada hombre que se topa contigo por primera vez?

—exclamó indignado—. Cuanto más te trataba, menos entendía por qué una mujer como tú, hábil e independiente, había dejado el taller familiar de su ciudad natal para trabajar para otros en esta ciudad que no siempre valora los tesoros que alberga y atrae.

Por eso me interesé tanto por tus motivos, y conforme ibas revelándome la verdadera y aterradora causa, más me sorprendía.

Cuando Mayo apareció, no supe cómo comportarme.

Ya estaba perdidamente enamorado de ti, pero, al veros juntos, pensé que me habías rechazado porque seguías sintiendo algo por él, y yo solo quise respetarlo.

Ágata notó cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. En el fondo nunca se había preocupado de veras por entender a su particular barón ni había apreciado sus esfuerzos por complacerla. De hecho, nunca consideró cuánto había llegado a herirle.

—Te juro por lo que quieras, Ágata, que yo no tenía ni idea de que Mayo, tú y la condesa de Costigliole pudierais estar conectados por el anillo. Ni siquiera cuando supe que el anillo de tu padre era la razón de que estuvieses en Madrid, o para relacionarte conmigo.

La culpabilidad se apoderó del rostro de Ágata, pero él le sonrió.

—Sí, por supuesto que sabía que tenías trato conmigo para obtener información, y lo comprendía.

En realidad, me parecía la única explicación de que una mujer como tú me aguantase.

Sin embargo, lo entendí todo cuando me preguntaste directamente por la joya.

Cuando Mayo apareció, quise contribuir a que restaurarais vuestra relación para compensar mis errores.

Yo le presenté a la condesa de Costigliole, que al final solo le utilizaría y alimentaría su ambición de forma corrosiva.

Ágata estaba en shock.

—Cuando supe el rol que jugó Mayo en tu desgracia —volvió a hablar Arturo—, mi furia y mi trato hacia él se hicieron incoherentes e inestables. Pero porque detestaba la idea de que pudieras amar a alguien sin saber la verdad.

—¡¿Y por eso le mataste?!

Arturo se quedó atónito ante la acusación de Ágata. La joven vio en sus ojos un desconcierto arrollador, pero no culpa.

—¿Cómo puedes pensar eso? —preguntó él profundamente dolido.

—T-tenías la cara magullada la noche en que murió —se justificó titubeante—. Aunque también es cierto que no es la única vez que te he visto así… —Ágata negó con la cabeza y decidió mantenerse firme—: No quisiste ayudarme a averiguar qué le pasó cuando te lo pedí, Arturo.

—¡Eso es por…! —Cerró la boca y acabó por resoplar rendido—.

Eso es porque tenía, tengo, una sospecha de lo que le ocurrió a Mayo.

Y tienes razón en que fue él quien me abrió el pómulo.

Yo estaba con él en la cantina a la que acudió la noche en que murió.

Pero no es lo que piensas. Llevaba tiempo tratando de averiguar algo sobre tu padre o el anillo, tú misma me viste en la taberna a la que te llevó el sábado aquel bregando con gente conflictiva.

Tampoco conseguí descubrir nada ese fin de semana, así que estaba paranoico y terriblemente frustrado, y para colmo os encontré en la cocina de la mano el lunes por la mañana…

Me hirvió la sangre, Ágata, lo siento de corazón.

Me maldije el resto del día por provocar que tú y yo discutiéramos, reconozco que no me calmé.

Al día siguiente, más tarde, seguí a Mayo desde el Palacio Real y lo descubrí ahogando las penas en alcohol, como si fuera él la víctima…

Le terminé gritando que era patético, un rastrero y un verdadero traidor por las desgracias que había provocado, a lo que él respondió desahogándose conmigo a base de puñetazos, porque aseguró que yo no sabía lo que era «jugar con el fuego de una deuda del alma».

—Sacudió la cabeza—. Ahora entiendo lo que trataba de decirme.

—Volvió a mirarla—. ¡Pero yo jamás le toqué, Ágata!

Me fui después de que él se ensañara conmigo.

¡Tienes que creerme! Mayo seguro que sabía todo lo que pasó a tus espaldas en relación con el anillo, y si se planteó contártelo fue demasiado tarde: pienso que nuestra pelea lo cabreó y lo condujo a seguir bebiendo hasta provocar otra reyerta que resultó en su muerte. Y yo…

A Ágata le resultaba una versión de los hechos demasiado fácil y oportuna. Sentía que la desconfianza iba creciendo en ella, justo cuando Arturo le apretó las manos para volver a llevárselas a los labios.

—Yo jamás podría traicionarte, Ágata. Por eso te he traído hasta aquí, para abrirte mi corazón con todas sus consecuencias.

Ella lo miró y, para horror de Arturo, se liberó de su agarre muy despacio.

—Si me has traicionado o no, solo puedo determinarlo yo. Porque sigo sin saber qué te traes con la condesa de Costigliole.

El barón cerró los ojos.

—Es lo único que no me has explicado todavía, Arturo, y es lo más importante.

El barón volvió a mirarla y asintió reticente.

—Déjame adivinar —arremetió ella—: la condesa se dio cuenta de que estuviste presionando a Velasco y de que no tardarías en llegar hasta ella, así que se te adelantó —dedujo mientras él apretaba la mandíbula—.

Dime, ¿qué se supone que pretendías hacer?

¿Casarte conmigo para seguir distrayéndome, protegerme de ella y limpiar tu conciencia?

—El silencio de él la llevó a alzar más las cejas—. ¿Ese era tu plan, en serio, Arturo?

Él ni confirmó ni desmintió, lo que la puso enferma.

—Por eso viniste tan abatido a ofrecerme el cheque en blanco aquella vez, ¿cierto? Fue por entonces.

Ahí él sí negó, intentando atraparla de nuevo, ella resistiéndose.

—Sí, a raíz de ahí procuraste mantenerte alejado de mí, porque intentabas lidiar con todo. Y yo vine a esta casa como una estúpida enamorada a arrojarme a tus brazos, pensando que lo que había nacido entre nosotros era más fuerte que cualquier otra circunstancia.

—Ágata, no, ¡no! —Tomó sus mejillas. Pegó sus frentes—. Fue después de tu visita formal al Palacio Real, después.

Ella arrugó el gesto, más lágrimas. Él inspiró profundamente.

—Puede que me equivocara al callarme que sospechaba de la condesa, pero tú te guardaste tus propios recelos, y las acusaciones eran graves, por eso la hice salir con la excusa del piano, para que ambas os vierais y valorar vuestras reacciones.

Se apartó un poco para evaluarla ahora, igual que hizo Ágata con él. Aquella escena sí que fue una trampa. Arturo se mostró arrepentido.

—Lo siento también por eso. Me hubiese gustado poder encararla sin que te siguiera haciendo daño.

Pero es astuta y retorcida, ni siquiera he podido sacarle todavía cómo se hizo con el anillo de tu padre, ni confirmar tu teoría más atroz.

Pero ya… ya nada me sorprende de esa mujer.

Viviana Olivieri es el mismo diablo, Ágata.

Ella rio cáustica y se liberó.

—Qué me vas a contar.

—Ágata…

La joyera alzó una mano, tanto para que se callase como para que no volviera a tocarla. Arturo movió los dedos, como si necesitara desesperadamente que ella le permitiese hacer o decir algo más, pero antes de que despegara los labios, ella le preguntó:

—¿De verdad me amas?

Siguió un silencio indescifrable.

—Arturo, yo… me siento herida y decepcionada, sobre todo decepcionada, porque me has ocultado cosas importantes.

También sabías de primera mano lo que pudo ocurrirle a Velasco y me negaste tu ayuda para averiguarlo cuando te la pedí.

—Se le volvió a quebrar la voz—. Si te importo de veras, dime por qué te has comportado así.

Arturo la tomó de las manos, luego del rostro, y de las manos otra vez, para besárselas. Sobre todo, el dedo donde descansaba su anillo.

—Nada justifica mi comportamiento y lo mucho que te he herido, pero, Ágata, Ágata —suspiró su nombre, juntó sus mejillas—, me importas más que nada en el mundo. Que me fulmine el cielo ahora mismo si no te has convertido en lo más importante para mí, aunque no sea digno de amarte.

Ágata miró en sus ojos y lo vio con claridad.

Fuera ruin o no, el peor hombre del mundo o un simple torpe, la amaba.

La joven hizo lo único que le salió hacer: rodeó su cuello para abrazarlo.

Pese a su diferencia de estatura, consiguió inclinarlo hacia ella.

Desconcertado por el gesto, sin atreverse siquiera a respirar, Arturo titubeó varias veces, con las manos alzadas, como si pudiese herirla de tocar su espalda.

—No. Solo eres un hombre apuesto y orgulloso —le dijo ella al oído en un susurro ahogado.