Capítulo 33
Viviana Olivieri fulminaba con sus ojos verdes a María Cristina de Habsburgo-Lorena y la austriaca aguantaba el desplante con mucha dignidad.
Ambas se encontraban en el Salón de Gasparini con Alfonso XII, el gentilhombre Guillermo Morphy y el duque de Sesto.
Raimundo Ulloa también se hallaba sentado a esa mesa en calidad de Guardajoyas y Mayordomo Real.
Discutían sobre la organización de la cena de inauguración del nuevo comedor.
El acto sería el día del Pilar en homenaje a la infanta fallecida, lo cual no dejaba duda a la futura esposa de que había llegado en un momento delicado.
María Cristina era una mujer particular, de figura estilizada y gesto sereno, que demostró la clase que tenía al dejar a Alfonso XII con un discreto y elegante palmo de narices tras burlarse en público de ella el día de su llegada.
Tanto fue así, que el rey se sintió un miserable.
Una cosa era no amarla, ella tampoco lo hacía, y otra muy distinta era despreciarla o humillarla.
Si esa mujer se convertía en la próxima reina, podría y debía acabar siendo la madre de sus hijos.
María Cristina no tenía que gustarle al rey, sino a España.
Cánovas y el resto de los ministros la aprobaban, incluso Isabel II se pronunció a favor de su candidata a nuera.
El barón de Valdecarros hizo saber de su talento al piano porque en Europa se decía que era una consumada música.
El suyo era un gusto sobrio que se manifestaba en la sencillez de su vestimenta y la delicadeza de sus anteojos redondos, que no era en absoluto incompatible con lucir alguna joya de exquisito diseño.
La archiduquesa era una gran admiradora del arte de la orfebrería.
Interés que había servido para acercarla al rey, pues ambos sentían fascinación por las piezas curiosas.
Con quien pronto hizo buenas migas María Cristina fue con Raimundo, quien no tardó en ganarse su estima y en compartir con ella algunas inquietudes respecto a la condesa de Costigliole.
Desde entonces, y como sucedía en ese momento en el Salón de Gasparini, se vigilaban mutuamente, igual que ella era observada por otra mujer relevante.
La archiduquesa austriaca podía engañar a cualquiera con su silencio y su presencia insulsa, pero no a Viviana.
Había procurado lucirse delante de María Cristina por fastidiarla y por complacer a Alfonso, que deseaba mantener la distancia.
Sin embargo, la italiana, que también se fingía estúpida delante de los hombres, reconocía al instante a quien hacía lo mismo.
La niñata risueña de Sevilla logró robarle el corazón a Alfonso, pero esa austriaca era capaz de quitarle la corona de España sin que el monarca se diera cuenta.
Viviana veía en los ojos negros de María Cristina a una reina en potencia de verdad. Y eso sí que no podía permitirlo.
—¿Sabes ya qué vas a hacer con el anillo de Mercedes, querido Alfonso? —le susurró Viviana al rey mientras los demás conversaban sobre el evento.
—Todavía no lo he decidido —respondió él al momento, volviendo su atención a lo que les decían Morphy y el duque de Sesto a los responsables del servicio.
Raimundo intercambió una mirada con la archiduquesa, que se había percatado de lo que la condesa le había preguntado al rey.
—Majestad —dijo el Guardajoyas requiriendo la atención de Alfonso XII—. Alabo sus esfuerzos por organizar un evento festivo. La infanta Pilar no querría verle mohíno. Recuerdo que en sus últimos días no dejó de hablar de lo feliz que le hacían a usted las sorpresas.
Raimundo midió sus palabras porque la difunta infanta había compartido con él detalles muy concretos de lo sucedido el día de su indisposición. Alfonso picó el anzuelo y recordó nostálgico la última conversación que había compartido con su hermana en una reunión social.
—Ella solo apoyó las reflexiones de la señorita Guirado, ¿recuerda, Pepe?
Sonrió tan afectado que Raimundo se sintió un poco culpable por manipularlo para que mencionara a Ágata. La alusión tuvo el efecto deseado en la condesa de Costigliole y el duque de Sesto: ambos resoplaron, la una con algo más de incomodidad que el otro.
—Ah, esa era la ragazza de los navíos de pedrería, ¿no?
—No es más que la hija de un joyero de Málaga que falleció y que ha acabado instalada con los Mellerio en Madrid, condesa. Una engreída que no sabe dónde está su lugar, majestad, eso es lo que es.
—Tal vez se convierta en la próxima baronesa de Valdecarros —repuso el rey, sorprendiendo a más de uno.
Raimundo y Viviana se atragantaron a la vez con el té por motivos muy distintos.
—Si no me equivoco, Arturo ha pedido su mano, ¡menudo es! —remató el monarca con una sonrisa.
—¡Lo que yo decía! ¡Qué despropósito! —exclamó el duque—. El barón impúdico con la joyera excéntrica. ¡Dios los cría y ellos se juntan!
—Siento curiosidad por la señorita Guirado, Alfonso —dijo María Cristina.
La archiduquesa disimuló con éxito que estaba compinchada con Raimundo y los demás la miraron desconcertados. Morphy rio por lo bajo ante el inesperado arrojo de la joven austriaca.
—El señorito Raimundo la conoce igualmente muy bien, ¿no es así? —intervino Morphy guiñándole un ojo al Guardajoyas.
El joven sevillano se sonrojó porque había acordado con María Cristina proceder con discreción para incitar al rey a que llamara a la joyera motu proprio . Antes de que se le ocurriera cómo responder, una voz grave irrumpió en la estancia:
—Nadie la conoce mejor que su prometido.
Arturo apareció en el momento justo, con un elegante atuendo borgoña adecuado para presentarse ante Alfonso XII. Viviana le dedicó un gesto amenazante para recordarle lo que esperaba de él. El Barón Tasador se giró cortés hacia María Cristina:
—Vine a ofrecer mi ayuda y descubro que podría complacer a la futura reina presentándole a la mujer que ha conquistado mi corazón.
—Se llevó artificiosamente una mano al pecho—.
Me temo que mi adorada Ágata anda muy ocupada con una nueva joya, una especie de…
reto personal. De ser invitada, dudo que pudiese acudir a la cena.
Raimundo arrugó el ceño, sin entender qué se proponía Arturo. Estaba seguro de que la malagueña lo habría asesinado por inmiscuirse.
—Pero no se preocupe, alteza, se la presentaré con mucho gusto en otro momento. Podría ser una excusa perfecta para enseñarle el barrio joyero de Madrid.
—Por una vez, secundo la iniciativa del señor barón —asintió el duque de Sesto—. Las extravagancias, mejor fuera de palacio.
—¡Cielos, Arturo! —se rio el rey—. He ahí una muestra más del tacto mágico que te caracteriza. ¡Eres capaz de contentar a todos, incluyendo al bueno de Pepe!
—No sé qué nos sorprende viniendo de un barón de Valdecarros —murmuró con rabia Raimundo.
Arturo buscó la mirada al sevillano, pero se percató de que la archiduquesa estaba contrariada por su mediación y de que el Guardajoyas no se molestaba en ocultar su desconfianza hacia él.
No obstante, el barón tomó asiento entre los organizadores de la cena con una sonrisa y comprobó que Viviana se mostraba satisfecha. Había alcanzado su límite.
Esa misma tarde, Ágata estaba despachando algunos asuntos con François Mellerio en su despacho cuando Arturo irrumpió en la estancia con los andares de un gigante destructivo y la mirada de un dios desafiante.
—Disculpe, monsieur , pero necesito que me preste a su mejor joyera —dijo mientras la tomaba de la mano para arrastrarla antes de que ella pudiese negarse.
—Cómo no, don Arturo —asintió François—, ¿por cuánto tiempo?
—Para siempre, si logro convencerla.
Al jefe no le dio tiempo a protestar ni a la empleada a gritar. Cuando Ágata logró despegar los labios, ya estaba dentro del coche de caballos del barón avanzando a buen trote.
—¡¿Se puede saber a qué viene todo esto, Arturo?! —exclamó ella al fin.
—En casa, Ágata —replicó sin mirarla.
—Ten… ¡tengo que trabajar! —se quejó la joyera—. En el taller Mellerio y en mis proyectos. No sé qué demonios te pasa últimamente, o por qué te comportas de este modo tan desquiciado, pero ¡qué menos que me digas ahora mismo a qué viene esto!
—En casa, Ágata —volvió a insistir, esta vez mirándola a los ojos.
Ella lo aceptó no solo por el brillo de sus ojos, sino por el énfasis que puso en que un tema tan importante debía abordarse en un lugar seguro. Y por cómo se refirió a ese lugar. «En casa». No solo la de él, también la suya.
Cuando por fin entraron en el salón de Villa San Andrés, Arturo se giró hacia ella.
—No debes volver a pisar el Palacio Real, Ágata.
La joyera parpadeó despacio y frunció el ceño aún más lentamente.
—Voy a regresar como sea, Arturo —respondió decidida.
—No si puedo impedirlo —replicó él igual de contundente—. Allí corres peligro. La próxima vez que te vea, la condesa de Costigliole podría jugártela con una mezquindad que no eres capaz de imaginar.
—¿Có… cómo lo sabes?
—Porque es lo que me dijo que haría si yo no te mantenía alejada.
Al escuchar esas palabras, Ágata estalló:
—¡¡Desgraciado!! —Se lanzó a golpearle en el pecho—.
Me has estado mintiendo, canalla, ¡más que canalla!
, ¡rastrero! —siguió gritándole al tiempo que se le quebraba la voz.
Él estaba sufriendo más por esa realidad que por los golpes—.
¡¿Desde cuándo estás compinchado con ella?
! ¡¿Por eso me has tenido vigilada desde que llegué de Málaga? !
La expresión herida de Arturo cambió tras esa acusación.
—¡¿Por eso tantas atenciones?! ¡Velasco tenía razón!, incluso Raimundo, ¡siempre has estado manipulándome!
—¡¿Qué?! No, ¡no!, aguarda un momento, Ágata, ¡aguarda! —La agarró por ambas muñecas—. Mayo era el que estaba aliado con la condesa.
—¡¿Y tú no?! ¡Acabas de confesármelo!