La hija del joyero Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—No, Ágata —dijo dando un respingo—, no me refería a lo que pasó entre tú y yo. Hablaba de cómo el barón me decepcionó a mí. Cuando lo conocí yo era muy niño e iluso, y él, un joven militar admirable. Yo lo respetaba, mucho.

—Cuesta creerlo —murmuró ella con el ceño fruncido.

—El barón, de entrada, siempre ha resultado muy cercano. De hecho, su comportamiento de ayer por la mañana fue lo que me hizo recordar la época en que nos conocimos.

—¿Ayer? ¿A qué te refieres? —preguntó Ágata, anhelando hallar un motivo para su conducta posterior.

—Pues resulta que doña María Cristina toca el piano estupendamente.

A saber por qué o cómo, el barón era el único que lo sabía, así que le rogó que lo acompañara para demostrárnoslo.

Le costó convencerla, y aún más desestimar los comentarios escépticos que circularon por la sala, pero nos sorprendieron a todos.

La archiduquesa tiene aspectos ocultos tras esa seriedad.

—Raimundo hizo una pausa y bajó la cabeza antes de seguir hablando—: Cuando yo era niño, Arturo Bosco de Montesinos hizo algo parecido.

Algunos jóvenes nobles se estaban burlando de mi relación con los Montpensier y de mi constitución débil, pero él se puso a decir que yo le había dado un golpe muy fuerte por reírse de mí.

Quienes me habían humillado hasta entonces comenzaron a mofarse de él, pero al barón de Valdecarros no le importó.

Nunca le preocupaban las consecuencias que recaían sobre su persona si podía ayudar a quien lo necesitaba.

No entiendo qué le pasó después, Ágata, ni por qué ha cambiado tanto.

Ella pensó que en realidad siempre había sido así, y que no había cambiado para nada. Tal vez era una persona metal, de esas que vivían siempre para los demás. De repente se dio cuenta de que era posible que hubiera llegado tan enfadado por el trato injusto que le profesaban a la archiduquesa.

—Espero que no te molestara lo que le conté sobre ti.

—¿A quién? —replicó confusa Ágata.

—Pues… al barón, ¿a quién si no?

—¿Le hablaste a Arturo de mí? ¿Te refieres a cuando tú y yo nos acabábamos de conocer?

—El barón de Valdecarros debió de oír de ti mucho antes —le contó, extrañado de que no lo hubiera interiorizado a esas alturas—.

Sin duda, cuando se extendió el rumor de que impresionaste a la marquesa de Loring.

Yo —se ruborizó—, yo mismo fui a Málaga por la curiosidad de conocerte, incluso más que a tu padre.

Y correspondiste a mis expectativas, aunque reconozco que mi resentimiento pudo contaminar un poco mis impresiones a la hora de trasladárselas al barón cuando me preguntó.

Coincidimos algunos meses después en Sevilla.

¿Él no te lo mencionó? ¿Lo que Guillermo Morphy y yo le contamos sobre ti?

Recuerdo que se mostró muy intrigado por saber cómo eras, incluso físicamente, lo cual me irritó mucho.

Ágata se dio media vuelta para ocultar su estupor.

—Él en cambio ni siquiera me avisó de que eras el nuevo Guardajoyas. Y lo que sabía o no de mí también se lo ha callado.

Ante el silencio de su amigo, ella se giró decidida.

—Tengo que buscar la manera de reunirme de nuevo con el rey, Raimundo, y de convencerle de que se aleje de esa mujer.

—¿Cómo?

—Para cuando logre captar su atención, tendré preparados los argumentos —afirmó serena—. Tú ayúdame a conseguir la oportunidad.

Raimundo asintió, en tanto él era el primero que necesitaba esclarecer aquel desagradable asunto. Ágata lo acompañó hasta la calle y lo vio marchar con la conciencia un poco más tranquila.

Justo entonces salió Ofelia del edificio número cuatro de la Carrera de San Jerónimo. Ágata agachó la mirada. Sabía que nada de lo que ocurrió fue culpa de Ofelia ni mucho menos, pero la violentaba el recuerdo de lo sucedido.

Puesto que notó que el ama de llaves se detenía justo delante de ella, no tardó en levantar la vista, y se encontró que la mujer le tendía la palma de su mano con la sortija de Arturo. Ofelia se la estaba devolviendo en su nombre.

—Lo siente profundamente, señorita Guirado.

—¿Y por qué no viene él mismo a decírmelo? —susurró dolida, tomando el anillo para devolverlo a su sitio, en su anular.

—Hoy debía regresar sí o sí al palacio. Pero debería haberlo visto esta mañana, totalmente desquiciado, debatiéndose sobre si debía venir a buscarla.

—No sé qué demonios le pasa —confesó Ágata—. Lleva semanas intratable. En realidad, meses; desde que murió Velasco.

—Sí —suspiró el ama de llaves—, todo esto es insólito, muy insólito en él. Usted debe tenerle paciencia. Ya le dije que lidiaba con muchas cargas.

—Yo también, Ofelia.

Ágata la miró titubeante, pero decidió contárselo todo. La reacción no se demoró.

—Menudo percal… —meditó la mujer con la mirada fija en el horizonte. La joven joyera sabía que, al igual que Arturo, Ofelia había renunciado a fumar delante de ella, pero tuvo claro que habría deseado desesperadamente tener uno de sus puros a mano.

—Desde luego —asintió Ágata—, pero ni siquiera con todo lo que ha pasado creo en maldiciones.

—No, querida, me refería a lo del anillo y a esa mujer maléfica. No me extraña que el baroncito no la ayude más, señorita Guirado. Aquí pasa algo más, algo de lo que no somos conscientes.

—Lo mismo da lo que pensemos nosotras, Ofelia, ya ve que él ha puesto punto y final al asunto.

—Estará ocupándose del asunto por su cuenta, querida, como acostumbra a hacer.

Ágata asintió. Quería creer a Ofelia, pero de lo único que estaban seguras las dos era de que Arturo ocultaba algo. Ya no estaba tan convencida de que sus sentimientos por él estuvieran por encima de sus acciones.

—Creí… creí que Arturo se había convertido en mi amanecer, porque siempre aparecía para iluminarme el día, por muy turbio u oscuro que se pudiese presentar.

—¿Ya no lo cree?

—Soy una mujer enamorada, no estúpida.

—Lo sé. Lo sabe usted y él también. Al igual que sabemos que lleva ese anillo con más orgullo del que él se está mereciendo últimamente.

Ágata contempló la perla gris. Arturo creía que el anillo de pedida, en tanto que representaba la baronía de Valdecarros, estaba maldito, como llegó a pensar su padre Aurelio del anillo que fabricó para su madre.

Ambas joyas cargaban con una supuesta maldición en torno al amor, pero eran opuestas: el ópalo estaba maldito por un amor honesto truncado, y la perla, por forzar el amor donde no lo había.

—Estoy convencida de que no para de actuar a nuestras espaldas —dijo Ofelia, sacándola de sus pensamientos.

—Yo también necesito actuar.

—Pues hágalo.

—Me ha prohibido usar nada suyo.

—No. Lo que dijo es que quería que se le informara. Y lo haremos, en parte. Cuente conmigo para lo que necesite, como ocultarle algún que otro detalle. Que usted lo puso muy bien en su sitio al decirle que no era el único con derecho a hacer lo que quisiera.

Ágata meditó otra vez. Largo rato. Acabó por girarse hacia ella, enigmática.

—¿Sabe, Ofelia?, tal vez sí que pueda ayudarme con otra cuestión.