Capítulo 32 #2
—¡¿Eso que veo son ojeras?! —preguntó Ofelia, que había entrado en el salón como un torbellino—. ¿Cuántas horas seguidas lleva trabajando?
—Justo se lo estaba diciendo ahora mismo, Ofelia —apoyó el contable—. A mí también me preocupa que se exceda.
—En nada acabo, perdonen.
—¡Por favor, niña, nada de «perdonen» ni de trabajar más! Ahora mismo le voy a preparar algo de comer, que ya veo que sería capaz de irse a dormir con el estómago vacío.
—El resultado bien merece su esfuerzo —dijo Lázaro señalando los moldes que la joyera había empezado a tallar.
—¡Qué disparate! —bramó Ofelia—. Nada es tan importante como la salud.
—Espero que me venda esta maravilla también, señorita Guirado —le susurró Lázaro, lo que le valió una colleja del ama de llaves.
Estaban riendo a carcajadas cuando irrumpió Arturo en la estancia.
—¿Se puede saber qué es todo esto? —preguntó con la vista clavada en los bocetos que había sobre la mesa.
Los tres enmudecieron en respuesta al tono inquisitivo y a la expresión desconcertada del barón.
—¿Estás fabricando otra joya para el rey? —preguntó Arturo tomando uno de los diseños de Ágata.
—Te… te dije que necesitaba verle otra vez.
—Y yo te dije que no era el momento, Ágata —sentenció con furia en la mirada.
—¿Y cuándo lo será? —repuso la joven sin amilanarse.
—Cuando yo te lo diga, ¡maldita sea!
Arturo tiró el papel de malas maneras. Ágata estalló rotunda:
—Serás el amo y señor de Madrid, pero no el mío.
Se desafiaron en silencio con la mirada. Ofelia y Lázaro parecían tan poco acostumbrados a que Arturo reaccionase de ese modo como ella.
—Barón, disculpe —se atrevió a hablar el contable—. Creo que la señorita Guirado…
—Tú te callas, Lázaro —dijo Arturo girándose amenazante hacia él—. Una cosa es que gestiones mi cuenta bancaria y otra que lo hagas sin consultarme.
La juventud del contable se hizo patente en su reacción indefensa.
—Niño, ¿a qué demonios viene ese tono? —intervino Ofelia indignada.
—Usted tampoco me replique, Ofelia, debió decirme lo que estaba tramando. ¿Desde cuándo me lo oculta?
—No lo pagues con ellos —dijo Ágata, que no daba crédito a lo que sucedía ante sus ojos.
—Lo. Pagaré. Con. Quien. Quiera. Mujer.
La mirada de Arturo fue tan implacable que, por primera vez, Ágata se encogió atemorizada, y empezó a temblar.
Esa imagen fue la que hizo reaccionar a Arturo, que al fin se dio cuenta de lo desagradable que estaba siendo. Ágata apretó los labios y contuvo las lágrimas.
—Así que tú sí puedes hacer lo que te venga en gana sin dar explicaciones, o intimidándonos, pero los demás no.
—Exacto —replicó él, aunque en un tono muy distinto, entre cansado y sobrepasado—.
Porque, insisto, todo lo que te dé —dijo muy serio y le señaló la sortija— debe ser bajo mi control.
Desconoces si me puedes estar perjudicando haciendo lo que se te antoja a mis espaldas, Ágata.
Lo prudente que fuiste para pedirme ayuda la primera vez, ¿y ahora me tomas de la mano dispuesta a arrancarme el brazo?
Lázaro y Ofelia alzaron las cejas, perplejos. Ágata lo miró furiosa y se levantó de golpe, al tiempo que se quitaba el anillo con rabia.
—Con gusto me arrancaré el mío —espetó furiosa, y le tiró la sortija al pecho—. Porque seguiré trabajando con tu ayuda o sin ella, como he hecho siempre. Y, que conste, fuiste tú el que se empeñó en que me sirviera de este espacio y de tus malditos recursos.
Ágata rebasó a Arturo y salió del salón.
El barón permaneció quieto, con el anillo de la perla gris bien aferrado en el puño contra el corazón y la mirada ausente.
Ofelia se demoró un poco en salir de su estupor, pero trató de perseguir a la joven, en balde.
Lázaro le dedicó a su superior una mirada despectiva de lo profundamente decepcionado que estaba, y terminó por retirarse escaleras arriba para alejarse de él.
Arturo se quedó completamente solo.
Tras aquella discusión, Ágata se levantó completamente desmoralizada el domingo.
Ni siquiera se sentía con fuerzas para trabajar en su nueva joya.
Era incapaz de reaccionar a pesar de que sabía que el tiempo no corría a su favor.
Se comentaba por Madrid que Alfonso XII estaba tan contento con el Comedor de Gala, aunque no estuviera acabado del todo, que pretendía ofrecer una gran cena de inauguración en unas semanas.
Ágata era consciente de que debía propiciar que la invitaran.
Había avanzado con la pieza principal de su propuesta y con los engarzados, pero le faltaba mucho.
Necesitaba practicar un poco más con los materiales y con algunos químicos para lograr el efecto que deseaba darle, aunque todavía no hubiera concretado en su fuero interno cómo lo quería.
Tenía la idea y los medios, pero le faltaba el entusiasmo.
—Dijiste que no me harías daño —dijo en voz alta, recordando la promesa de Arturo—. Deliberadamente, claro.
La joven no tenía ninguna duda de que el barón de Valdecarros lo matizó porque sabía que acabaría lastimándola. Al mismo tiempo tanteó su dedo anular extrañando la sensación de llevar el anillo de la perla gris.
—¡Señorita Guirado!
Ágata alzó la cabeza y descubrió a Raimundo Ulloa en el umbral de la biblioteca.
—Vaya, ¿qué hace aquí el Real Guardajoyas en el día del Señor? —lo saludó con una sonrisa forzada.
—Dijo que podía tener sospechas de dónde procedía el anillo maldito de Mercedes, ¿verdad?
Ágata parpadeó intrigada y asintió.
—¿Eso quiere decir que conocía de antes a la condesa de Costigliole? —preguntó Raimundo sin tratar de ocultar su creciente desconcierto.
La joyera se tensó un momento. Raimundo debía de haber recabado información del propio Alfonso XII, y ella no pensaba dejar pasar la oportunidad de contarle lo que sabía.
Omitió lo más escabroso, pero no la reacción de esa horrible mujer al volver a verla durante la merienda del Salón de Columnas.
Raimundo se pasó las manos por el cabello dorado.
—Dios mío… ¿En serio cree que la condesa le robó el anillo a don Aurelio?
—Usted me confirmó las características del anillo. Es el de mi padre.
—Está claro que es el mismo, pero eso no significa que la aristócrata se lo llevara por la fuerza.
—Nos negamos a vendérselo y ese mismo día encontré la casa revuelta y a mi padre agonizando, Raimundo.
—Pero pudo caerse a causa de la agitación —repuso poco convencido—. No sé, señorita Guirado, acusar de robo y de asesinato es algo muy grave.
—Y entonces ¿qué hace aquí, Raimundo? Porque si la condesa no le preocupara, no se habría presentado, ¿no?
—No, no se equivoca.
A continuación, el Real Guardajoyas le contó que hacía unos días había llegado a palacio la nueva prometida del rey, la archiduquesa María Cristina de Habsburgo.
—Me avergüenza reconocer que no fue recibida como correspondía. Estábamos todos muy afectados todavía por la muerte de Pilar.
El Guardajoyas le confesó que estaba convencido de que la cena en el nuevo Comedor de Gala era un gesto para compensar un principio tan torcido y presentarla en sociedad como merecía.
Alfonso XII seguía siendo reacio a contraer segundas nupcias con una desconocida, a pesar de que se lo hubieran aconsejado Guillermo Morphy o Antonio Cánovas del Castillo.
Para colmo, la joven aristócrata austriaca era más pulcra y callada de lo que se rumoreaba y había salido mal parada en la injusta comparación que todo el mundo hacía con las hermanas de Orleans.
Sin embargo, hasta el propio Raimundo había constatado, al tratarla en persona, que la aspirante a futura reina guardaba muchas sorpresas que ofrecer.
El Guardajoyas le contó que la historia no acababa ahí: el rey ignoraba a María Cristina, pero, además, tanto el duque de Sesto como la condesa de Costigliole estaban decididos a hacerle la vida imposible.
—Tendría que ver cómo se comporta la italiana, señorita Guirado —dijo Raimundo con una mueca de disgusto—. Se restriega con Alfonso sin ningún pudor delante de ella.
—Será porque él lo permite —objetó Ágata, lo que ruborizó al joven.
—¿Qué va a hacer Alfonso? El rey está empeñado en no volver a casarse y tiene la esperanza de que ella rechace el compromiso. Por otra parte, la señora Olivieri es el colmo de lo ruin. Lo tiene engatusado y sometido como un súcubo, y se jacta de ello.
Ágata puso mayor interés al relato cuando Raimundo le contó que había oído hablar tanto del anillo a Viviana que decidió preguntarle a Alfonso por su origen. Le sorprendió lo que este le respondió y empezó a temerse lo peor.
—Alfonso ignora de dónde sacó la dama el anillo, pero he de reconocer que yo no esperaba algo como esto que usted me acaba de contar, señorita Guirado. La condesa es una criatura perversa, pero ¿tanto como para hacer algo así?
—Desde luego, no parece ser de las que se manchan las manos. Salvo para agasajar al rey, claro está.
—Quizá alguien la ayudó a revolver la casa de su señor padre, o incluso a agredirlo.
Ella lo miró en silencio, casi aturdida, incapaz de entender cómo no se le había ocurrido.
—El barón de Valdecarros seguro que conoce a todos los mercenarios de la ciudad. Podríamos preguntarle —propuso Raimundo con cautela.
—Descartaría esa posibilidad —dijo poniéndose pálida.
Pese a que había discutido con Arturo, ella era incapaz de concebir que él no le hubiese dicho nada si hubiera oído rumores o sabido que Viviana Olivieri había contratado los servicios de maleantes madrileños para que robaran en su hogar o atacaran a su padre para llevarse el anillo.
—Sigues poniendo la mano en el fuego por el barón, ¿no? —la tuteó Raimundo de repente—. Tal vez te quemes hasta el codo.
—Aunque la mayoría penséis lo contrario, Arturo no es un mal hombre.
—Habla tu corazón, no tu razón, Ágata.
—¿Y qué tiene eso de malo? —replicó con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos.
—Las emociones truncadas lastiman más que los hechos. Yo lo sé bien.
—Raimundo. Yo… siento si te herí en el pasado, pero…