La hija del joyero Capítulo 32
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Capítulo 32

Viviana se sentía victoriosa.

Ya caída la tarde, se refugió del repugnante calor veraniego en los jardines del Palacio Real en uno de sus rincones favoritos, una mesita rodeada de enormes setos y rosales que la protegían de miradas indiscretas.

Había mandado traer una bandeja de dulces y una botella de amaro .

Cuando despachó a los criados y quedó completamente sola, él se decidió a salir de su escondite.

Sin mediar palabra, tomó la copa de Viviana y la apuró de golpe antes de sentarse a su lado.

La condesa se limitó a arquear una ceja.

—¿Todo controlado, mi estimado barón?

Arturo Bosco de Montesinos se limpió los labios con el dorso de la mano y la miró con rabia.

—No lo entiendo, caro Arturo. Con la amistad tan productiva que tenemos y sigues matándome con la mirada.

—Porque no merece otra cosa.

—¿Ah, sí? —Ella desplegó su abanico de carey para darse aire.

Arturo dejó la copa vacía sobre la mesa con la suficiente contundencia como para haberla reducido a añicos. A continuación cogió la botella de amaro y bebió directamente a morro.

—Mmm, no te pongas así, amore . Es cierto que ha habido demasiadas… complicaciones.

El barón apretó la mandíbula y se recostó sobre el respaldo de la silla de jardín.

—Juro que no la estrangulo porque sé que lo disfrutaría.

Ella ronroneó dándole a entender que no se equivocaba y le arrebató la botella con suavidad para dar un sorbo. Arturo resopló por la nariz irritado.

—Y porque ya hemos tenido suficientes muertes. El funeral de Pilar fue una pesadilla.

—¿Tú también crees que el anillo está maldito?

—El anillo no sé, pero a veces pienso que quien lo obsequió sí que está poseída por el mismísimo Belcebú.

La aludida restó importancia con un gesto de la mano, haciéndose la inocente.

—Yo se lo di a mi adorado Alfonso con la mejor intención, para dejar atrás las rencillas y desearle lo mejor.

—Ya —gruñó Arturo escéptico—. Qué suerte para usted que nadie pueda exponer sus verdaderas intenciones.

—A ti tampoco te convendría que eso ocurriera, barón —le amenazó, obligándolo a desviar la mirada.

Viviana se burló del gesto—. No somos pocos los que le hacemos carantoñas al rey cuando en realidad estamos hartos de él, de su familia y de la vanidad de todos ellos.

Su estirpe está llevándose el castigo que tanto se merece.

Arturo suspiró. Esa mujer siempre había sido peligrosa.

Por la corte de París corría el rumor de que Viviana Olivieri había seducido al mismísimo Napoleón III por petición del Gobierno italiano, para que el emperador se enfrentara a Austria y abandonara los territorios ocupados en Italia.

Pero la condesa de Costigliole jamás obraba por propósitos nobles, pues lo que más valoraba, por encima del dinero, de la buena vida e incluso de la fama, era alimentar su soberbia.

Demostrar que podía ensalzar o hacer caer a una nación si así se le antojaba.

Igual que el despecho la incitaba al caos.

Y, por desgracia, Viviana sentía que el rey de España tenía una deuda personal con ella.

—Esto empieza a írsele de las manos —masculló Arturo entre dientes—. Solo le falta pregonar por los corredores del palacio que es la única mujer cercana a Alfonso que se mantendrá con vida.

—¡Podría hacerlo, desde luego! Y aun así nadie encontraría nada con lo que acusarme, ni siquiera la joyera, con lo distraída que la tenemos.

La sola mención de Ágata tensó a Arturo.

—Que tocases el piano para hacerme salir y que ella me viera solo me benefició. Le demostré lo inútil que es cualquier testimonio contra el mío. ¡Magnífica elección la de Bellini, por cierto!

—¿Por qué no puede dejarla en paz? Tampoco tenía ninguna necesidad de ensañarse con Mayo.

—Velasco me traicionó preocupándose por ella —dijo Viviana alzando las cejas, estupefacta—.

Estamos mejor sin él. Y tú —deslizó la mano por la manga de su chaqueta hasta llegar al pecho—, reconozco que estás siendo más útil de lo sospechado desde el día que ella apareció por Madrid.

¡Ya el colmo ha sido darle una sortija de pedida!

Acostumbrado a que solo te miren las rameras, te habrá resultado estimulante captar su atención.

Velasco no fue capaz de desflorarla, pero tú estás hecho de otra pasta.

Arturo se revolvió hacia un lado. Ella le alzó la barbilla.

—Vamos, no seas modesto, llevas la codicia en la sangre.

Ante sus risas, él se desprendió airado. No fue capaz de rebatir esa afirmación.

—Me pidió que la mantuviera controlada. Qué más le da cómo.

—Ah, ¿esa es la cara que pones a quien te desafía en esta ciudad, Barón Tasador?

Arturo apretó los puños mientras ella seguía tanteando los botones de su chaleco.

—Podría afearte el desplante que me hiciste en el pasado, querido, pero lo cierto es que poco me importa ya eso o que la ragazza te guste de verdad.

Por mí como si terminas casado con ella al final, ¡por qué no!

, así la tendremos más atada en corto todavía.

Solo quiero que no olvides que mi voluntad debe ser sagrada para ti —dijo deslizando la uña del índice hacia arriba hasta que llegó a la cicatriz del pecho.

Arturo la observó impotente. Ella le dedicó su mejor sonrisa pérfida.

—Porque si yo caigo, tú caerás conmigo.

El barón de Valdecarros le sostuvo la mirada con los dientes tan apretados que podría haberse partido una muela.

No soportaba la sonrisa de esa víbora de ojos verdes.

Tras un instante, acabó por levantarse y le dio la espalda para salir de ese edén putrefacto.

Incluso desde lejos siguió escuchando las carcajadas crueles de esa mujer despiadada.

Arturo Bosco de Montesinos se marchó decidido a cumplir con lo que debía.

Tras la última muerte acontecida en el seno de la familia real española, una terrible sensación de fracaso se apoderó de Ágata.

Seguía sin creer que una simple joya fuera la causa de la tragedia, pero sentía que debía revelar su procedencia a su actual dueño y desenmascarar a esa horrible aristócrata italiana que tomaba por amiga.

Seguro que la muy ruin se estaba regocijando por lo ocurrido.

Ágata no necesitaba que admitiera nada, había visto la maldad que albergaban sus ojos verdes.

Necesitaba hablar de nuevo con el rey, y para ello tendría que hacer una nueva joya, otra aún mejor que los navíos.

Para su desazón, Arturo continuaba ausente la mayor parte del tiempo.

Su comportamiento posterior al fallecimiento de doña Pilar había sido muy errático.

Ágata comprendía el pesar de Arturo en tanto amigo apreciado por el monarca y el resto de la familia, pero también había sido testigo de la tensión entre él mismo y Alfonso XII, por lo que no terminaba de entender por qué pasaba tantas horas en el Palacio Real.

También la desconcertaba su aspecto cansado y desaliñado, más propio de haber estado de ronda por el barrio de las Huertas del Prado que de haber disfrutado de una reunión distendida en salones palaciegos con un grupo de aristócratas.

Con la excusa de que le necesitaban en la corte, se ausentó semanas enteras de la Carrera de San Jerónimo.

Cuando la veía, la devoraba a besos sin importar dónde estuvieran.

Arturo en ningún momento desmintió los rumores que empezaban a correr a causa del anillo que le había regalado a Ágata y que ella no se quitó.

Tampoco lo confirmaron, pero no se escondían; ambos se comportaban como si estuvieran prometidos.

A Ágata solo le asaltaban las dudas cuando él no estaba.

No entendía su deseo y su amor intermitentes, que para ella eran inconcebibles.

La joven le anhelaba cada día más, y en esas semanas de alejamiento, ya entrado septiembre, con la responsabilidad que sentía por no haber expuesto lo que sabía sobre el anillo y Viviana, tenía la sensación de que el Barón Tasador la esquivaba y la distraía de sus objetivos.

«¿Me ayudarás a volver a ver al rey?», le preguntaba cuando encontraba el valor. Y él siempre le respondía lo mismo: «No es el momento más oportuno, Ágata». «Nunca lo es», se callaba ella.

Así que Ágata optó por hacer lo mismo que cuando diseñó los navíos: trabajar por su cuenta aprovechando los recursos que Arturo le brindaba. A Ofelia y a Lázaro les desconcertaron bastante algunos materiales nuevos que les pidió.

—¿Está segura de que necesita este mineral en concreto, señorita Guirado? —le preguntó el joven contable después de leerlo varias veces en el peculiar listado.

—¿Tanto le extraña?

—Bueno, es cierto que se utiliza como principal fuente de extracción de hierro, pero ¿para qué necesita hierro? ¿Y tanto? Ni siquiera yo termino de verle el interés.

Ágata apenas levantó la vista de sus esbozos, dedicándole una sonrisa misteriosa que llevó a Lázaro a alzar ambas manos antes de marcharse dejándola sola en el taller.

No duró demasiado, al rato sintió en la nuca las miradas inquisitivas de su padre y Velasco.

Con el corazón desbocado, aguardó ansiosa el veredicto de ambos.

—¿Me dijo que también necesitaría cristal de roca?

Ágata se sobresaltó y se encontró con la mirada confusa de Lázaro al abrir los ojos.

Se había dormido sobre la mesa durante el tiempo que el contable se ausentó de la estancia y no pudo evitar una mueca de disgusto al constatar que, por supuesto, ni Aurelio ni su antiguo compañero de taller se encontraban allí.

—Perdóneme, señorita Guirado, no quería asustarla. Tal vez no deberíamos dejar que trabaje tanto, se ha quedado dormida sentada.

Conmovida por su preocupación, la joven acabó sonriéndole. Había perdido algunas presencias importantes, pero tenía otras que también la reconfortaban.

—No, no, disculpe usted, Lázaro. No quisiera ocasionar más molestias de las que ya doy.

—Para nada, señorita Guirado. Es un privilegio verla trabajar.