Capítulo 31 #2
—Porque él prefiere que sea de ese modo, querida.
Y yo transijo y callo porque asumo que exponerlo le desequilibraría de todas esas horribles cargas que lleva sobre la espalda.
Siempre me ha dado miedo que se tambaleara, así que guardo silencio, por mucho que escueza verlo de esa guisa.
Ambas tenemos fe ciega en su buen fondo, y lo conocemos lo suficiente para entender que la mayoría de las cosas que supervisa en esta ciudad no le son gratas.
Así que yo no hago preguntas concretas y usted espera.
Espera a que aparezca y a que le cuente.
Y, sinceramente, ojalá lo haga, pero, de suceder, también deseo que no la decepcione, porque yo llevo muchos años soñando con que se desahogue, conmigo o quien pueda aliviarlo.
Aunque el amor maternal está hecho para perdonarlo todo, no sabría decir lo mismo del amor pasional.
Tras esas palabras, Ofelia retomó la escritura. Ágata no fue capaz de replicar nada, pero se preguntaba si su amor por Arturo sería capaz de perdonárselo todo.
Después de que el ama de llaves anunciara que debía retirarse, excusándose en sus quehaceres de la tarde, Josefina y Hefesto se fueron a retozar juntos en un rincón habilitado para ellos, y ella aprovechó para leer.
Ágata apareció un día con la gata en brazos y ni Arturo ni los perros pudieron ya negarse a acogerla.
Cuando llegó la oscuridad también lo hizo Arturo.
Cerró la puerta a su espalda y se demoró un instante en el gesto, como si le confiriese paz.
Luego se dio la vuelta y atravesó el enorme salón sin decirle nada, aunque se derrumbó a su lado visiblemente agotado, dejando caer la cabeza sobre el respaldo del sofá.
Ágata lo miró de arriba abajo en silencio.
Sí que parecía exhausto. Vestía como siempre, con un conjunto de tres piezas sin corbata y con las tres cadenitas en el chaleco.
El cabello revuelto y la barba de tres días, más por descuido que como algo deliberado.
Ágata se fijó en sus nudillos lastimados.
No olía a alcohol, pero sí a tabaco y a bosque.
Se preguntaba a qué se deberían las magulladuras, dónde había estado, a qué se había dedicado, pero le preocupaba más su estado de ánimo.
—¿Estás… bien?
Arturo resopló hacia el techo, pero ladeó la cabeza en su dirección y sonrió.
Sin mediar palabra, la tomó por la cintura para sentarla sobre su regazo.
Ella no se resistió. Permitió de igual modo que la inclinase hacia él para besarla en los labios, con una entrega desmedida.
A Ágata se le pasó el enfado de golpe. Cegada por el amor y el deseo, la joven le rodeó el cuello con los brazos y consintió que explorara su boca hasta que él mismo la dejó para pegar sus frentes.
—Ahora sí —respondió a su pregunta.
—Me has tenido todo el día esperándote.
Arturo le miró los labios, luego los ojos y los labios otra vez. Le lamió el inferior haciéndola estremecer, al tiempo que deslizaba la mano derecha por debajo de los pliegues de su falda para acceder al muslo desnudo.
—Tendré que compensártelo —susurró él, clavándole los dedos cada vez más en su camino a la nalga.
La excitación hizo que Ágata se irguiera, y que su cuello quedase despejado para que él lo mordiese. De repente contuvo el gemido y se separó un poco, apoyando las manos en su pecho.
—P-para. Ofelia está en casa, y puede entrar cualquier criado.
—He cerrado y ya se han retirado. No vendrán —dijo Arturo aspirando profundamente el aroma de su escote. Tiró de su cintura y la volvió a pegar a él.
Ágata no se rindió, esta vez usó las manos para taparle la boca.
Lejos de disuadirlo, el gesto de Ágata solo le dio ideas para continuar buscando su boca.
Ella sonrió, y cambió de postura para sentarse a horcajadas sobre él.
Cuando le introdujo las manos en el cabello para tirarle de algunos mechones le aceleró la respiración.
Fue entonces Ágata quien interrumpió el beso para observarlo de cerca.
Arturo se volvió loco y recibió sus labios de nuevo con un hambre voraz.
Tras un breve instante desatados, sin embargo, Ágata se detuvo de nuevo y se separó cuando le estaba abriendo el cuello de la camisa.
Tragó saliva y dudó. A Arturo le extrañó su expresión triste.
Dirigió un vistazo fugaz a su mano derecha, al anillo de pedida con la perla gris.
Suspiró rendido. Luego buscó hasta que sus miradas se encontraron y le acarició la curvatura de la mandíbula.
—¿Qué te ocurre en realidad, brillantito? Lo siento si me he retrasado.
Ágata bajó la vista y apretó los labios. Aprovechando que tenía sus nudillos tan cerca, los tanteó justo donde estaban lacerados.
—No me gusta que te lastimes. ¿Vienes de pelear?
—Si es lo que crees, te aseguro que los otros siempre quedan mucho peor.
—No me estaba refiriendo a eso, Arturo. —Lo miró otra vez a los ojos—.
¿Y qué consuelo es ese? Yo… Arturo, yo te acepto como eres, ¿de acuerdo?
Igual que tú lo haces conmigo. Pero todos tenemos límites infranqueables.
Puedo asumir que lleves una vida compleja, e incluso inconfesable a ratos, con secretos que probablemente nunca querrás contarme pese a lo mucho que alardeas de tu sinceridad.
Puedo soportarlo —rodeó sus mejillas con ambas manos—, siempre y cuando no te hieras, ni a ti… ni a mí.
Arturo le sostuvo la mirada. Respiró profundamente e imitó su gesto, tomando su rostro entre sus enormes manos.
—Jamás te haría daño, Ágata. Al menos no deliberadamente.
—Tiene gracia que necesites matizarlo.
—Ya te dije que todo drama implica algo gracioso.
—Y hasta lo más gracioso encierra algo muy serio. —Dejó caer su frente sobre la de él—. Solo te pido que no me tomes por ingenua.
Él volvió a alzarle la barbilla para rozar sus labios con los suyos.
—Eres la mujer más inteligente —le dio un beso—, fascinante —otro beso— y atractiva que he conocido nunca —un beso más.
Ágata decidió apartar la cara a un lado para mantener la mente fría.
—Arturo, no estarás intentando distraerme, ¿verdad? Y no me refiero solo a ahora ni a hoy.
—En todo caso, eres tú quien me distrae, querida —susurró Arturo—. Y bendita seas. Más bien eres el único consuelo que encuentro en los días infernales como este.
—Insisto en que no necesito saber qué has estado haciendo. Pero me gustaría entender por qué me has hecho llamar si no ibas a venir temprano.
Él no respondió.
—¿Has podido hablar con el rey sobre el anillo?
Arturo apretó la mandíbula. Ella se molestó.
—Es el anillo de mi padre, Arturo. No hay duda posible: lo he visto y he confirmado con Raimundo que corresponde a sus características.
—Así que has estado hablando con el Guardajoyitas.
—No le llames así. Y no me distraigas ahora también con tus celos infundados. Quiero ver de nuevo al rey, Arturo.
—No es el momento más oportuno, Ágata.
—¡Es el mejor posible! —estalló ella poniéndose de pie—. La infanta heredó el anillo de su prima apenas tres meses después de que muriera Cristina de Orleans. No estoy dispuesta a dejarlo al azar.
Ágata caminó de un lado a otro del salón para ordenar las ideas y templar el enojo.
—Esa mujer…, Viviana Olivieri, la condesa de Costigliole —susurró Ágata con el mismo temor con el que hablaría del diablo—.
Ella debía querer dañar a la familia real.
Es mi obligación hacérselo saber al rey y recuperar el anillo para ponerlo a buen recaudo, como le prometí a mi padre.
No pienso dejar este asunto sin poner todo de mi parte para arreglarlo.
Ágata continuaba dándole la espalda a Arturo para concentrarse en lo que decía, pero sintió que él se le acercaba por detrás y que le bajaba el cuello de la camisa para dejar su nuca al descubierto. Arturo le dio un mordisco que la hizo gemir.
—Y si en lugar de pensar tanto —Arturo le lamió después la marca que habían dejado sus dientes— o de volver a discutir…
El barón le rodeó la cintura y fue deslizando las manos por su figura. Cuando comenzó a besarla en la oreja, Ágata despegó los labios para hablar, pero él se los acarició con el pulgar.
—… ¿seguimos por donde lo habíamos dejado?
—Arturo… —protestó Ágata.
—Ágata… —le devolvió la queja entre caricia y caricia.
Puesto que sentía los reproches que le hacía, agachó la cabeza y pegó su mejilla a la de Ágata. Esta vez con comprensión y afecto.
—Solo digo que no vas a resolver todos los problemas del mundo ahora mismo por mucho que te empeñes, amor.
Ágata suavizó el gesto y se dio la vuelta.
Lo miró con mucha atención a los ojos, luego a la boca.
Y a los ojos otra vez. Se sumergió en esas esferas de color avellana.
Preciosas, misteriosas, sí, y salvajes, como un bosque en el que se sentía libre y a salvo.
Por un momento, Arturo estuvo convencido de que ella replicaría, pero le sorprendió:
—Nunca me habías llamado «amor».
Arturo parpadeó despacio y se ruborizó ligeramente.
Ágata lo volvió a besar en los labios con ardor.
Al final, él la aupó y la pegó contra la pared, ella envolvió su cintura con las piernas.
Incluso con el volumen de su falda, el barón se las apañó para sujetarla y acomodarse en su centro con habilidad.
Ágata tiró de su cabello otra vez para exigirle mayor entrega, a lo que él correspondió.
Y así siguieron, ajenos a todo.
Mientras, en el Palacio Real, esa misma noche falleció María del Pilar de Borbón.