La hija del joyero Capítulo 31
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Capítulo 31

Días después del incidente en palacio, Ágata seguía alterada y muy preocupada. Por la salud de Pilar de Borbón y por los acontecimientos anteriores.

No sabía la joyera malagueña qué le había causado mayor estupor: si la imagen del anillo de su padre en el dedo índice de la hermana del rey mientras el barón de Valdecarros la sacaba inconsciente del Salón de Columnas, o la sonrisa mezquina de Viviana Olivieri cuando fingió que no la conocía y huyó vilmente de ella.

Arturo había tenido un papel determinante en ambos sucesos.

Con la excusa de que debía quedarse en el palacio a disposición de la familia real, el Barón Tasador apenas se despidió de ella esa noche y le prometió que se verían lo más pronto posible.

Desde entonces, Ágata estaba sumida en la incertidumbre.

Le resultaba inconcebible que estuviese distanciándose otra vez de ella después de lo que compartieron en su habitación y de cómo la adoró hasta que llegaron al Palacio Real.

Al pisar ese lugar, Arturo mutó. Dejó de ser su Arturo y volvió a ser el barón de Valdecarros.

Al día siguiente del evento con el rey, quien sí se personó en el barrio de los joyeros fue Raimundo Ulloa.

El sevillano fue a presentarse a todos los maestros joyeros de la Carrera de San Jerónimo con Espoz y Mina.

En el taller de los Mellerio, el joven Guardajoyas saludó y recibió los agasajos de los superiores y compañeros de Ágata con paciencia y dignidad, y vio desde lejos que ella seguía trabajando en su mesa sin acercarse.

Se marchó del edificio sin que llegaran a cruzar palabra.

Sin embargo, al acabar la jornada, ya caída la noche, el Real Guardajoyas y la joyera coincidieron en la avenida justo cuando Raimundo salía del negocio de Ansorena y ella del de los Mellerio.

Ágata se dirigía al número cuatro de la Carrera de San Jerónimo y Raimundo sabía a quién pertenecía el inmueble.

—Insisto en que no debería fiarse del barón de Valdecarros, señorita Guirado —le dijo él a varios metros de distancia.

Ágata detuvo sus pasos y se volvió hacia Raimundo. No se molestó en acercarse.

—Y yo insisto en que no le corresponde a usted opinar sobre eso.

—Solo me preocupo por su bienestar.

—¿Está seguro de que es la preocupación y no el despecho el que habla por usted?

El Guardajoyas la miró tan consternado que Ágata se sintió mezquina.

—Discúlpeme, Raimundo, he sido injusta —dijo ella acercándose finalmente—. Incluso cruel.

—No, solo honesta —aceptó él con las mejillas arreboladas, y la miró a los ojos—. Como siempre. Su sinceridad fue precisamente lo que me atrajo de su persona.

Esa vez fue Ágata la que se sonrojó.

—Es por el aprecio que aún le guardo que lamentaría verla envuelta en los enredos de uno de los nobles más horribles que pululan por Madrid.

—En la merienda me contó que había valorado no aceptar el puesto de Guardajoyas, no solo por respeto a la memoria de Velasco y por pesar hacia la de doña Mercedes, sino también por su ya conocido rechazo hacia este ambiente aristocrático, lo recuerdo. Y también… Mencionó un anillo.

El Guardajoyas se puso rígido.

—Era el anillo de su querida Mercedes, ¿verdad?

—Sí, se trata de una sortija bella y muy desconcertante, con un brillante y un ópalo, ambos de considerable tamaño, ¿a quién se le ocurre?

Ni siquiera fue capaz de sonreír, por mucho que por fin alguien se lo hubiera confirmado. La situación era tan complicada que la naturaleza de la joya era lo de menos.

—¿Sabe de dónde salió?

—Alfonso me contó que le dio ese anillo a Mercedes justo antes de casarse con ella, pero nunca le pregunté de dónde lo había sacado.

Ágata guardó silencio. Se lo había regalado la condesa de Costigliole, estaba segura. Pero era delicado preguntar por el origen de una joya que le había dado al rey una amante que seguía viva como obsequio para su esposa enterrada.

—¿Cree usted que podría hablar de nuevo con el rey?

—¿Para qué?

Ella tragó saliva. No deseaba mentir a quien había sido su amigo.

—Tengo mis sospechas de dónde habría podido salir el anillo. Quizá debería alejarlo de los dedos de la infanta Pilar.

—Ya lo ha hecho. La hermana de su majestad está convaleciente y no luce ninguna joya.

—Me refiero a que debería alejarlo de ella y de toda la familia real española.

—Eso es demasiado pedir, me parece. Era un anillo de Mercedes, y Alfonso me ha pedido que lo custodie en el que fue su joyero.

—Tiene que sacarlo de ahí.

—No puede hablar en serio.

—Creí que a usted también le daba malas vibraciones.

—Eso es una cosa; creer que está maldito, otra.

—Si usted no está dispuesto a trasladarle mis reflexiones, yo misma encontraré la forma de volver a ver a su majestad —dijo, y le dio la espalda.

—Hay otro anillo que debería preocuparle más.

Ella frenó y se dio la vuelta, pero no dijo nada. Raimundo se explicó, con las manos a la espalda y el semblante digno, aunque sus ojos oscuros no parecían tan enteros.

—¿Cree que no se nota con el guante de encaje?

Ella se cubrió instintivamente la mano derecha.

—Me di cuenta en la merienda y también ahora, la perla gris abulta. Un anillo como ese en el dedo anular solo puede ser de compromiso. Le ruego que no crea las palabras del barón, señorita Guirado, casi todo lo que dice y hace esconde un fin interesado.

Ágata hizo oídos sordos una vez más, aunque pensó mucho en las palabras de Raimundo los días siguientes, durante los que siguió sin saber nada de Arturo.

Hasta que una tarde, Lázaro le entregó un mensaje del barón, rogándole que acudiera ese domingo a su mansión de Villa San Andrés.

Le mandaría un coche para recogerla. Ágata estuvo a punto de no subir al flamante vehículo por orgullo, y para colmo, cuando llegó, solo encontró a Ofelia allí.

—El baroncito lleva toda la mañana fuera —le explicó la mujer—. Salió nada más despuntar el alba, vaya usted a saber dónde. Últimamente su comportamiento es de lo más misterioso, más incluso de lo habitual.

Le dio tanta rabia el desplante que quiso regresar a la Carrera de San Jerónimo, pero Ofelia la retuvo con una limonada con hierbabuena y dándole conversación en el salón principal hasta que tuvo que dejarla sola para ocuparse de los quehaceres diarios.

Mientras aguardaba enfurruñada, Ágata estudió al detalle los cuadros de gran tamaño y estilo realista que decoraban el salón. Le surgió la misma duda que en su primera visita y aprovechó que el ama de llaves se encontraba sentada al buró redactando una carta para compartirla con ella.

—¿En esta casa hay algún retrato de los primeros barones de Valdecarros, Ofelia?

—Tengo entendido que el baroncito se deshizo de todos ellos justo antes de que yo pisase este palacete.

—¿Sabe cómo eran?

Ofelia alzó la vista. No cuestionó que Ágata se interesase por los abuelos y padres de Arturo, pues era consciente de la relación que mantuvieron.

—Solo conocí a su padre. Ya le comenté que era cliente del burdel que regentaba.

Nunca lo atendí personalmente, pero siempre parecía un hombre con una presencia mucho más imponente de lo que correspondía a su moderada estatura y complexión.

El baroncito ha heredado su mirada analítica, aunque el color de ojos sea muy distinto.

Las cejas sí son idénticas, oscuras y bien espesas.

Al padre le restaban, al hijo le han conferido otro añadido a su atractivo por el contraste con el resto de sus rasgos luminosos, estará de acuerdo conmigo.

—Espere, espere, espere, Ofelia, ¿ha dicho… que su padre era un hombre de «moderada estatura y complexión»? ¿Cómo es posible teniendo en cuenta lo enorme que es Arturo?

—Debió de salir a su madre —respondió encogiéndose de hombros—.

Dicen que, en contraste con el marido, ella era una mujer altísima y bellísima, a pesar de su carácter desagradable y antojadizo.

No llegué a conocerla nunca. Más de una esposa celosa se dejó caer por el prostíbulo; ella jamás lo hizo.

Entre los barones de Valdecarros no parecían existir ni la envidia ni los celos, no al menos en el plano sentimental.

El dinero tenía que ser lo único que les importaba.

Recuerdo el terror que despertaba hablar de los abuelos del baroncito por la calle.

Del primer barón se comentaba que era capaz de estremecer con una sola palabra, por su elocuencia y porque su sonrisa ponía los pelos de punta, pero también porque era un hombre rudo y fiero «que podía matarte antes de parpadear», o eso decían, porque jamás me lo crucé.

Por su descripción, deduzco que el caballero debía de ser igualmente corpulento, así que supongo que su hija salió a él y nuestro niño siguió la estela.

No me extrañaría que retirase los retratos de su familia precisamente porque se parezca a algunos de sus miembros más de lo que le gustaría.

—Creí que el actual barón no era capaz de esconderle nada ya, Ofelia.

—Y no lo hace, señorita Guirado. Si cree que sí es porque se lo permito.

—Pero, entonces, ¿hay cosas que ignora?

—Por supuesto. De su familia, su trabajo, sus amistades, sus debilidades. —La señaló haciéndola sonrojar—. Sé muy bien que me oculta algo de cada mínimo aspecto de su vida, y él tiene la suerte de que yo no le pregunte por ello.

—Y… ¿por qué?