La hija del joyero Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—Qué engreída es usted, muchacha —bufó el duque de Sesto.

—No, Pepe —dijo el rey—, he de reconocer que sus reflexiones me suscitan mayor interés que el misterioso destinatario de estas joyas, cuya altanería es capaz de competir con la de un rey. ¿Qué le hizo pensar que bastaría con mostrármelos?

Ágata miró a Arturo preocupada, por si se estaba extralimitando en su sinceridad. El barón de Valdecarros la animó a continuar con un gesto y el rey, con su mirada limpia.

—Usted lo tiene todo, majestad. Al menos todo lo que se puede comprar con dinero, como es el caso de las joyas, lo que de entrada era una limitación no menor para suscitar su interés. Investigué y comprendí que usted daría más valor al hecho de sorprenderle que al objeto de la sorpresa en sí.

—«Investigó» —repitió el joven soberano, que se acarició el bigote mientras cavilaba sobre las deducciones de Ágata, igual que los demás.

Alfonso XII parecía tan encantado con las excentricidades de su carácter como Arturo—.

Ha llegado a mis oídos que ha visitado con frecuencia el Prado, imagino que para tomar ideas.

Tal vez pensó que los gustos de mis antepasados le darían pistas sobre los míos.

Quisiera pensar que no soy tan predecible, pero he de reconocer que tuvo usted muy buena intuición.

¿Qué os parece, Pilar, Arturo, Pepe? Resulta que no siento debilidad por los navíos de pedrería ni por las jóvenes intrigantes como la señorita Guirado, ¡sino por las sorpresas en sí!

Lo tendré muy en cuenta para que nadie trate de manipularme con alguna otra ocurrencia descabellada, y de darse el caso, exigiré que sea algo apoteósico —dijo don Alfonso entre carcajadas.

Ella sonrió al ver la reacción del rey, que confirmaba todos los rumores que le habían llegado sobre su buen humor. Tanto Arturo como Pilar rieron con él.

—Ni los navíos ni su artífice son para tanto —intervino contrariado el duque de Sesto—.

Cualquier joya no es más que un puñado de oro y piedras preciosas, así que su valor será solo el de los materiales.

Por no hablar de que prefiero la mano de Ansorena, e incluso la del señor Mayo, que en paz descanse.

Usted lo trató bastante en su juventud, ¿no, señorita Guirado?

Un escalofrío recorrió la espalda de Ágata.

—Yo creo que estas piezas hacen justicia a los rumores sobre ellas y sobre la señorita Guirado, mi estimado Pepe —salió en su defensa Pilar, señalando con su abanico la superficie nacarada que hacía de armazón al barquito de la oreja—.

Por no hablar del reto de sorprenderte, hermano, que secundo que es lo que más feliz te hace. A la vista está.

—¿Saben lo que opino yo? Que me resultan más reseñables los otros rumores que he escuchado sobre esta muchacha y su familia —arremetió con mayor mezquindad el duque de Sesto—. ¿Su padre no acogió al señor Ulloa bajo su techo cuando todavía la situación del país no estaba muy estable?

—Le recuerdo que Raimundo es ahora mi Guardajoyas —intervino sonriente el rey, pero en un tono afilado— y mi hombre de mayor confianza.

—Insisto en el matiz del momento al que estoy haciendo alusión, majestad.

Se produjo un nuevo silencio incómodo. Solo Alfonso XII y Arturo mantenían la sonrisa.

De su barón sabía que era una gema intensa aún por determinar, pero con el rey no tuvo duda de que era puro platino, y las personas de metal noble siempre vivían para los demás.

No tuvo tiempo de identificar a los otros dos, pues la infanta Pilar cerró su abanico y rodeó el brazo del duque.

—¿Qué tal si me acompaña a la mesa de las bebidas, querido Pepe? Ya sabe que la tarde se me está presentando un poco torcida con este calor. Me haría usted un gran favor.

Ágata agradeció el considerado detalle de la joven infanta a pesar de sentirse algo indispuesta. Con su marcha se quedaron solos Arturo, el rey y ella.

—Sí es cierto que había oído hablar de su señor padre, señorita Guirado —dijo Alfonso XII provocándole un pellizco en el pecho—.

Hasta Madrid llegó la destreza de su mano orfebre, ¿verdad, Arturo?

Desde hace muchos años, mi tasador procura mantenerme informado de cualquier talento insólito de este país.

—Sobreestima usted mi capacidad, majestad —habló por fin el barón, muy escueto y correcto para lo que acostumbraba.

—Sería una insensatez subestimarte, amigo mío. Y aún más a tu oído.

Ágata notó la tensión de Arturo y la constante insistencia del rey por recalcar la amistad que los unía a ambos. De algún modo, la joyera tampoco obvió que sentía que el barón de Valdecarros vigilaba cada palabra que ella y don Alfonso intercambiaban.

—Es usted muy amable, majestad, pero el duque de Sesto ha dejado claro que no solo oyó hablar de mi padre como orfebre —se atrevió a decir ella, harta de los bulos que seguían circulando sobre las tendencias ideológicas de Aurelio Guirado—.

Siento si alguna vez le llegaron noticias de que mi padre hablaba con descuido sobre el futuro de este país o en torno a quién lo dirigía.

Le aseguro que en absoluto fue así: mi padre era un maestro ejemplar, tanto en la joyería como en la vida.

Me inculcó moderación, prudencia y el firme convencimiento de que la concordia es la única tendencia política que debería defenderse.

Se le escapó una mirada de soslayo a Arturo, quien la estaba escuchando con tanta atención como el rey.

—No tome en serio las palabras de mi mentor, señorita Guirado —la tranquilizó don Alfonso—.

El duque de Sesto a menudo es demasiado directo y tiende a precipitarse y a errar en sus conclusiones.

Yo, en todo caso, estoy muy agradecido de que, en un momento tan delicado como aquel, acogieran a mi estimado Raimundo, al bueno de Morphy y al que tengo entendido que es ahora su jefe.

Lamento mucho que ese gesto pudiese haber perjudicado a su progenitor hasta el punto de costarle la vida.

—Majestad, eso no fue… exactamente así.

—No sería el primer hombre al que asesinan por sus ideas —comentó Arturo inesperadamente.

Ella lo miró incrédula, sintiéndose traicionada.

—No es el caso —repuso Ágata, y se volvió de nuevo hacia el rey—. Majestad, puede que mi padre padeciera algunos contratiempos en nuestro entorno social por su talante hospitalario, pero ha de saber que murió a causa de un robo.

—Escuché que era una de las teorías, sí.

—No, don Alfonso, discúlpeme, no es solo una teoría, es el único motivo.

—Quizá antes de profundizar en este asunto tan triste como incómodo —volvió a intervenir Arturo tomando la mano de la joven—, podrías hablarle primero de tu trabajo, querida, ya que su majestad te ha hecho llamar por ello.

—Vaya, amigo —se sorprendió Alfonso, no solo del trato que le acababa de dedicar el barón de Valdecarros a Ágata, sino también de lo que descubrió oculto bajo el encaje de su guante en el gesto claramente intencionado del barón—.

Cuando me la mencionaste por primera vez intuí que tenías mucha confianza con esta joven, pero no pensé que fuera en un sentido tan formal.

Ni siquiera sabía que podías tomar en serio a una dama.

—Ahora sí que me subestima, majestad.

Ágata se hundió al escuchar sus risas y presenciar el cambio radical de tema propiciado por el propio Arturo, dejando de lado el asunto del anillo.

No entendía a qué venía tanta prudencia ni el empeño en hablar de la reputación de su padre.

La joyera estaba pensando en el modo de amonestarlo cuando un grito los interrumpió.

Todos los presentes en el Salón de Columnas se volvieron al momento hacia la mesa de las bebidas. El duque de Sesto estaba agarrando como podía a la infanta Pilar para que no se desplomara en el suelo. La joven infanta tenía los ojos en blanco y la sacudían unas fuertes convulsiones.

—¡Ayuda! —clamó desesperado el grande de España.

Ágata se llevó la mano a la boca. El rey, Arturo y otros tantos caballeros próximos corrieron hacia ellos.

El monarca estaba paralizado del espanto por ver a su hermana en semejante estado; el barón, en cambio, no dudó en cogerla en volandas para sacarla de allí en busca del médico de la familia real.

Los asistentes al evento murmuraban alarmados viéndolos marchar.

Entonces Ágata se puso pálida de verdad. No se había dado cuenta ni siquiera mientras conversó con ella, pero al ver a la infanta Pilar en brazos de Arturo, saltó a su vista algo en su mano derecha, que colgaba lánguida. Era el anillo de su padre.