La hija del joyero Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Como si estuviese haciendo un esfuerzo sobrehumano por contener las ganas de consolarla, Arturo se irguió y se esforzó por parecer indiferente. Al momento se agachó despacio hacia ella y la estudió atento.

—Bien, recapitulemos —dijo él reflexivo—.

¿Sostienes que una importante condesa italiana, concretamente esta, que es tan diva que hace llamar a los criados hasta para que le acerquen los objetos que ha dejado sobre el tocador cuando se tumba sobre la cama, se tomó la molestia de viajar a vuestro taller de Málaga para robar una mísera joya pudiendo pagar de su bolsillo todo lo que tu padre fue capaz de producir en su vida?

Ágata notó un ligero temblor en el labio. Arturo asintió, satisfecho.

—Sí, sin duda debió de remangarse las enaguas para revolver los cajones y las estanterías, por no hablar de que se la ve de lo más mortífera para acabar agrediendo a un pobre joyero que…

—Basta —le rogó ella.

Más bien se lo exigió, y le dedicó una mirada acusadora, por el tono cruel que había empleado para exponer lo absurdo de sus conjeturas. Tomó aire con los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos, fulminó a su acompañante.

—Arturo, escúchame, haz el favor. Solo ella pudo llevarse el anillo y dárselo al rey.

Él siguió en silencio mirándola fijamente.

—Sigues sin creerme.

—Lo que yo o cualquier otro creamos es irrelevante, Ágata. No puedes demostrar lo que dices —afirmó serio, como si él mismo comprendiera hasta qué punto era así.

La mente de Ágata era un torbellino de preguntas: ¿Arturo había tocado en público esa tarde solo para que esa mujer se mostrara y ella la viera?

¿Sospechaba él también de esa mujer? Si era así, ¿por qué seguía negándolo todo igual que la italiana?

¿Qué le ocultaba? ¿Sabía más de lo que le quería reconocer?

Instintivamente, Ágata dio un pequeño paso hacia atrás. Arturo debió notar su rechazo porque trató de tocarla, pero ella le negó el contacto. Herida, la joven apretó los puños.

—Demostraré que esa mujer me conoce y que se llevó el anillo de mi padre si averiguo si ella se lo dio al rey. Ni siquiera necesito verlo, la dejaré en evidencia con la verdad.

—La verdad quizá sea algo mucho más complicado de tasar de lo que crees.

—¿De qué están hablando? —los interrumpió Raimundo.

Ágata no sabía cómo ocultar su incomodidad, pero a Arturo no le costó volver a ponerse la máscara de aristócrata risueño.

—¿No le han dicho que es de mala educación meterse en conversaciones ajenas, señor Ulloa? Le recordaba más prudente. Le debe venir de su padrino, un hombre tan entrometido como problemático.

Ágata se sorprendió al escuchar sus palabras. Arturo jamás era grosero.

—Usted no es nadie para hablar de familiares problemáticos, barón.

Cuesta creer que conserve el título dadas las funciones turbias que le atribuyen en esta ciudad.

Apenas he tenido ocasión de pasear por ella y ya me han llegado rumores desconcertantes que incluso superan los hábitos de sus años en París.

No entiendo cómo Alfonso se sigue fiando de su criterio. Para las joyas o para las personas.

—Si le preocupa que pueda pisar su terreno, señor Real Guardajoyas, no se inquiete: yo no tocaré sus joyas, ni usted la mía, ¿qué le parece?

—Arturo rodeó la cintura de Ágata y la pegó hacia sí—.

En cuanto a mi reputación… Qué decir, las hay peores.

¿No dio muerte su padrino al cuñado de doña Isabel hace nueve años en Carabanchel?

Ah, supongo que, casando a su hija con el actual rey, todo quedó olvidado, incluso los años de traición a la Casa Real.

Ágata no sabía dónde meterse. Raimundo pareció enrabietarse tanto de que Arturo hubiese expuesto ese suceso con semejante gratuidad que se olvidó del temor que le infundía y lo señaló con el dedo.

—Primero, usted está haciendo referencia a un duelo, que por entonces se consideraba algo legítimo.

En cualquier caso, no nos corresponde a nosotros juzgarlo.

Segundo, Alfonso se casó con Mercedes por amor, y ella le correspondía por las mismas razones, no por interés. ¡Usted mismo fue testigo de ello!

—Ya, pero qué bien le vino al señor duque. ¿No intentó coronar también a su hija Cristina? No me extraña que el rey lleve tan mal la idea de desposarse con nadie. Aquí todos quieren sacar tajada a su costa.

—Resulta aberrante que precisamente usted diga eso. Es quien más lo ha manipulado toda su vida en función de sus intereses. Se declaró antimonárquico a muy temprana edad y ahora finge que es su guardián solo porque le conviene.

Arturo se calló y lo fulminó con los ojos en llamas. Raimundo temblaba, pero le pudo más la rabia y se mantuvo firme. Ágata los miró preocupada, por el contenido y por el tono de la discusión.

—Puesto que usted no es propiedad de nadie —dijo Raimundo, recalcando la última palabra—, me gustaría visitarla mañana o cualquiera de estos días, señorita Guirado, cuando usted pueda. Pero lejos de oídos indiscretos.

Arturo se echó a reír, tomando a Ágata de la mano.

—Descuide, lo atenderá «cualquier día», por qué no.

La conversación había sido tan violenta y con una despedida tan abrupta, que la joven tardó un instante en reaccionar. Frenó y se desprendió de su mano para clavarle un dedo acusador en el pecho.

—¡¿«Mía»?! —preguntó furiosa, aunque moderó el tono porque se encontraban en medio del salón—. ¿Cómo te atreves? No sé quién se está comportando peor de los dos.

—Querida, por favor, yo le pongo muchas más ganas a fastidiar.

—¿Se puede saber qué le has hecho a Raimundo para que se muestre tan hostil contigo?

—¿Se puede saber qué le hiciste tú para que siga tan patéticamente enamorado? ¿Cuántos años teníais cuando os conocisteis?, ¿tú diecinueve y él diecisiete?

Ágata se ruborizó y estuvo a punto de preguntarle cómo había acertado el dato con tanta precisión.

—Estás actuando como un hombre celoso.

—Será porque estoy celoso.

Ella se sonrojó más todavía y fue incapaz de hablar.

—Te molesta que te considere mía, y lo entiendo, solo deberíamos pertenecer a alguien voluntariamente —le dijo tomándole de nuevo la mano.

—Eso… eso es… bastante aterrador.

—También inevitable. —Le besó la falange donde descansaba la sortija de la perla gris—. Porque pertenecer a alguien no se impone ni se elige, solo se acepta. Aunque estoy de acuerdo contigo en que es aterrador.

Ella sabía que ya pertenecía a Arturo, y le dolía que él pensara que eso podía representarle un problema.

—Las etiquetas que nos ponen los demás —susurró ella—, o las que nos ponemos, tienen poder sobre nosotros.

La de veces que ella quiso que su padre, en vez de «hija», la llamase «heredera»; que Velasco, en vez de «niña», la llamase «compañera»…

En cambio, Arturo siempre usaba el término adecuado.

Se refería a ella como «mujer», la comparaba con cosas bonitas, la llamaba por su nombre cuando la miraba a los ojos.

Su mente a veces protestaba, pero su corazón lo agradecía.

Ella no quería llamarlo «barón», ni «tasador», sino «mío», y de repente anheló que él se considerase tan suyo como ella sabía que le pertenecía a él.

El sonrojo que acompañó esos pensamientos apaciguó a Arturo.

—Estoy tratando de llevarte hasta la persona con la que tanto deseabas hablar. Porque quieres preguntarle al rey por el anillo de Mercedes, ¿no?

Ágata lo escudriñó confusa.

—Yo no… No te entiendo, Arturo.

El barón de Valdecarros la contempló con un dolor extraño en el rostro.

—No importa lo que parezca ni lo que creas entender. —Arturo apoyó su mejilla contra la de ella un instante y le dijo—: Pase lo que pase, yo siempre velaré por ti, Ágata.

Ella se estremeció y se dejó guiar por él hasta el lugar donde seguían conversando el rey Alfonso XII, su hermana la infanta Pilar y el duque de Sesto. Ágata se tensó.

—¿No podríamos esperar a que el rey esté solo?

—¿El rey, solo? No va solo ni a la letrina, Ágata.

—Preferiría evitar al duque, su sonrisa forzada me desconcierta.

—Suele pasar en estos círculos, la gente gana puntos sonriendo todo el tiempo.

—Las hienas sonríen todo el tiempo.

Arturo se rio a carcajadas, pero no se paró.

—Altezas, excelentísimo señor —comenzó a decir Arturo—, les presento a la señorita Ágata Guirado.

—La joyera de Málaga —asintió don Alfonso.

Ágata olvidó su malestar. Ni en sus más descabelladas fantasías imaginó que sería el rey de España el primero en reconocerla sin mencionar a su padre, a Velasco ni a ningún otro joyero. Arturo le dio un apretón en el codo para que reaccionara.

—E-es un honor haber sido invitada a su hogar, majestad —saludó titubeando un poco al realizar la genuflexión—. Encantada de conocerlos también a ustedes, doña Pilar, excelencia.

—¡Dios mío! —exclamó la infanta—. Esos navíos son realmente una maravilla. ¿Me permitiría tocarlos?

Ágata constató que a la joven aristócrata se la veía tan pálida como le pareció al principio de la velada e incluso detectó un poco de sudor en su frente, motivo por el que se abanicaba con brío.

—Por supuesto, alteza —asintió, dejando que Pilar tantease el navío de su oreja con la misma mano izquierda con la que sostenía el abanico.

La infanta sonrió al darse cuenta de los personajes diminutos que ocupaban aquel barquito, lo que hizo reír a Ágata.

—Si no fuera porque ya tienen dueño, se los obsequiaría con mucho gusto.

—¿Se refiere a mí, señorita Guirado? —preguntó el rey.

Ella tragó saliva.

—Majestad, en efecto hice estos navíos pensando en sorprenderle, sí, pero no necesariamente para ofrecérselos.

Discúlpeme, en el taller de mi familia era costumbre vender las obras a la primera persona que sintiese interés por ellas, y en este caso me lo rogaron con mucho empeño, así que honré la tradición.

Pero lo hice teniendo en cuenta que a usted le bastaría con ver las piezas o, en todo caso, con verme a mí.

Ágata pronunció cada palabra con tanta educación y sensatez que dejó impresionados al rey y a sus acompañantes, aunque no sabía si para bien. Arturo alzó las cejas con mucha curiosidad.