La hija del joyero Capítulo 30
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Capítulo 30

«Casta Diva», de la ópera Norma , de Vincenzo Bellini, era un aria en la que su protagonista cantaba a la luna.

Resonó con esplendor en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid, aunque podría haber retumbado por toda la ciudad.

Esa mujer era una soprano extraordinaria.

Incluso Ágata se quedó admirada del portento de sus cuerdas vocales y, recordando su tarareo, no le cupo duda de que era la misma dama que los visitó a ella y a Aurelio Guirado para adquirir el anillo.

Aunque Raimundo Ulloa había mencionado la joya antes de que se iniciase la música, a Ágata ya no le parecía tan primordial.

Estaba en el mismo espacio que quien consideraba la principal sospechosa de la muerte de su padre.

Los aplausos la pillaron desprevenida.

Arturo y la mujer sonreían y agradecían las ovaciones. La joven joyera sentía que la rabia y el rencor le estaban consumiendo las entrañas, y que solo unas respuestas muy claras a preguntas aún más concretas lograrían apaciguarlos.

—Qué insólito que se haya dignado a bajar al salón —comentó Guillermo Morphy a su lado.

—Esa dama indecente ni siquiera se digna a inventar excusas para pasearse por ahí —gruñó Raimundo Ulloa dando un sorbo a su copa.

—No si el paseo tiene algo que aportarle.

El Guardajoyas Real estaba a punto de arremeter con más contundencia cuando se dio cuenta de que él y Morphy habían iniciado un diálogo en paralelo sin tener en cuenta a Ágata.

—Disculpe, señorita Guirado, nosotros aquí conversando e ignorándola por completo.

—¿Quién es esa mujer? —consultó ella sin apartar la vista de la susodicha.

La dama estaba radiante bajo la lluvia de cumplidos, no solo a su interpretación, sino también a su abullonado vestido de tela champán y bordados dorados con detalles en perlas, tan deslumbrante que competía con su voz.

—Viviana Olivieri, la condesa de Costigliole —respondió Raimundo, y escuchar el mismo nombre y título que ya oyó en labios de Velasco le produjo un estremecimiento desolador—. Es una… conocida de la familia real que lleva algunos meses instalada en el palacio.

—Llámela por su nombre, joven —se burló Morphy—.

Viviana es la amante predilecta de Alfonso, señorita Guirado.

El monarca y ella se conocieron en París antes de que este recibiera la corona de España y, por entonces, hasta su madre aprobaba que mi discípulo «experimentase» con una mujer veinte años mayor.

Supongo que doña Isabel confiaba en que la señora se cansaría pasado un tiempo, más con un matrimonio de por medio.

Ninguno contábamos que Viviana aprovecharía la viudedad de nuestro querido rey para volver a frecuentarlo.

Tuvo la ayuda del duque de Sesto, desde luego.

—El duque de Sesto es un hombre sin decoro, pero ella es un diablo de mujer.

Ágata se sorprendió ante la franqueza de Raimundo, que había ganado arrojo con los años.

Entendió que esa mujer era la misma de la que hablaba cuando le confió que Mercedes tenía dudas de la entrega de Alfonso XII porque había tenido algunos amoríos en Francia.

¿Cómo habría podido sospechar Ágata que aquellos amoríos fueron con una condesa de Italia?

La muy infame no solo era aristócrata, como Ágata bien intuyó cuando la conoció; para colmo, era la querida del rey.

A la luz de esas revelaciones, la joyera ató unos hilos muy dolorosos que habían quedado sueltos con la muerte de Velasco, y que todavía necesitaba mantener separados mientras veía a aquella mujer con Arturo.

Apartó la vista, confundida. Las palabras de Morphy terminaron por enhebrar esos hilos mezquinos:

—En cualquier caso, la señora condesa ya solo canta para gente que ella considere merecedora de escucharla.

Antes de casarse era una soprano muy reconocida, ¿sabe?

Y eso que no había cumplido ni la veintena.

Yo, que tengo casi su misma edad, también oí hablar de ella cuando era joven. La llamaban «La perla de Italia».

Ágata resopló al escuchar el apodo.

—Supongo que habrá sido demasiado tentador para ella acompañar a mi discípulo al piano dado lo mucho que llevaba él sin acercarse a uno en un evento como este.

—De seguro que tocó para ella muchas veces en París —intervino Raimundo—. Son tal para cual.

La joyera sintió que se le escapaba el aire de los pulmones.

—Mmm, no crea, joven —dijo Morphy.

—¿Acaso no cantó con él al piano en el pasado? Algún recuerdo guardo de ello.

—Sí, sí, tocar con ella sí que lo hizo alguna vez para complacernos, pero se equivoca en el matiz de sus insinuaciones —insistió el preceptor del rey—.

Recuerdo una ocasión de lo más memorable en que ella se le insinuó de lo más solícita y modosa.

Mi alumno tendría por entonces apenas veinte años y aún lucía el uniforme castrense, pero se rio de ella y la dejó con la palabra en la boca después de asegurar que no le gustaban nada «las damas que fingen ser lo que no son para complacer a otros». La condesa estaba que echaba humo, ¡ja!

—Y entonces ¿por qué está complaciéndola ahora?

Eso mismo se preguntó Ágata, con una angustia que la hizo reaccionar.

La joven se alejó de sus acompañantes y caminó decidida hacia Arturo.

Aprovechó que la italiana estaba de espaldas atendiendo a tres admiradoras para tirarle a él del brazo.

Parecía como si el Barón Tasador hubiera estado aguardando la actitud airada de la joyera y le dedicó una de esas sonrisas tensas que tanto le molestaban.

—¿Te ha gustado el espectáculo?

—Me hubiera gustado más saberlo primero —le espetó ella entre dientes y luego señaló hacia su espalda con la barbilla—. Sí que pareces congeniar con esa mujer.

—Todos los nobles de Madrid procuramos congeniar con la condesa de Costigliole en tanto favorita del rey; no dudo que el viejo Willy y el Guardajoyas te habrán puesto al corriente —respondió el barón sin dejar de mirarla a los ojos—.

Y supongo que tú habrás terminado de atar cabos sobre el nombramiento de Mayo.

La joven sintió los párpados arder y la vista enturbiársele.

Ella también había hecho esa deducción nada más escuchar que la italiana era la concubina del rey.

Con esa constatación vino la cuestión más dolorosa: ¿había sido Velasco quien le habló a la aristócrata del anillo de su padre?

Ágata sintió que el gesto de tragar saliva le lijaba la garganta.

Deseó con todas sus fuerzas que sus teorías de que la italiana, la sortija y la muerte de Velasco estaban conectadas no hubiesen sido más que una quimera absurda, pero el pensamiento ya había colonizado su mente de modo irremediable.

Arturo captó en el rostro de Ágata el tormento que él mismo había desatado igual que ella detectó su aflicción y culpabilidad, pero la joven no estaba dispuesta a prestarle más atención, pues Viviana acababa de girarse y de posar los ojos en ella.

La joyera había imaginado muchas veces cómo sería ese reencuentro, pero nunca se había figurado que la italiana se hiciera la sorprendida. Su aparatoso collar de perlas y diamantes de veinte vueltas tintineó cuando sacudió la cabeza.

—¡Vaya! ¿Quién es esta encantadora joven con la que está conversando, mi estimado barón de Valdecarros? ¿Son esos los navíos de los que el rey y toda su corte llevan días hablando? ¡Son realmente exquisitos!

Ágata parpadeó. Para aplacar las lágrimas y para contener la ira.

—Sabe perfectamente quién soy, señora —repuso la joven indignada.

—Por supuesto, la hija del joyero que Alfonso mandó llamar por su proeza orfebre, se la estoy reconociendo. ¿Me los dejaría ver?

Ágata estuvo a punto de darle un tortazo en la mano para impedir que alcanzara el navío del cuello, pero se conformó con apartársela con suavidad.

—No, no me refería a eso, y usted lo comprende bien —le espetó clara—. Usted visitó el negocio de mi padre en Málaga, hará cerca de un año y medio, interesada en un anillo. ¿Acaso se atreve a negarlo?

Con una habilidad interpretativa digna de la más instruida actriz, la condesa alzó las cejas y se llevó una mano al pecho.

—Oh, querida, no se altere. Ha debido de confundirme, ¿no lo ve?

—Se señaló a sí misma y a su vestido dorado de pedrería, como si el gesto resumiera la imposibilidad de que una mujer de su categoría se tomase la molestia de salir por ahí a comprar sus propias joyas—.

Le aseguro que yo jamás he estado en el sur de España.

Y ahora, si me disculpan, debo volver a mi alcoba para retomar mis tratamientos de belleza.

Esta luz en la piel no se mantiene sola, ¿saben?

He bajado solo porque el barón de Valdecarros me avisó de que interpretaría una de mis arias favoritas, confío en que la disfrutaran. Ciao!

No dejó a Ágata hablar de nuevo. La condesa se despidió de ambos con una reverencia no exenta de teatralidad.

Después se marchó dando un giro muy pronunciado, contoneando las caderas rumbo a la salida y mostrando la enorme lazada que coronaba su falda, a juego con el cierre del elaborado collar de perlas.

Tras lucirse y recibir un baño de halagos, el resto del evento no le ofrecía el más mínimo interés.

La joyera la vio marchar impotente y dolida, sin dejar de notar la presencia de Arturo a su lado.

—Miente —sentenció Ágata entre dientes, como si mordiera furiosa esa realidad indiscutible.

El Barón Tasador suavizó la expresión y se llevó las manos a la espalda, animándola a explicarse.

—Esa mujer estuvo en mi casa de Málaga, Arturo —insistió señalando el lugar por donde se había ido Viviana—. Quiso comprar el anillo de mi padre. Justo antes de que él muriera y de que el anillo desapareciese. —Parpadeó una vez más para mantener a raya el llanto—. Ella tuvo que llevárselo.

—No recuerdo que la mencionaras.

Ágata se echó un poco hacia atrás, sin entenderle.

—Digo que, cuando me contaste la historia de tu padre y del anillo, no mencionaste nada de una mujer como la condesa de Costigliole.

—Te… te lo estoy contando ahora, Arturo.