Capítulo 29 #3
—Su ausencia te ha dado trabajo. Perdón, «le» ha dado trabajo.
Ágata se había tomado la libertad de tutearlo por la confianza del pasado, pero ya no era apropiado que siguiera haciéndolo, por la nueva posición y por la distancia que se había interpuesto entre ellos. Raimundo prestó mayor atención al contenido que a la forma del mensaje.
—No me tome por ruin —dijo dolido—. Yo…
—Vaya, señorita Guirado, veo que ha encontrado al señorito Raimundo —exclamó alegre el señor Morphy.
No era el momento más oportuno, pero ambos jóvenes sabían que no les quedaba más remedio que atenderle.
—¿Adónde ha ido ahora mi alumno más díscolo?
—Ahí lo tiene, señor —masculló Raimundo sin apartar la vista de Ágata, aunque señaló casi el lado contrario de la estancia—. Está a punto de ofrecer un concierto de piano.
—Será una de sus bromas. Hace años que Arturo no toca para nadie.
A Ágata no le pasó desapercibido el apunte de Morphy, idéntico al de Raimundo, y pensó en lo afortunada que era por haber tenido el privilegio de que tocara para ella.
—Se ve que la independencia del señor barón es bien conocida.
—No es independencia, señorita Guirado —matizó Morphy—, sino apatía.
Arturo Bosco de Montesinos es un genio musical, su formidable oído le permitió dominar todos los instrumentos que cayeron en sus manos desde muy temprana edad.
A los doce años se hartó del piano y del violín y buscó retos en el arpa, la guitarra, la flauta, ¡hasta en la gaita!
No sabe lo contento que se puso cuando vio por primera vez un acordeón en Francia.
Jamás he visto a un joven con mayor potencial, pero llegó un punto en que ni siquiera cuando descubría un instrumento nuevo quería interpretar para los demás, dijo que se había hartado de ser un payaso de circo para la aristocracia.
¿Se lo puede creer? Qué carácter se gasta.
Al escuchar el relato de Morphy, Ágata pensó que el barón y ella tenían más en común de lo que había creído hasta entonces.
—Ahora bien, deberían haber visto la cara que puso cuando escuchó sonar por primera vez un grupo de gemas en una joyería parisina.
Fue de casualidad, pero le dejó estupefacto, y radiante.
Me anunció que por fin había encontrado «una forma de hacer música con la propia belleza de los objetos».
A saber qué demonios significa eso —dijo el señor Morphy, y se giró para atender el concierto de piano que iba a ofrecer su talentoso discípulo.
Ágata suspiró admirada y Raimundo chasqueó la lengua.
—Todo virtudes, el barón.
—Sí que le tiene tirria.
—Sencillamente, le conozco, señorita Guirado.
—Yo le conozco mucho mejor que usted.
—No puede hablar en serio.
La mirada de ella lo hizo balbucear, y llamarla por su nombre por primera vez:
—Ágata, ¿es que no recuerda mis advertencias sobre las intrigas aristocráticas?
Cuando se lo dije, pensaba sobre todo en él.
Esa apatía que menciona el señor Morphy y que el barón de Valdecarros arrastra desde muy joven, siempre lo lleva a buscar las más nefastas distracciones: solo le motiva lo retorcido y la compañía igual de ladina que él.
¿Sabe que ahora tiene por asistente a una antigua madama?
¿Se puede ser más excéntrico? Arturo Bosco de Montesinos es un hombre sin límites.
Es sin duda alguna el peor hombre que podría cruzarse usted en la vida, y si lo conociera de verdad, se habría dado cuenta hace mucho.
Eso le dolió de verdad; tanto, que cerró los ojos.
—¿Sabe a quién no conozco de nada? A usted. Casi ni le he reconocido por su gesto mezquino y cargado de rencor.
Raimundo apretó los labios y se irguió aún más.
—El mozo tímido e inseguro que conoció en Málaga tuvo que pasar por muchas penalidades.
Supongo que podrá comprender el sufrimiento de la casa Montpensier tras morir mis queridas Mercedes y Cristina.
Cuando Alfonso me pidió que viniera a Madrid para ejercer como su Real Guardajoyas, en un principio me negué.
No solo por respeto a la memoria de Velasco, ni por el dolor que me supone tener que recorrer cada día los últimos pasillos que mi hermana adoptiva pisó, cosa que también le sucede a su majestad, sino porque detesto tener que ver ese anillo infernal.
Ágata se estremeció.
Fue a preguntarle, pero se extendió tal silencio en la sala que no le quedó otra alternativa que callar.
Volvieron la vista hacia el mismo punto que el resto de los invitados.
Al piano y a su intérprete. Arturo llegó con sus andares decididos algo más pausados, y tomó asiento frente al instrumento.
Ágata debía reconocer que escucharle tocar el acordeón no la había preparado para su destreza al piano.
Estaba tan absorta en la postura, la habilidad y la belleza que sacaba de las teclas que había olvidado la mención al anillo.
Entonces sintió una nueva y magnética presencia en la estancia.
Vio a una mujer exquisitamente vestida abriéndose paso hasta el piano y la reconoció al instante, por su expresión radiante y altiva.
El cabello dorado, los ojos verdes de peridoto.
Ágata jamás olvidaría el rostro de la mujer cuya visita precedió a la muerte de su padre.
La hermosa aristócrata sonrió al pianista y arrancó a cantar.
Ahí sí que se hizo el silencio.