Capítulo 29 #2
Ágata sonrió y le acarició el pómulo. Le hubiese encantado decirle lo que sentía, lo mucho que lo amaba, y que su título, sus posesiones o lo que protegiera su honor le daban igual, pues, aunque hubiese sido el hombre más humilde del mundo, a su corazón le bastaba solo con él.
Pero por eso mismo Ágata se abstuvo de confesárselo.
Le dio la impresión de que Arturo le ofrecía casarse con ella solo para compensar haber tomado su virtud.
Si él no se había enlazado hasta entonces con nadie era porque prefería su independencia, o así se lo había transmitido.
Y si a ella la idea del matrimonio ya le suscitaba muchas dudas, hacerlo por obligación le producía un profundo rechazo, más teniendo en cuenta sus sentimientos por Arturo.
Así que se limitó a besarlo en los labios para agradecerle de nuevo el gesto.
Un gesto que jamás aceptaría. No así. Ella se había entregado a él porque jamás había sentido algo tan grande por nadie, los llevara a donde los llevara.
Ágata alzó la vista y entró en el Salón de Columnas. Tenía un objetivo que cumplir.
Esa estancia servía de comodín para casi todos los eventos.
Le llamaron la atención algunas mesas cubiertas de magníficas torres de canapés y dulces aún más fastuosos, por lo que no dudó en compartir sus alabanzas con la primera doncella que encontró para que las transmitieran a la Real Cocina, a lo que esta sonrió sorprendida y muy agradecida.
También se quedó prendada de un antiquísimo y hermoso piano de cola con una escena bucólica pintada en la parte interior de la tapa.
Pero lo que más impresionó a Ágata fue la cantidad de asistentes y lo diferentes que parecían unos de otros.
Ignoraba qué hacer o adónde ir. Un paje muy atento le preguntó su nombre y la anunció, pero nadie se le acercó ni le dijo nada.
Los navíos atraían miradas de asombro, pero también percibió otras menos halagüeñas, como las de un par de señoras bastante altaneras que murmuraron sin apartar los ojos de ella, o la de un alabardero con una fiera cicatriz curvada sobre una de sus cejas fruncidas.
Inspiró profundamente para apartar las inseguridades que le provocaron y se adentró en el salón decidida a lograr su objetivo.
Entonces distinguió al rey Alfonso XII a lo lejos y se vino abajo.
El monarca estaba hablando con una joven muy distinguida y con un caballero maduro de aspecto solemne: la infanta Pilar y Pepe Alcañices, el duque de Sesto.
La hermana del rey vestía de blanco con un llamativo sombrero rojo y tenía un hermoso abanico de nácar sujeto con la mano izquierda.
Estaba muy pálida y algo alicaída. Los dos hombres, impecablemente ataviados, aunque no con sus galas militares, charlaban animadamente; sin embargo, al rey se le apreciaban ojeras y un deterioro impropio para su edad, motivado sin duda por su conocida melancolía.
A Ágata se le ocurrían muchas cosas que decirle y preguntarle a un rey, pero no tantas que compartir con un hombre tan joven de luto.
Tomó conciencia de que estaba en una posición privilegiada y que, de producirse la tan esperada conversación, debía centrarse en lo que la había conducido hasta allí: agradecer su interés por su trabajo y preguntarle por el anillo.
Tan ensimismada estaba que se sobresaltó cuando oyó una voz a su espalda:
—¡Señorita Guirado! Qué gusto verla. Disculpe si la he asustado. Qué barquitos tan preciosos y encantadores, ¿son obra suya de verdad?
—Discúlpeme usted a mí, señor Morphy, estaba en las nubes. ¡No sabía de su asistencia!
Guillermo Morphy, gentilhombre y mentor del rey, sonrió. Estaba igual que la última vez que Ágata lo vio años atrás en Málaga, si acaso con algunas canas más.
—Mi discípulo me avisó de que usted asistiría al evento.
—¿El rey?
—No, no, el otro, el descarriado. El tercer barón de Valdecarros siempre ha sido proclive a la bravuconería, pero jamás lo he visto poner mayor ímpetu en presumir que cuando aseguró haber conseguido su amistad después de tanto tiempo admirándola.
Ágata parpadeó pensando en Arturo y en lo extraño que le parecía lo que Morphy le acababa de decir.
—Fíjese, a mí el señor barón no me dijo nada de que le vería.
—Tampoco confirmé a nadie mi asistencia.
—¿No forma parte de sus funciones como preceptor del rey?
—A ratos. —Se encogió de hombros con su característica elegancia—.
Su majestad se divierte más con el duque de Sesto y otras…
fuentes de distracción, y prefiere sus consejos.
Es fácil olvidar las ocupaciones de cada uno, ¿sabe?
Tanto para el que recibe los consejos como para el potencial consejero.
No sé qué es más peligroso: me resulta tan catastrófico que el cortesano haga de ministro como que el ministro haga de cortesano.
Ágata sí que no supo qué replicar.
—En cualquier caso, me alegro de que esté aquí, caballero, temía no conocer a nadie.
—Le aseguro que eso no es así, señorita Guirado. Cielos, casi la compadezco un poco, esta velada le tiene algún que otro sobresalto más reservado.
A la joven le picaba la curiosidad, pero el señor Morphy no le dijo más a ese respecto y no tuvo oportunidad de preguntar. El preceptor tuvo la amabilidad de presentarla a los asistentes y de identificar para ella a los que no llegaron a saludar.
Paseando la vista por la sala, reconoció al momento a un hombre canoso con perilla y anteojos. Antonio Cánovas del Castillo, su admirado paisano, estaba rodeado de un círculo de personas que lo escuchaban atento. Su acompañante la guio hasta que ellos también oyeron sus palabras.
—Luego, si usted lo desea, los reuniré como buenos malagueños que son —le dijo Morphy al oído—. Acaban de pasar a hablar de la futura esposa del rey, y le ahorraré el folletín.
—¿Don Alfonso va a volver a casarse?
—Eso esperamos. Nuestro rey anda disperso, y después del fallecimiento de doña Mercedes, cada muerte de un ser querido lo hunde más en la miseria. Estamos barajando la posibilidad de que se despose con una abadesa austriaca.
—¡¿En Austria las monjas pueden casarse?! —preguntó Ágata escandalizada.
—Oh, ¡no, no, señorita Guirado! —repuso Morphy riéndose por su estupor—. Lo de «abadesa» es solo un título que tiene la archiduquesa de Austria.
Ella seguía sin entenderlo, pero asintió. No continuaron la conversación porque se les acercó la persona que Ágata más deseaba que la acompañase en esa velada. Incluso por encima del rey.
—¿Todavía estáis en las conspiraciones cortesanas? Y yo que pensé que se habrían atenuado un poco a lo largo de la tarde.
Arturo los interrumpió con toda la naturalidad del mundo, y Ágata agradeció que Morphy le dedicase su atención para que no fuera testigo de su incontenible expresión de damisela enamorada.
—Ah, mi discípulo pródigo, por fin apareces.
—Le agradezco que haya estado acompañando a la señorita Guirado, maestro.
—Eso es siempre un privilegio y un honor.
Morphy observó interesado la complicidad que había entre ambos hasta que Arturo tuvo el buen tino de tomarla del brazo para alejarse del mentor del rey.
—Ven, Ágata, voy a llevarte a saludar al nuevo Real Guardajoyas —dijo Arturo para excusarse con Morphy.
—Confío en que se siga divirtiendo, señorita Guirado —se despidió el preceptor con una sonrisa—. Ya le dije que la noche le reservaba más sobresaltos.
Cruzaron el salón del brazo y Arturo le guiñó un ojo para reconfortarla. Se detuvieron a la espalda de un hombre y Ágata se fijó en su cabello rubio y en la buena planta de su postura y de su traje. Arturo le tocó el hombro para interrumpirle en el gesto de ir a coger otra copa de vino.
—Espero que no le moleste, señor mío, pero traigo a una persona que desea saludarle. Creo que ya se conocen.
La joyera parpadeó confusa cuando el joven se dio la vuelta, y se quedó mirándolo sin decir palabra porque la observaba de un modo que no se correspondía al recuerdo que ella tenía. Durante un instante llegó a pensar que se estaba confundiendo de persona.
—No se equivoca, señor barón —dijo el joven de gesto adusto, recolocándose la flor de lis en oro de los Borbones que le hacía de pillacorbatas—, aunque la señorita Guirado y yo apenas coincidimos unos pocos días en Málaga hace algunos años.
Preciosos navíos de pedrería, por cierto; los rumores se quedaron cortos.
—Raimundo Ulloa.
El apadrinado del duque de Montpensier, su amigo sevillano, había cambiado físicamente, ahora estaba más alto y apuesto. Se había convertido en un hombre imponente e intenso, como manifestaba su expresión.
—¿Acabó usted de pretendiente de la señorita Guirado, señor Ulloa? —preguntó Arturo con malicia.
Raimundo boqueó con un sonrojo apoteósico que Ágata sí reconoció y que no dejaba margen de duda.
—Vaya, estabas hecha una rompecorazones. Por no hablar de que parece que te atraían los caballeros de postura digna. Espero que se te haya pasado, querida.
—¿«Querida»? —repitió Raimundo indignado.
—Disculpadme —atajó Arturo poniendo fin a la conversación—. He de hablar con Alfonso cuanto antes porque he acordado ofrecer un concierto de piano.
—¡Hace años que usted no toca para nadie! —protestó Raimundo.
—Con eso he generado expectativa —repuso el Barón Tasador, con una carcajada, para luego dar media vuelta e ir en busca del monarca.
Se hizo un silencio incómodo.
—Dígame, por favor, que no se ha enredado con el barón de Valdecarros —le rogó Raimundo con un gesto de profundo malestar.
—Se ve que es costumbre de los Guardajoyas del rey meterse en mi vida privada —le espetó Ágata sorprendida e irritada.
Raimundo captó la alusión a Velasco y, por un instante, dejó de lado lo que fuera que le preocupase en relación con Arturo.
—Sentí mucho la muerte de Velasco, señorita Guirado. Y la de su padre. Sabe que tenía en muy alta estima a su familia. Me alegré de verdad cuando me enteré del nombramiento de Velasco. Ni siquiera nos dio tiempo a reencontrarnos en Madrid. Me apena cada vez que lo pienso.