La hija del joyero Capítulo 29
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Capítulo 29

Ágata Guirado se encontraba de nuevo en el Palacio Real de Madrid.

De nuevo, junto a Arturo. Sin embargo, en esa ocasión accedía por la puerta principal, invitada expresamente por el rey.

Debido a los nervios, la joyera malagueña apenas pudo disfrutar de ser saludada por los alabarderos y pajes dispuestos por la plaza de la Armería o por el zaguán de recepción del edificio.

Incluso siendo el evento una merienda «informal» para allegados menores del rey, Ágata y Arturo debían presentarse en vehículo de caballos y atenerse a la etiqueta de la ocasión, puesto que hasta el acto más informal era formal si estaba la realeza de por medio.

La excitación le impidió darse cuenta de la sensación que provocó su conjunto nada más descendió del carro ayudada por Arturo.

Asistentes y sirvientes no podían evitar girarse y quedarse embobados al verla pasar. A ella y a sus tres navíos de pedrería.

Ágata había decidido lucirlos como accesorios.

Eligió el vestido más sobrio posible para que las joyas fuesen las protagonistas, si bien su figura siempre tendía a llamar la atención, como sus guantes de encaje y las dos lupas que coronaban su recogido.

Las piezas de pedrería eran tres barquitos de un tamaño considerable.

El más pequeño decoraba su oreja derecha.

Destacaba por el armazón de nácar, tres rubíes incrustados y tres perlas colgadas por debajo, aunque los componentes más sorprendentes eran un minúsculo capitán de barco al timón, el grumete asomado a la proa y un tierno perro junto al mástil; tanto estos como la única vela discreta estaban definidos por el esmalte más virtuoso.

Los otros dos navíos llamaban más la atención de lejos porque contaban con más velas y detalles minúsculos, tanto en metal como en otros materiales.

Ágata había colgado uno en una gargantilla que reposaba sobre las clavículas, y el otro a la espalda, de una forma tan encantadora como elegante, con la canica anaranjada de Juana Crooke en la cúspide, para que le diese fuerza.

Arturo se deshizo en elogios cuando la recogió del edifico de los Mellerio. Era la primera vez que veía con sus propios ojos los tres navíos después de haber oído hablar de ellos.

«No me postro ante ti porque sé que tu infinita modestia te lo haría pasar mal, pero la principal razón es porque ya me tenías fascinado desde el mismo instante en que vi tu destreza y supe que serías capaz de crear maravillas como estas», le dijo el barón de Valdecarros con una mano en el corazón.

Arturo llevaba un conjunto borgoña y marfil que, sin quererlo, iba a juego con los detalles de su obra. Incluso había hecho el esfuerzo de ponerse una preciosa corbata marrón, en honor al rey. En la solapa de la chaqueta destacaba el alfiler de pipa. Ágata sintió que era el mayor halago posible.

De camino al Salón de Columnas, donde se celebraría la merienda, lo único que consiguió mantener a raya las pulsaciones de Ágata fue la mirada cálida de Arturo y el tacto reconfortante de su mano ayudándola a subir las escaleras.

Arropada por la compañía del barón de Valdecarros, y pese a lo inapropiado del momento, las imágenes de su encuentro íntimo unos días atrás asaltaron la mente de Ágata.

Había sido su primera vez con un hombre y se acaloraba de solo recordarlo.

Arturo la tomó en volandas y la llevó a su habitación.

A aquellos besos ardientes les siguieron muchas sensaciones distintas.

Él no le quitó la vista de encima, como si cada gesto de ella lo intranquilizara y lo complaciera al mismo tiempo.

Ni en sus más descabelladas fantasías había imaginado Ágata las cosas que él llegó a hacerle.

Como que se arrodillara a sus pies y se abriese hueco entre los pliegues de su falda para hundir la cabeza en su punto más sensible.

A Arturo parecía gustarle buscarla entre la ropa, la destreza de sus dedos siendo reemplazada por la de su boca.

Solo cuando consiguió que perdiera la cabeza comenzó a desnudarla lentamente, al tiempo que ella hacía lo mismo con él.

Descubrir la anatomía de Arturo, tan preciosa como ruda, provocó que el hambre que había contenido por él terminara por desatarse.

No podría decir quién de los dos arrojó primero al otro sobre la cama.

Sí tuvieron un momento de vacilación por la inexperiencia de ella, la cual él no esperaba; esto hizo que dudara si seguir adelante, hasta el punto de ofenderla.

Cuando Ágata comprendió que Arturo solo estaba siendo considerado, situando aquel privilegio sobre un pedestal que ella se negó a aceptar, lo animó a que sus sentimientos fluyeran.

A pesar de ello, Arturo fue todo prudencia y delicadeza, preocupado como si para él también fuese la primera vez.

No el acto carnal en sí, cuyos tiempos y secretos parecía conocer, sino el hecho de mostrárselos a otra persona.

Cada lamento de Ágata resultó más tortuoso para él que para ella, y bastó el más mínimo ruido adverso para que Arturo reculara asustado, abrazándola en consuelo como si le fuese la vida en ello, preguntándole a cada instante si necesitaba parar.

Y ella negó, desbordada por la ternura que le demostraba.

No tardaron en coordinarse y en compenetrarse.

Al final, Ágata dejó que la poseyera el ímpetu y le transmitió a Arturo que se dejase llevar igual.

Y tanto fue así, que pareció imposible que hubiese tiempo para dedicarse palabras de entrega, para apreciar sus respectivos aromas, o para contemplarse hechizados.

Nunca mirarse a los ojos en medio de la lujuria supuso mayor devoción por ambas partes.

Pero estuvo presente en cada caricia y gemido, como si cada uno representase todo el mundo del otro.

Cuando Ágata amaneció en la cama de Arturo acurrucada contra su pecho, con las piernas entrelazadas y sus brazos rodeándola, solo pudo suspirar.

Agotada, entumecida, pero agradecida por tanta felicidad.

Volvió a besar sus cicatrices, ascendiendo por el cuello hasta la mejilla.

Arturo enseguida despertó y se limitó a mirarla perezoso, pero de esa forma que la hacía estremecer.

En silencio, atento, con esa pizca de seriedad que casi nunca mostraba ante nadie.

Arturo le acarició la espalda desnuda con mimo, luego le depositó un beso en el hombro, otro en la frente, y por fin en los labios, donde se demoró más tiempo del que pretendía porque Ágata se le subió encima y él la recibió encantado.

Les costó separarse ya vestidos en la entrada de Villa San Andrés, porque ni los besos ni las caricias parecían suficientes, hasta que el barón de Valdecarros le rogó que le permitiera acercarla en su vehículo al centro de Madrid.

Fue la presencia de posibles conocidos lo que los llevó a moderarse en sus carantoñas, que no en las miradas, hasta que el coche de Arturo se perdió por la avenida.

Esa tarde, en el Palacio Real, se miraban exactamente igual, aunque nadie que los viese fuera consciente de lo ocurrido entre ellos, como si nada hubiese pasado. Pero había pasado, todo había pasado.

Ágata se quedó desconcertada cuando Arturo se detuvo en el Salón de Alabarderos, justo antes de entrar en el de Columnas.

—¿No vienes conmigo?

Él apretó la mandíbula y arrugó el ceño un instante.

—Iré un poco más tarde. Antes tengo que cerrar un asunto.

Su sonrisa no la convenció. Y él, como si le hubiera leído la mente, tomó su mano derecha para darle un beso en un dedo concreto.

—Lo harás genial, Ágata. Tú no me necesitas ni a mí ni a nadie para dejar a toda esa gente con la boca abierta.

Ella le devolvió la sonrisa, algo alicaída por verlo marchar.

Después contempló el lugar que Arturo había besado.

Aunque estuviese cubierto de encaje, cualquiera que mirase se daría cuenta de que llevaba un anillo en el dedo anular.

Una perla gris coronaba diminutos diamantes relucientes.

Ágata lo tocó insegura. Arturo se lo dio la mañana que amanecieron juntos.

El Barón Tasador había reparado en las gotas de sangre que la virginidad de Ágata había dejado entre sus sábanas.

Aprovechó mientras ella se vestía para desaparecer y volver con un anillo.

Algo torpe, se lo puso en el dedo. Ágata nunca había visto una perla gris.

Al margen de su opinión sobre las perlas, esa variedad resultaba muy codiciada, por su lustre nacarado ligeramente más oscuro y colorido que en una perla común.

—Perteneció a mi abuela materna —explicó Arturo—, la primera baronesa de Valdecarros. Quien se la legó a su sucesora.

Ágata parpadeó abrumada. La joven fue a rechazarlo, pero él se adelantó.

—Lo sé, sé lo que vas a decirme, pero por una vez escúchame primero —le rogó cubriendo sus manos—. No… no tiene por qué significar nada, ¿de acuerdo? Sí necesito que entiendas que soy consciente de lo que he tomado esta noche de ti y…

—Y yo me entregaría a ti mil veces, Arturo —lo interrumpió ella—, sin condiciones, sin ningún remordimiento, solo por volver a compartirlo contigo.

Arturo la miró preso de las sensaciones enfrentadas que se habían apoderado de él. Le dedicó una expresión mucho más suave, acariciando sus nudillos.

—Soy consciente de lo que he tomado esta noche de ti —repitió cada palabra dotándolas de mayor peso—, así que…

si en algún momento deseas que me responsabilice, lo haré sin dudarlo.

Lo haré encantado. —Se llevó su mano al pecho, sobre el corazón, sobre la cicatriz más importante.

Bajó la barbilla y cerró los ojos—. Mi título está más que maldito, y entregártelo sería darte más cargas que privilegios a la larga, de sobra comprendo que eres demasiado buena para que yo o cualquier otro idiota te ate a él, pero te ofrezco mi mano para que hagas con ella lo que quieras.