Capítulo 28 #3
La joven malagueña disfrutó de lo lindo la expresión de asombro del barón de Valdecarros cuando la vio llegar a Villa San Andrés en coche de caballos.
Se lo encontró vestido de jinete, acompañado de un precioso percherón negro que trataba de ignorar a Hefesto, Hades y Cerbero.
Lamentó que Ofelia no se encontrase para que viera a Arturo completamente perdido mientras la observaba descender del vehículo ayudada por el cochero.
La joyera carraspeó y se atusó el recogido mirando hacia otro lado mientras esperaba a que el barón de Valdecarros saliera de su estupefacción y la invitara a entrar en su mansión.
Luego desestimó cualquier bebida o acomodo que le propuso, por lo que los sirvientes los dejaron solos.
—El rey me ha invitado a su próxima merienda en el Palacio Real —soltó de sopetón Ágata.
Arturo la estudió atento, con esa suavidad que parecía poseerle cuando ella lo abrumaba.
—¿Es… posible que don Alfonso se haya animado a verme porque tú se lo has pedido?
El Barón Tasador frunció el ceño y sonrió algo ofendido.
—Yo no he intervenido en esto, Ágata. Te lo aseguro.
—Tampoco le has dicho que no me recibiera.
—Bueno, no, tampoco, ¿por qué iba a hacerlo?
—Últimamente parece que no quieras que pise ningún entorno que tú frecuentes. Tal vez incluso te esté incomodando que haya venido hasta aquí.
Arturo abrió y cerró la boca varias veces, contrariado. Suspiró.
—Eso jamás. Yo solo… he estado más ocupado de lo habitual. Si te ofrecí mis recursos y mi inmueble fue precisamente para ayudarte a conseguir tus propósitos, pero que lo hayas logrado es mérito tuyo y de tus joyas, Ágata.
Tras mucho dudar y temblando como un flan, la joven le entregó un precioso alfiler de solapa en forma de pipa, una idéntica a la de Arturo.
—Es apenas una baratija —empezó a quitarle importancia ella—. Lo hice con algunos materiales que me sobraron. Y… y, en fin, solo quería tener un gesto contigo, en gratitud por tu ayuda.
El barón de Valdecarros parecía haber olvidado todo lo que le rodeaba. Parpadeó despacio sin apartar la vista de la pieza extraordinaria que ella había hecho para él.
—Y yo que estaba dejando de fumar…
—¿Por alguna razón?
—Resulta que la mujer que me quita el sueño no soporta que fume.
Controlando los temblores, Ágata alzó la mano y le abrió el cuello de la camisa con extrema delicadeza para acariciarle el pecho. Luego siguió el curso de la cicatriz curva con los dedos.
—Esta herida parece más grave que las demás.
—Casi muero desangrado —confesó él. Ella lo miraba asustada, pidiéndole más información.
Arturo fluctuó, pero accedió—: Ocurrió durante mis años como militar.
En un entrenamiento, uno del pelotón fue a atacar a un buen amigo, así que me interpuse.
Sabía que el otro llevaba algunos días furioso con él porque se había encamado con una moza de la que estaba enamorado, pero nunca pensé que trataría de matarlo.
Hasta que noté en mis propias carnes lo hondo que pretendía clavarle el cuchillo, claro.
Ágata se estremeció.
—Tu amigo debe de tenerte en un pedestal.
—Jacinto era muy suyo para dar las gracias.
—Le salvaste la vida, ¿cuántas personas habrían hecho lo mismo?
Arturo no respondió. Sus mejillas tomaron un tono rosado tan tierno que Ágata deslizó la mano por su cuello hasta llegar a ellas. Luego introdujo los dedos en su cabello con los labios ligeramente entreabiertos, dándole a entender que le rogaba que se inclinara hacia ella.
Él fue a obedecer con el gesto fruncido, pero en el último momento se frenó.
—¿Sabes? Aprendí pronto a no crear lazos con quien estaba fuera de mi alcance. Ni siquiera… oso imaginarme llevando una vida normal con nadie.
Sin apartar la mirada de su boca, Ágata le susurró:
—¿Y por eso rechazas mi iniciativa?
Arturo cerró los ojos con fuerza.
—Quizá solo esté escarmentado: la primera vez que te devolví un beso me cerraste la puerta en las narices y la segunda me cruzaste la cara.
Volvió a mirarla. Ambos se escudriñaron. Ella se sonrojó avergonzada.
—Bueno… No es eso lo que te he preguntado.
—Ágata —inspiró hondo—, dijiste que no querías implicarte emocionalmente. E incluso me gritaste que no me querías como amigo.
—Eso… sigo pensándolo. No te quiero como amigo. Solo como amigo no.
Él parpadeó confuso, con la mandíbula apretada, pero no tardó en rodear su cintura con los brazos para tomarla de esa forma que tanto les gustaba, ella apoyando las manos en su pecho, imponiéndose. Arturo le apartó el flequillo del rostro con suma ternura.
—No sabes lo que me estás pidiendo. En lo que te estás metiendo.
—Quizá porque no terminas de enseñármelo todo.
—Mujer preciosa y temeraria.
—Hombre apuesto y orgulloso.
Arturo la miró largo rato. Al final la tomó por la nuca y estampó su boca contra la suya.
El recuerdo de su primer beso bajo la lluvia les vino a ambos a la cabeza, y como si lo hubieran dejado pendiente hasta ese instante, lo retomaron in crescendo .
Primero suave, sus labios susurrándose lo mucho que se habían extrañado, prometiéndose horas de compensación.
Después olvidaron cualquier tipo de recato, devorándose el uno al otro, y recordaron su segundo momento íntimo.
Ardiente, carente de pudor. Pese a la fogosidad de su entrega, Ágata notó que Arturo se agachaba para alzarla en volandas, con un brazo bajo sus rodillas y el otro sosteniendo su espalda.
No dejó de besarla mientras la llevaba escaleras arriba hasta su dormitorio, ambos rindiéndose a lo que sentían.