Capítulo 28 #2
»Es el ópalo que hace pareja con el diamante del anillo.
Los anillos de dos piedras, los toi et moi, como gemelos que son, tienen algo místico.
El equilibrio entre dos gemas es muy difícil de conseguir, aún más si las piedras son completamente distintas.
Pero yo lo logré. El ópalo es una gema que muchos joyeros consideran cargada de mal fario.
Sin embargo, fui arrogante y egoísta, pues lo único que me importó era su desconcertante belleza y lograr que se equilibrara con otra piedra tan pura como ese diamante.
A veces pienso que, de alguna manera, una acabó perturbando a la otra en un caos coherente, y aunque la pieza que salió de mis manos era excepcional, algo me decía que esa joya cargaría con mayores problemas que mi mentira.
»Una tarde, poco después de que le diera la sortija a tu madre, doña Concha se presentó hecha un basilisco en mi taller cuando vosotras no estabais.
Su hija había intentado suicidarse porque ella había impedido la boda con su prometido, al que repudió tachándolo de oportunista y rastrero incapaz de velar por su futura mujer.
Por fortuna, la muchacha no consumó el peor pecado para un alma cristiana, pero la ira de doña Concha se desató al enterarse de que la supuesta gema sin valor había acabado engarzada en el anillo que llevaba tu madre.
Dedujo mi ardid. “¡Yo te maldigo, Aurelio!”, me gritó con una cólera propia de una bruja, “¡que esa joya que tú mismo creaste traiga a quien más amas toda la desgracia de este mundo!”.
Teniendo en cuenta que le importó más perder un buen pretendiente para su hija que el dolor que le causó a ella, hasta me alegré de su pataleta.
Pero antes de que acabase esa misma semana, nos enteramos de la enfermedad de tu madre, que se la llevó en pocos días.
Así que esa joya sí que trajo la desgracia a lo que más amaba.
»Yo mentí, y por mucho que doña Concha se mereciera un escarmiento, fue mi decisión la que desencadenó la desgracia.
Así que al perder a tu madre decidí guardar aquel anillo para siempre en un cajón, junto con todos los bocetos que empleé para crearlo.
Ese anillo endemoniado es una prueba de hasta dónde puede llegar la ambición de un hombre.
»Como joya, tiene la extraña capacidad de despertar la arrogancia y la codicia en quien lo ve, por eso me desobedecisteis Velasco y tú.
Esa mujer italiana no es la primera que se ha interesado por él, otros antes lo descubrieron por casualidad y me ofrecieron cantidades absurdas de dinero para adquirirlo.
Llegué a pensar que de verdad está maldito, y que atrae a personas con la misma aura que él para condenarlas.
Muchas veces pensé en destruirlo, pero tampoco soy capaz: me produce espanto mirarlo siquiera.
»Ágata, pase lo que pase, no puedo permitir que nadie lo tenga, ni mucho menos que acabe en manos inocentes. Porque, de ser el caso, te aseguro que no podría morir en paz.
Ágata recordó la historia narrada por su padre mientras concluyó sus barquitos de pedrería, y tuvo que limpiarse las lágrimas para evitar que les cayeran encima.
Levantó uno de ellos, orgullosa y satisfecha, pero con cierta sensación de amargura.
Su dolor era la constatación absoluta de que jamás se rendiría en lograr su propósito.
Inspiró hondo y habló en voz alta, como si Aurelio estuviese siendo testigo de su hazaña orfebre:
—Le garantizo que le ayudaré a descansar en paz, padre. Aunque sea a mi manera.
No tardó en correr por Madrid el rumor de que la hija del joyero Aurelio Guirado había creado un conjunto de tres piezas únicas que nadie era capaz de describir con exactitud.
Decían que eran navíos. ¡Navíos! ¡De pedrería!
Quienes escuchaban el chisme no acababan de creerlo, pero los testigos solo tenían palabras de asombro y de admiración.
«Pero ¿cómo son?», preguntaban. «Sería imposible describirlos con palabras», decían los privilegiados, «¡hay que verlos! ».
Ágata, Lázaro y Ofelia fueron los responsables de difundir el rumor siguiendo un plan del ama de llaves, que sugirió aprovechar de nuevo sus contactos en palacio para llegar a las altas esferas y alimentar los oídos ávidos de comerciantes y desconocidos con conversaciones a voces cuando hacían recados por el centro.
A fin de cuentas, Madrid era el epicentro perfecto para los cotilleos jugosos e insólitos.
Toda esa algarabía, sumada a la curiosidad que ya habían generado las visitas de Ágata al Museo del Prado, no tardó en llegar a su majestad Alfonso XII.
A esto le siguió la ansiada invitación para conocerla en una merienda con otros artistas, eruditos y demás personas no necesariamente de alto abolengo a los que el rey estimaba.
Ágata estaba tan feliz que en un primer momento no prestó atención a los gritos de indignación de Antoine que se oían en todo el edificio de los Mellerio.
—¡Invitada!, ¡a palacio! ¡Y encima con motivo de unas joyas que ni siquiera ha fabricado en nuestro taller!
—Huelga decir que ella nos rogó trabajar aquí, hermano —trató de calmarle François.
—¡Eso no quita que sigue siendo una empleada nuestra, François! Sacrebleu! ¡¿Habrá humillación más grande?! Esto es culpa del dichoso barón, ¿quién si no le proporcionó el espacio y los medios? ¿Quién si no convenció al rey para tal dislate?
Al escuchar eso, Ágata apartó la vista de la preciosa tarjeta y se preguntó cuánto habría tenido que ver Arturo en que lograse su propósito, y decidió que no pospondría averiguarlo ni un instante.