La hija del joyero Capítulo 28
75%

Capítulo 28

Ágata se dio por rendida. Había luchado contra infinidad de adversidades a lo largo de su vida, y siempre siguió adelante, obcecada en mantenerse firme en sus creencias y convicciones.

Si las cosas se ponían feas, siempre podía contar con fingir fortaleza.

Por eso terminó rindiéndose ante la única persona a la que no podía engañar. Ella misma.

En el fondo, siempre había temido que, tarde o temprano, la mente de una artesana apasionada como ella sucumbiera a su corazón.

Ese que había dado por roto e inexistente.

Se equivocaba. Su corazón había empezado a latir como nunca al doblegarse a sus dos cauces más poderosos: la inspiración y el amor.

Por fin se había desatado como creadora y había acabado aceptando que estaba enamorada de Arturo. Con todo lo que ello implicaba.

En la soledad del salón principal del edificio donde había encontrado la libertad y el espacio para crear y ser ella misma, comprendió que amar no era ninguna debilidad, ni mucho menos una humillación, sino una consecuencia cuando tu alma estaba hecha para sentir sin restricciones.

Cuando Arturo le ofreció la luna con la certeza de que se la conseguiría, Ágata ya no fue capaz de contener lo que sentía por él.

Asumió que lo quería. Y el día que Lázaro Galdiano le entregó las gemas que le pidió, Ágata Guirado se rindió a reconocer que Arturo Bosco de Montesinos era el hombre que su alma desalineada había elegido admirar.

A la vez, a la joven no le extrañó darse cuenta de ese amor imparable justo cuando se proponía realizar su primera joya genuina.

Su corazón había despertado por completo, aunque le aterrara el resultado de aquella primera vez trabajando con plena libertad casi tanto como que Arturo fuese consciente de su amor.

Una cosa era que se hubiese dado cuenta de que lo amaba y otra muy distinta que pretendiera decírselo.

Temía que se lo tomara mal. O peor: a broma.

Agradeció que Arturo siguiese sin aparecer por la Carrera de San Jerónimo para poder pasearse libremente por su edificio sin tener que cruzárselo, con tiempo ilimitado para trabajar.

Esa tarde crepuscular de mediados de julio alzó la pieza más grande de las que conformarían su joya tras sacarla del molde con la misma fascinación y ternura que una matrona dedica al traer un bebé al mundo.

Justo entonces entró Lázaro por la puerta y, pese a la luz tenue de la sala, su buen ojo detectó al instante la particularidad del objeto en cuestión.

—¿Eso es oro?

—Pensé que era usted infalible a la hora de apreciar la calidad, querido Lázaro.

—No lo pregunto porque dude, señorita Guirado, sino porque no entiendo lo que ven mis ojos.

Su desconcierto satisfizo a Ágata.

—Se pueden crear distintos tipos de oro añadiéndole componentes a su fundición. Si se alea con cobre, adquirirá un toque rojizo; si se juega con plata y cobre, será verdoso, y se hará más amarillo o blanquecino al ir sumándole zinc, níquel, etcétera.

—Ya, eso lo sabía. Pero ese tono… Santo cielo, ¿cómo lo ha hecho?

Ágata sonrió con amplitud, pues el matiz que le había dado a la pieza era realmente gratificante, de una preciosa coloración entre el perlado y el vino rosado.

—¿No creerá que voy a contarle todos mis secretos?

Algo molesto por su actitud bromista, Lázaro acabó por rendirse a su encanto y al resto de las curiosidades que encontró por la mesa.

El joven contable miraba cada detalle de las piezas de su creación impresionado.

Si no fuera por sus modales y su manifiesto engreimiento, Ágata estaba convencida de que la habría aplaudido.

—Supongo que solo una mente tan brillante y unas manos tan diestras como las suyas, señorita Guirado, serían capaces de convertir un taller de joyería en un astillero.

Ágata rio la ocurrencia y le dedicó una mirada satisfecha a la pieza de oro en forma de navío. La idea de la composición era por completo suya, pero fue Lázaro quien la ayudó a dar con la clave.

Ella siempre quiso ser la joyera capaz de hacer las piezas más bellas con cualquier piedra, aunque fuese una muy insulsa.

Como su padre. Porque él siempre le dijo que, en una joya, la protagonista debía ser siempre la gema, y pensar distinto suponía desmerecer a la naturaleza, e incluso a la profesión.

«Sabes la diferencia entre el artesano y el artista», llegó a decirle: «El artesano trabaja para los demás, el artista, para sí mismo, por eso nunca sabe cuándo parar; eso es egoísta, no profesional.

Aunque nosotros disfrutemos mucho de nuestro oficio, los Guirado somos joyeros artesanos especializados en cumplir con los deseos del cliente.

Y tú, hija, eres demasiado… Vas demasiado por libre».

El caso era que Ágata se sentía artista. Y deseaba ser libre.

Así que, para poder conseguir lo que quería, debía abandonar por completo todas aquellas restricciones que su padre le inculcó.

Porque si hasta entonces había supeditado sus ideas, sus diseños e incluso su propia mano al servicio de las gemas, ahora necesitaba que fuesen las gemas las que la sirvieran a ella.

Lo único que debía hacer era pensar qué deseaba realizar, sin condiciones, y luego ya buscaría las piedras idóneas para poder darle forma.

Necesitaba liberarse. Por eso había acudido al Museo del Prado a inspirarse. Y miró muchos, muchos cuadros invocando el mantra «Aventura y sorpresas».

Fue entonces cuando se topó con los enormes cuadros de puertos y mares alborozados. Y de navíos. La idea fue como una revelación, visualizó una joya con forma de barco. Comenzó a dibujar y luego se dispuso a hacer los primeros moldes no sin ciertas dudas, hasta que Lázaro las disipó.

—Júreme que algún día me venderá estas piezas, señorita Guirado.

Ella se rio y estuvo a punto de hacer chanza con su exaltación. Hasta que vio la seriedad en sus ojos negros.

—Sé que su fin es impresionar al rey, pero ojalá no se los obsequie. Pagaré lo que usted me pida, pero tienen que ser mías. Júremelo.

La joven joyera solo pudo asentir, abrumada de que el más apasionado de los entendidos se hubiera enamorado de su obra sin estar siquiera culminada.

«Con un poco de suerte también conquistarán al rey», pensó Ágata. Esa sería su oportunidad de conversar sobre la firma Guirado, y de preguntarle por el anillo.

Durante los días que dedicó a terminar sus preciosos navíos de pedrería, Ágata rememoraba a diario la historia del anillo, la que su padre le contó durante la última conversación que mantuvieron en su biblioteca de Málaga.

—Ha llegado la hora de que te cuente mi mayor secreto, hija.

Solo espero que no me juzgues. Sabes que mis comienzos fueron difíciles.

Después de mi estancia con los Mellerio en París, regresar a Málaga me resultó muy frustrante.

Carecía de los medios y privilegios de su taller y tu abuelo seguía sin apoyarme en mis deseos de ser joyero.

Él creyó ilusamente que en París se me pasaría “el antojo” y que volvería deseoso de seguir sus pasos como ebanista.

Al mismo tiempo, mi padrino me recordaba que no podía convertirme en un lastre para él. Sentía que tenía todo en contra.

»En mitad de todo esto conocí a tu madre, en cuya casa no me consideraba precisamente el pretendiente ideal, lo cual yo empeoré cuando le pedí que se casase conmigo sin tener ni una buena sortija que ofrecerle.

Cuando años después reuní los cuartos suficientes, quise obsequiarle un anillo a su altura. Uno muy particular y hecho por mí.

»Sabía que tenía que conseguir un buen diamante, así que ahorré y adquirí uno perfecto.

Pero por más que lo miraba, por más opciones que diseñaba para que luciese de verdad en una sortija, nada me convencía.

Había visto tantas maravillas en París, Ágata, y tu madre era tan especial, que durante días el bloqueo creativo me envenenó.

»Precisamente en ese periodo apareció en nuestras vidas doña Concha de Iriarte, la mecenas de tu madre, conocida porque recomendaba pianistas a las hijas de los nobles de toda Andalucía.

Doña Concha era muy respetada a pesar de que tenía unos orígenes algo difusos.

Ella sostenía que había estudiado solfeo en Francia con los mejores instructores, pero se decía que, en realidad, era una mujer sin abolengo que sedujo al hijo menor de un conde cuando coincidió con él en un café cantante donde ella bailaba para músicos eventuales.

Esos eran los rumores. La cuestión es que su criterio iba a misa y todas las pianistas deseaban impresionarla para tener su apoyo.

Gracias a las influencias de sus alumnas, tu madre consiguió que la mujer viniera a nuestra casa.

Tras conocerla y verla tocar anunció que la apoyaría como mecenas, pero a partir de entonces las cosas no fueron exactamente como esperábamos.

Nos enteramos de que la señora criticaba a tu madre a sus espaldas por haberse “humillado” renunciando a su vida acomodada para casarse con un pobre artesano. Margarita estuvo llorando durante días.

»El caso es que doña Concha volvió a presentarse en nuestra casa para pedirnos un favor y nosotros decidimos recibirla con una sonrisa.

La señora presumía de haber recibido una “extraña piedra” del pretendiente de su hija para demostrar que era digno de su mano, y deseaba que yo le tasara la gema y que, si era procedente, se la engarzara para su hija, que estaba muy enamorada.

Yo le dije que la piedra carecía de valor y le propuse vendérmela por un precio mayor del que tenía para que pudieran comprar algo mejor y que su hija no sufriera.

»Le mentí. Me bastó mirar esa piedra para darme cuenta de que era un ópalo. Además, al observarla de cerca constaté que era de una rareza extraordinaria.