Capítulo 27
—¿Y dicen que es joyera?
Viviana Olivieri dejó en el aire el sexto bombón que pensaba comerse. Ya comenzaba a asomar el calor del verano por Madrid, pero la condesa italiana no perdonaba sus caprichos de cacao. Cuando sus perezosos oídos captaron la palabra «joyera», se detuvo en seco.
En general, se entregaba a la costumbre de mantener una indiferencia maleducada para con las personas que no le aportaban nada.
Por eso se había entregado a la degustación de los bombones, mentalmente aislada de la conversación que acontecía en el Salón de Carlos III, otra de las estancias que Alfonso XII deseaba remodelar.
Pero ello no impedía que el rey y sus allegados continuaran disfrutando de la magnífica sala para recibir visitas de otros nobles o altos señores de la clase adinerada de Madrid, como era el caso.
Viviana toleraba la presencia de su adorado duque de Sesto, aunque le estropeara estar a solas con Alfonso, pero no la de los otros tres que los acompañaban.
Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia, duque de Alba; el director del Museo del Prado, Francisco Sans Cabot, y el famoso pintor Federico de Madrazo habían ido a discutir con el rey la posibilidad de que este último le realizara un ambicioso retrato de cuerpo entero que al monarca no le apetecía, le pareció escuchar a Viviana.
Como no hablaban de un retrato suyo no estaba atenta, pero sí se preguntó a santo de qué mencionaban el duque de Alba y dos caballeros relacionados con el museo a una joyera, y en femenino.
—Por lo visto, es la hija del joyero malagueño Aurelio Guirado —explicó Madrazo—. Se trasladó a Madrid el año pasado para trabajar en el negocio de los hermanos Mellerio.
« Porca miseria ». La italiana finalmente dejó el bombón en la bandeja, al tiempo que le indicaba de muy malas formas al sirviente más cercano que la devolviera a las cocinas.
Con tanta charla se le había cortado el apetito.
Se había perdido la conversación, maldita fuera.
Como estaba lejos de los cinco hombres sentados a la mesa, no le quedó más remedio que pasearse por las ventanas fingiendo admirar el exterior y así tratar de captar algo que le aclarase a cuento de qué hablaban de la joyera.
—Los Mellerio —repitió el rey Alfonso XII, un poco en trance—. Debe de ser una joven muy talentosa para haber sido admitida por tan exigentes orfebres, y también para que se haya ganado el interés de ustedes dos, mi estimado don Francisco.
—Como le acabo de decir, majestad, la señorita Guirado lleva presentándose en el museo a diario para dibujar a los pies de algunos cuadros.
No es el primer artista que viene a inspirarse a nuestros corredores, ni mucho menos, pero ella es joyera, ¿no?
Desconozco las horas que ha pasado observando la Venecia de Vanvitelli o el puerto de Peeters.
—He de reconocer que la señorita Guirado ya suscitó gran curiosidad tiempo atrás. No sabría por dónde empezar a explicárselo —añadió Madrazo a lo que acababa de plantear el director del Prado.
Viviana se preguntó por qué iba a dibujar al Prado. La sola mención de aquella ragazza malagueña la alteraba. Claramente el asunto no estaba zanjado como ella esperaba.
La condesa de Costigliole entornó sus calculadores ojos verdes, aunque enseguida recuperó la sonrisa, se giró altiva y dio varios pasos hacia los caballeros para tomar asiento teatralmente junto al rey.
—Alfonso, querido —pegó su hombro al del monarca de lo más solícita—, estoy aburrida de estas cuatro paredes, ¿por qué no me llevas a pasear por los jardines? —Dibujó circulitos con un dedo en el filo de la manga de su chaqueta—. Hace un día precioso para que nos luzcamos por ahí.
—Luego, Viviana —respondió desprendiéndose de ella con delicadeza—. Aunque a ti no te interese, nosotros estamos hablando de cosas importantes. Ve tú si quieres y ahora te alcanzo yo.
La caprichosa señora frunció los labios y se levantó de golpe.
Era innegable que Alfonso le hacía cada vez menos caso.
Menudo desagradecido. Mucho rey, mucho rey, pero seguía siendo un niño.
Con la de veces que le había consentido que la llamara «Mercedes» mientras lo complacía en el lecho.
Menudo dislate seguir recreándose en una mocosa impávida teniéndola a ella, suspiró engreída.
En verdad el rey no tenía ganas de nada.
Menos mal que también cayó la cuñada, Cristina de Orleans.
Llegó a escucharla cuchicheando con la hermana del rey, Pilar, que ella no valía como amante del rey «si se pavoneaba por el palacio cual consorte».
Por eso le pareció de justicia del diablo que ahora fuese la estúpida hermana de su querido Alfonso quien hubiera heredado la sortija que todos decían que estaba maldita.
Ojalá también se la llevara por delante.
No obstante, en esos momentos odiaba mucho más a los caballeros que rodeaban al rey.
Los dichosos Cánovas y Morphy les estaban ganando terreno a ella y a Pepe y lo tenían casi convencido de que volviera a casarse, esta vez con una dama de Austria.
En tanto recomendada por Manuel Silvela y el duque de Bailén, Viviana no tenía ninguna duda de que sería otra niña idiota.
Menos mal que el duque de Montpensier, de luto por sus dos hijas, no estaba interfiriendo.
Y luego estaba el nuevo Guardajoyas Real, al que Alfonso prestaba ahora más atención que a nadie.
Viviana sintió un renovado resentimiento contra Velasco: él no fue capaz de ganarse al rey como ese nuevo niñato sevillano.
Niñatos y más niñatos.
Pero era una en concreto, malagueña, de la que debía ocuparse cuanto antes.
—Siga usted, señor Madrazo —lo instó el rey sin mirar ni de refilón a su amante—. Empiece por donde quiera a hablar de la curiosa joyera.
—Pues, de entrada, majestad, le diré que vino de visita por primera vez al museo el verano pasado invitada por el barón de Valdecarros.
—Arturo —dijo el rey muy serio y pensativo—. Sí, ahora que lo mencionan, recuerdo que en su momento me habló de una joven entendida en arte. Desde entonces lo noto disperso, más independiente que de costumbre. Últimamente incluso me evita; me lo voy a acabar tomando como algo personal.
El monarca lamentó haber descuidado a su viejo amigo todos aquellos meses con motivo de su corazón roto.
—Anda recluido en su casa, dicen, ¿no? ¿Estará enfermo? —comentó preocupado el duque de Alba.
—¡El Barón Tasador, enfermo! —exclamó despectivo el duque de Sesto, que se enorgullecía de reconocer que detestaba a Arturo—. No se engañe, Jacobo; yo lo he visto vagabundeando cerca del palacio esta misma mañana. ¡A saber qué mosca le ha picado!
Alfonso XII meditó un poco más con el ceño fruncido.
—Si alguien lo ve de nuevo a lo largo del día, que lo haga venir. Cuanto antes.
Protegida tras el quicio de una de las puertas, Viviana inspiró profundamente por la nariz. «Niñatos y más niñatos», gruñó antes de alejarse de allí. La condesa de Costigliole pensaba aprovechar muy bien el paseo y ocuparse de una vez por todas del cabo suelto que más inquietud le provocaba.
Muchas horas después, el crepúsculo empezaba a cubrir Madrid con su manto degradado cuando Ágata levantó la cabeza de la mesa de trabajo de Velasco.
Arturo entró en la estancia tras largo rato contemplándola en silencio, como cuando se acababan de conocer.
Ágata no se dignó a dar muestras de que se había percatado y lo dejó hacer.
Ella también podía jugar a ese juego, se dijo molesta. Hasta que le vio la cara.
La joven pensaba que Arturo ni siquiera se acordaba de que ella había convertido ese espacio en su lugar de trabajo, pero no tenía nada que ver.
Daba la sensación de que el barón de Valdecarros venía de batallar en la peor de las guerras.
A la joyera le recordó al titán Atlas, extenuado de cargar con el peso del mundo.
Aun así, apretó los labios y volvió a posar la mirada en los bocetos en los que llevaba trabajando días.
Como si no se hubiesen distanciado lo más mínimo, Arturo tomó asiento a su lado y cogió con curiosidad uno de los dibujos. Ágata temió que se riera de sus propósitos o que la animara a desistir.
—Conmover a Alfonso será un reto hasta para ti. No hay nadie más difícil de impresionar que una persona a quien ya nada le importa.
El barón de Valdecarros dirigió sus preciosos ojos de avellana al resto de los bosquejos. Reparó en algunos moldes ya avanzados, con formas peculiares. Ágata detuvo su lapicero.
—No se trata tanto de impresionar como de sorprender. De pillarlo desprevenido.
—Ofelia ya me habló de vuestra incursión en la Real Cocina. Me cuesta creer que fuese tan provechosa.
Ambos callaron.
—Invertiste muchos esfuerzos en convencerme sobre la legitimidad de tus métodos de indagación, Barón Tasador.
—Sé que el reto es grande, querida, pero ¿no crees que pasarte a la falsificación o, peor aún, a la tasación es demasiado para ti?
—No voy a estafar al rey —rio ella captando la ironía—. Al contrario, quiero sorprenderlo con mis conocimientos, con todo lo que sé sobre la joyería en general, no solo en relación con las gemas. Quizá te sorprenda hasta a ti.
—Miedo me da lo que bulle ahora mismo en esa cabeza —murmuró Arturo en un tono más bajo del que le correspondería a la chanza.
—No más que a mí —suspiró Ágata—. Si hay algo peor que escandalizar, es resultar indiferente. Por eso jamás me ha gustado el silencio, y tarareo para llenarlo. Supongo que un hombre con tu talento y educación no puede entenderlo.
—Más de lo que crees —dijo rotundo—. La música enseña a valorar los silencios, por supuesto, pero hay otro silencio, uno que nada tiene que ver con el sonido, sino con la existencia. Y ese yo tampoco lo soporto.
—¿Por eso sonríes y haces tantas bromas incluso en los momentos más inoportunos?
—Y porque a veces me canso de estar frustrado todo el tiempo.
Ágata lo estudió con el corazón encogido. Siempre había sospechado que escondía un pesar mayor del que demostraba, pero ese abatimiento la tenía desconcertada.
—Nadie está a salvo.
Tras las palabras de la joven se miraron intensamente unos segundos hasta que ella decidió cambiar de tema cogiéndole el boceto de la mano a Arturo y estudiándolo de nuevo.
—Incluso con estas ideas descabelladas ya definidas sigo teniendo el problema de la inversión.
Para dar forma a todo esto requiero un presupuesto del que no dispongo.
Tal vez pueda convencer a don François de que me den más horas extras, aunque así vería mi tiempo limitado y vendría menos por aquí, por lo que tardaría muchísimo más.
Arturo permaneció callado. Al sentir el peso abrasador de sus ojos, Ágata prefirió seguir centrada en sus bocetos. Lo que no esperaba era que el barón se pusiera de pie, hurgara en su chaqueta y le dejara sobre la mesa un volante de papel. Ella lo miró perpleja.
—¿Qué es esto?
—Un cheque en blanco.
—Ya, ya lo veo, pero ¿para qué?
—Para que pongas la cantidad que requieras.
Ágata pestañeó despacio un par de veces.
—Y-yo… No, Arturo, no puedo… Ya estoy sirviéndome de tus instalaciones para trabajar.
—Piensa que con eso quedaríamos en paz —sonrió una vez más de modo forzado—. Te debía un favor, ¿recuerdas? De cuando nos batimos en duelo con las gemas y me vapuleaste.
—Pensé que ese favor quedó saldado cuando me llevaste a la verbena.
—Ambos sabemos que si lo de la verbena fue un favor, me lo hiciste tú a mí.
—Aun así, lo disfruté.
Como si eso hubiese terminado por desarmarlo, pero necesitase más que nunca que no se le notara, Arturo insistió:
—Aprovecha la oportunidad que te estoy ofreciendo, Ágata.
—No puedo aceptar tu dinero ni el de nadie.
—Entonces no conseguirás lo que quieres. No en poco tiempo.
Puesto que continuó rechazándolo, él se ofuscó y tomó el cheque para marcharse.
—Espera —le rogó Ágata y Arturo se frenó—. Gracias igualmente. De verdad.
El barón de Valdecarros resopló hacia el techo, se dio la vuelta y la observó con mucha intensidad.
—Dime al menos qué necesitas. Oro, diamantes, zafiros, rubíes… ¡La condenada luna! Maldita sea, Ágata, yo te la bajo ahora mismo del cielo si dejas de mirarme así.
La joyera sintió las mejillas arder. Igual que el pecho. Ahí estaba su generoso barón de vuelta. Se preguntó si se mortificaba por no haberla ayudado cuando se lo pidió y trataba de compensárselo.
—Cuando te decidas, dale el listado de gemas y materiales a Ofelia o a Lázaro.
Ella dudó un instante más.
—Te lo devolveré.
—No. Ni se te ocurra, Ágata —dijo Arturo antes de dar media vuelta para irse—. Te he dado ya muchas muestras de que no debes hacer tratos conmigo. A veces olvidas la clase de hombre que soy.