La hija del joyero Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—En este lugar —continuó Ágata alzando el mentón y forzando una sonrisa que procuró que fuese lo más natural posible— ustedes preparan unos platos que no solo alimentan el estómago, sino también el orgullo del más vanidoso monarca. Deben saber exactamente todo lo que valora el rey y cómo lo valora.

Una parte de ella sintió un poco de vergüenza cuando semejantes cumplidos empalagosos salieron de sus labios. Hasta que vio a Isidra ponerse colorada por los halagos.

—¡Calle, calle, muchacha! Qué cosas tiene, cómo se nota que os frecuenta a ti y al barón de Valdecarros, Ofelia, ¡tanta zalamería se acaba por pegar!

—Yo estoy de acuerdo con la señorita Guirado.

—¡Cómo no! Veamos… —Isidra se tomó unos segundos para pensar—. El rey adora la caza, es su gran pasión. Pero ahora no lo consuela ni eso, está mohíno en general. No obstante…, si tuviera que destacar algo…, diría que al rey le gusta la aventura. Y las sorpresas.

—¿Las sorpresas? —se sorprendió Ofelia, pero enseguida asintió dándole la razón—. Claro, puede ser. Quizá por eso le gustó doña Mercedes, que en paz descanse, porque no se esperaba su acento sevillano ni su dulzura con un padre tan conflictivo.

Ágata registró los conceptos clave que le acababan de proporcionar: «aventura» y «sorpresas».

Tan sencillo y tan complejo. En cuanto se despidieron de Isidra y de Blas, abandonaron discretamente el palacio.

Ágata anduvo muy callada de regreso a la Carrera de San Jerónimo.

Ofelia lo hizo en silencio, como si fuese consciente del hervidero de ideas que bullía en su cabeza y no quisiera interrumpirlo para que la cocción no perdiera fuerza.

—Gracias por ayudarme hoy, Ofelia. Sobre todo… dadas las circunstancias.

—¿A cuáles se refiere?

Ágata calló, sabía que la mujer había captado la alusión a Arturo. Cuando llegaron a la altura del número cuatro, Ofelia tomó sus manos.

—No sé qué ha pasado entre ustedes; en verdad, hay momentos en los que ese niño me desconcierta hasta a mí. Aun así, lo quiero, ¿comprende?

«Demasiado», pensó Ágata muy a su pesar.

—Pero yo soy la primera que sabe que incluso arrastrada en las circunstancias más adversas y en los entornos más sórdidos, se puede conservar la honestidad.

—¿De verdad pondría usted la mano en el fuego por la honestidad de Arturo, Ofelia? A veces tengo la impresión de que solo abre la boca para bromear, exagerar o… mentir.

El ama de llaves sonrió.

—Cualquier cocinero le dirá que el fuego solo es peligroso si una lo pierde de vista, o si se confía en exceso. Debe saber que este fuego merece la pena, querida. Y por eso…

La tomó de la mano y, ante el desconcierto de Ágata, la condujo por la calle de la Victoria hasta que entraron en el edificio. Ascendieron por las escaleras y le señaló el antiguo espacio de trabajo de Velasco.

—Venga aquí cuando quiera, para disponer de lo que necesite si en otro lugar no se lo permiten.

—No, Ofelia, no puedo aceptar. Arturo no ha dado su consentimiento.

—Querida —dijo el ama de llaves sin soltarle las manos—, él mismo me encargó que se lo dijera de darse el caso. Y eso que usted acababa de llegar a Madrid.

—Tal vez ya no piense lo mismo.

Ofelia alzó una ceja y dio media vuelta para regresar a sus quehaceres, sin contestarle, como si lo que acababa de decir careciera de sentido.

Aventura y sorpresas.

Esas eran las únicas pistas que Ágata tenía sobre los gustos del rey, pero eran más que suficientes. Había sido un acierto de Ofelia ir a visitar la Real Cocina.

Ágata daba vueltas a esos conceptos noche y día.

En su habitación, en su puesto del taller Mellerio e inclinada sobre la mesa que había pertenecido a Velasco.

La joven joyera acudía a escondidas al edificio de enfrente una vez terminaba con sus obligaciones en el negocio de los hermanos Mellerio.

Volvía siempre al anochecer, y para no levantar sospechas se inventó que había hecho amigas en el barrio.

Pascual fue el primero en creérselo y en hacer comentarios despectivos sobre la tendencia a la dispersión de las mujeres, que preferían el palique y el chisme.

Naturalmente, Antoine Mellerio fue el segundo, y lo usó para reafirmarse en su decisión de negarle más independencia y responsabilidad en el taller.

A Ágata le hirió que sus compañeros se tragaran sin más una excusa tan penosa, como si no la conocieran.

Pero dejó todo de lado y se llevó a su nueva mesa de trabajo el cuaderno de bocetos, que apenas había tocado desde su llegada, la cajita de piedras de su padre con la canica de Juana y una maceta de clavellinas de su habitación.

En el taller del otro edificio también encontró el ajado libro sobre pigmentos y barnices de Velasco que lo inició en el mundo del esmaltado.

Y en el de la falsificación. Cada tarde leía, dibujaba y hacía sonar las gemas en su cajita, lo cual le recordaba a Arturo, que no se dejó caer por allí desde que ella iba a diario.

De todas maneras, la joven estaba bloqueada.

Una de esas tardes, Lázaro apareció por el salón principal cuando ya había anochecido. Ni siquiera la miró mientras tomaba asiento en su buró.

—Veo que sigue sin dar con lo que pueda complacer a su majestad —le dijo, revelándole que él también estaba informado del motivo de su presencia allí—. Bueno, ni a usted.

—Todo lo que se me ocurre es demasiado mesurado —replicó Ágata con la vista fija en la cajita de piedras preciosas.

La joven contaba con un espacio y herramientas de sobra, pero no con los materiales adecuados.

Podía invertir algunos ahorros en metales nobles y en piedras preciosas; sin embargo, un proyecto como el que pretendía llevar a cabo requeriría de una inversión mucho mayor, digna de un rey, lo que implicaría diamantes como mínimo.

Ni siquiera tenía dinero para un zircón de buen tamaño. Ese impedimento era lo que siempre la paralizaba cuando se animaba a bocetar algo. Porque en cuanto trazaba la primera forma, desconocía la naturaleza de la piedra preciosa central.

Lázaro negó con la cabeza mientras buscaba entre sus documentos uno en concreto. Se detuvo con un fuerte resoplido y la miró a los ojos por primera vez. Negro sobre negro, y un destello de claridad.

—Las ideas no deberían tener límites, señorita Guirado. Yo pagaría lo que fuera por una joya que no hubiese visto nunca.

—Eso es absurdo, Lázaro, cualquier gema se ha visto ya infinidad de veces. Salvo las que queden por descubrir por el mundo, que las habrá, pero…

—Yo no he dicho nada de gemas, he hablado de joyas.

Se produjo un gran silencio entre ambos.

—Es lo mismo.

—Por supuesto que no —resopló él—. Las piedras preciosas son las que son, y las formas de tallarlas también, pero el metal… ¿Acaso hay algo más maleable? Los metales pueden adoptar cualquier forma; por tanto, las joyas también deberían, ¿no?

Ágata arrugó el ceño. Luego, muy despacio, abrió mucho los ojos. Al final se levantó de golpe y anduvo hasta el muchacho para estamparle un beso en la mejilla.

—Lázaro, ¡es usted un genio!

Él balbuceó, con el rostro encendido y una mirada indignada que venía a decir: «¡¿Ahora se da cuenta?!».

Pero Ágata ya había salido corriendo escaleras abajo con su cuaderno bajo el brazo. Ya sabía adónde iría a buscar la inspiración más desatada. Al Museo del Prado.