La hija del joyero Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—He ahí la cuestión: Mayo no lo logró solo porque fuera también aprendiz de Aurelio.

Tus argumentos para defenderla se apoyan en rumores y en buenas relaciones.

Si fuese cualquier otra persona, incluso un varón, tendría que demostrar mucho más, en esfuerzo y dedicación, para que le consintiéramos usar nuestro taller como quisiera.

Ágata apretó la mandíbula y los puños. Estaba tan dolida que no se dio cuenta de la intrusión de una tercera persona.

—Ah, Ofelia, buenos días —la saludó François—. La estábamos esperando. Viene por el cobro del alquiler, ¿no?

El ama de llaves asintió y le dedicó a Ágata una mirada que dio a entender que había oído la conversación.

La presencia de Ofelia le resultó doblemente humillante, por lo que había escuchado y porque pensó que Arturo se enteraría.

Herida en su amor propio, la joven quiso marcharse, pero mientras Antoine atendía a la subordinada del Barón Tasador, François aprovechó para susurrarle a Ágata:

—Si me dirijo a usted aún por su apellido es porque así siento que mantengo viva la memoria de su padre. Espero que me lo perdone y que consienta, querida.

Ella asintió, conmovida, y salió por fin del despacho. Se quedó paralizada en el descansillo discutiendo consigo misma tanto tiempo que Ofelia se la encontró allí. La joven ni siquiera tuvo ánimo de levantar la cabeza, y la mujer se limitó a apretarle el brazo.

—Siempre he sido la hija del joyero —comenzó a decir—; después, la amiga del joyero de su majestad.

Cuando alzó la cabeza, la calidez de los ojos ambarinos de Ofelia la invitó a desahogarse.

—¿Por qué demonios no puedo ser solo «la joyera» por mis propios méritos, sin tener nada que ver con ningún hombre?

Ofelia la observaba en silencio. Luego se hurgó en la falda para sacar un pañuelo. Ágata ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando.

—Nunca nos dejan vivir la vida a nuestra manera, niña —dijo la mujer limpiándole las lágrimas—. Y si lo hacemos, ya ve la reputación que nos granjeamos. Pero podemos con eso y con más.

La joven contuvo un puchero.

—Pero es que ni siquiera sé de veras cómo lograr lo que me propongo.

Ofelia ladeó la cabeza, y Ágata decidió contárselo. No lo del anillo, porque eso habría supuesto tener que explicar todo lo demás, pero sí compartió con ella sus deseos de hacerse notar ante Alfonso XII como joyera. Mientras hablaba, Ofelia escuchaba atenta.

—Ignoro qué podría llamar la atención de su majestad, niña, pero sé perfectamente quién podría saberlo.

Ágata arrugó el ceño, expectante, y Ofelia sonrió.

—Cuando se trata de la aristocracia, siempre se puede recurrir al mismo lugar.

De todos los sitios posibles de Madrid, lo último que Ágata hubiese esperado era que Ofelia la condujese a las cocinas del Palacio Real, que eran, ni más ni menos, el primer lugar donde trabajó cuando llegó a España.

—Nadie sabe tantos pormenores sobre el rey como los sirvientes que se mueven en torno a las comidas —aclaró Ofelia.

—¿Por qué razón?

—Las lenguas se sueltan con el vino, querida, y la panza llena hace que los ánimos se muestren más dóciles. Eso lo corroboré también como meretriz.

Ágata siguió a Ofelia a la puerta del servicio, por la que les permitieron pasar cuando la señora dio el nombre del portero de la cocina.

Tras recorrer un pasillo desde el que alcanzó a ver el Patio del Príncipe, descendieron unas escaleras hasta unos corredores subterráneos.

Ágata pensó en lo diferente que había sido su anterior visita, pero prefirió no mentar a Arturo en tanto Ofelia tampoco lo había hecho.

Y, mientras avanzaban, la señora decidió hablarle de su época de cocinera allí, cuando Isabel II estaba en el trono y se ofrecían los trece oficios de boca.

—¿Trece? —preguntó Ágata con los ojos desorbitados—. ¿Tantos oficios son necesarios para gestionar unas cocinas?

—Está en una de las cocinas regias más grandes del mundo, muchacha —repuso Ofelia riendo—.

Ya en el reinado de Isabel II, la reorganización del servicio se redujo a cuatro: Real Cocina, repostería, botillería y cava y guardarropa de mesa; aunque la reina gustaba de mantener el servicio de ramillete, la decoración de las mesas con dulces y refrigerios artificiosos.

Fernando VII suprimió la Cocina de Estados porque sus gentileshombres y sus damas abusaban de lo que sus magníficos cocineros preparaban a cualquier hora del día.

Tanto el padre como la hija fueron reyes muy egoístas, querida, pero la diferencia entre un déspota y una opulenta a veces solo estriba en la dosis de vanidad.

Por eso no me extraña que los sirvientes actuales estén encantados con el nuevo rey: se priva de privilegios para dárselos a ellos.

Ágata asintió fascinada. Una vez más, volvía a oír cumplidos sobre Alfonso XII. No pudo ahondar más en el tema porque llegaron a la puerta principal, donde el portero las recibió algo contrariado al reconocer al ama de llaves.

—Ofelia, ¿hace falta que le recuerde que me pone en un aprieto cada vez que se pasea por aquí? Y no solo porque hace décadas que no trabaja como cocinera, sino porque su reputación como mano derecha del barón de Valdecarros se las trae casi tanto como su época de… Y-ya sabe.

—¿Hace falta que yo te recuerde a ti gracias a quién conseguiste trabajo hace décadas, Blas? Deja de protestar y manda llamar a Isidra. Ni siquiera necesitaremos pasar del montacargas.

Blas rechistó un poco más, pero acabó por ceder y se fue a buscar a Isidra.

Desde donde se encontraban, Ágata pudo apreciar las impresionantes instalaciones que componían la Real Cocina.

Los techos altísimos, curvos y lisos, alternándose con la pared blanquísima y los arcos de piedra gris.

Pese a que se hallaban bajo tierra, había muchas ventanas altas que daban a la calle, a modo de extractores.

Aun así, los continuos vapores y aromas que flotaban en el aire saturaban el olfato, hasta sentirlos en el paladar.

También había personas, muchísimas personas.

«¡¿Dónde está el café con tostadas para su excelencia el comandante general de alabarderos?!», escuchó que gritaba alguien con marcado acento francés. «¡Que nadie descuide el consomé para la serenísima infanta!».

En ese mar de sonidos, aromas, herramientas, objetos de metal reluciente, elementos preciosos y de artistas y trabajadores histéricos por satisfacer exigencias, Ágata pensó que ese lugar también era un taller de joyas.

—Impresionante, ¿a que sí? —dijo Ofelia, satisfecha de su expresión maravillada—.

Además de los chefs, hay otros responsables menores de que todo esto funcione, como Blas.

Antes había muchos altos cargos vigilando las cocinas, entre ellos, el Mayordomo Real a través del Contralor, pero ya no es el caso.

—¿Porque tiene que encargarse del funcionamiento del resto del palacio?

—Oh, cielos, no, niña —se rio Ofelia—, aunque se le llame «mayordomo», el Mayordomo Real no es ningún sirviente.

No, este mayordomo es la mano derecha del rey, por lo que estamos hablando de gentileshombres o grandes de España.

Hasta ahora, este cargo lo había ocupado Pepe Alcañices, el duque de Sesto, pero teniendo en cuenta sus responsabilidades como gobernador civil, creo que su majestad ha delegado las competencias de Mayordomo Real en su nuevo Real Guardajoyas.

—¿Alfonso XII tiene ya nuevo Guardajoyas?

—Así es, lo siento, muchacha. —Ofelia le dedicó una mirada cargada de pesar—.

En palacio hay que cubrir las vacantes cuanto antes.

Poco después del fallecimiento del señor Mayo, y aprovechando su visita a Sevilla con motivo de la convalecencia de Cristina de Orleans, el rey le concedió el título de gentilhombre y, entre otros, también el de Real Guardajoyas.

Nadie lo ha visto aún, pero dicen que es tan joven como discreto.

Ágata estaba muerta de curiosidad, pero apareció una señora de la misma edad que Ofelia, vestida con mandil, que la miró con reproche.

—Ay, Ofelia, te tengo dicho que este no es lugar para la cháchara.

—¿Después de tantos años sigues avergonzándote de mí, Isidra?

—¡Qué disparate! Nos contrataron al mismo tiempo, y siempre serás mi amiga, pero aquí hay muchos mozos botarates y viejos chochos a los que tu presencia les altera. ¿No podías esperar a nuestra reunión mensual en el mercado para pedirme más recetas?

—No he venido a verte para eso. —Ofelia tomó a Ágata de los hombros—. Te presento a Ágata Guirado, la joven malagueña que trabaja como joyera para los Mellerio. Te he hablado de ella ya.

—¡Ah, claro! ¡La protegida del barón de Valdecarros!

Pero no entiendo qué puede necesitar de mí una joyera —señaló Isidra—.

Bastante tengo ya con que las amistades de su majestad requieran continuos antojos a deshoras.

Trufas y trufas, ¡bombones y más bombones!

¡Luego dejan la comida casi sin tocarla!

Don Alfonso debería poner a esa dichosa condesa en su sitio.

Si pudo enfrentarse a su madre, no veo por qué no hacer lo mismo con esta señora.

—Bueno, Isidra —intervino Ofelia—, si he traído a Ágata es precisamente porque estoy segura de que la puedes ayudar con los gustos del rey.

—¿Y eso?

—Yo… —carraspeó la joven—. Es que… quisiera realizar una pieza tan particular que llegue a oídos de su majestad, y…

Ágata estuvo a punto de desinflarse. No estaba acostumbrada a pedir ayuda, ni mucho menos a recibirla.

Entonces le vino a la cabeza algo que le dijo Velasco tiempo atrás: «Estoy seguro de que hay artesanos malos que venden más que los buenos solo por su labia.

Si fueras hábil y te ganaras a tus potenciales clientes, a lo mejor tendrías una remota posibilidad de convertirte en la mejor joyera de España».

Las palabras también podían ser su herramienta.