La hija del joyero Capítulo 26
70%

Capítulo 26

La muerte era tan cruel como la vida. Esa primavera, el fallecimiento de María Cristina de Orleans, la prima y cuñada del rey, volvió a poner de luto a Madrid, pues Alfonso XII tenía la habilidad de contagiar sus emociones a quienes le rodeaban, y de ello tampoco se libró la capital de España.

En ese ambiente lúgubre, a Ágata Guirado le dolió por partida doble la llegada del mes que Velasco había tomado como apellido.

La joven joyera de Málaga estaba destrozada por su muerte y las circunstancias en las que se había producido: en una reyerta, tras pasar la tarde bebiendo, cuando debería haber estado en palacio, donde lo reclamaban.

A Ágata se le rompía el corazón al pensar que se había cumplido el mayor temor de su amigo, sus días habían terminado igual que los de su padre.

Independientemente de sus errores, Velasco no merecía tan trágico desenlace.

Ágata tenía la sensación de que lo poco que quedaba de la mujer que era antes de venir a Madrid, terminó de extinguirse con la muerte de Velasco.

Pocos días después del entierro, Arturo Bosco de Montesinos se presentó en la habitación de la joven tras rogar a los hermanos Mellerio y a don Bartolomé que le permitiesen subir a verla.

El Barón Tasador había estado ausente hasta entonces.

No se había acercado a ella cuando les dieron la noticia de la muerte de Velasco en la Carrera de San Jerónimo.

La aparición de Arturo consiguió que levantase la cabeza de la almohada que había hecho con los brazos, al pie de la cama y sentada en el suelo, con Josefina en el regazo.

El barón de Valdecarros parecía afligido y cansado.

La estudió de lejos esperando el permiso para aproximarse; sus ojos se lo dieron.

Arturo miró de reojo las clavellinas, como si pertenecieran a otra época anterior, muy lejana.

Llegó a ella y vio en su rostro los estragos de las jornadas continuadas de lágrimas.

Sin mediar palabra, se agachó, para que su cabeza quedara a la altura de la de ella.

El barón no sabía qué decir o qué hacer, pero ella le echó los brazos al cuello y buscó el consuelo de su abrazo para llorar a lágrima viva.

Tras un instante, Arturo acabó abrazándola con el mismo ímpetu.

—Tú eres un diamante —le susurró al oído acariciándole la cabeza, enredando los dedos en su largo cabello oscuro—. Ni este dolor ni ningún otro te van a quebrar.

—Hasta el diamante más duro puede romperse con el instrumento y el golpe adecuados —replicó ella cuando se lo permitieron los hipidos—. Un corazón roto jamás se recupera.

—Cualquier corazón puede recomponerse.

—No cuando se rompe de verdad.

Se separó para mirarlo, para que él fuese consciente de que destilaba rabia por cada poro de su ser.

—Mi corazón está destrozado, Arturo. Por completo. Lo poco que había quedado de él tras la muerte mi padre me lo han arrancado ahora.

Arturo inspiró profundamente por la nariz sin dejar de observarla.

Imaginaba a qué se refería. Ágata pidió ver el cuerpo de Velasco, porque no se creía que estuviese muerto.

Y lo vio. Cuando estuvo ante sus ojos cerrados, comprendió que nunca más volvería a contemplar el fulgor de su mirada, y asimiló que su compañero y hermano de oficio se había ido para siempre.

Por mucho que hubiese visto su labio partido o la grave herida de la cabeza, a Ágata le costaba aceptar que su fallecimiento hubiese sido a causa de una pelea. Ella sabía que Velasco evitaba los conflictos porque temía perecer como su padre.

En brazos de Arturo, a la joven le vinieron a la mente las primeras advertencias que sus compañeros del taller Mellerio le hicieron sobre él y la relación que tenía con los bajos fondos de Madrid.

—Ayúdame a saber qué le pasó, Arturo. Averigüemos quién fue el desalmado que le hizo eso —rogó Ágata mirándole a los ojos—.

Seguro que tú podrías enterarte de qué le ocurrió a Velasco.

Una vez, no hace tanto, dijiste que podías ayudarme más de lo que imaginaba. Te referías a algo como esto, ¿verdad?

Arturo tragó saliva y, muy despacio, soltó a la joyera para levantarse.

—Lo siento, Ágata, pero no… no es tan sencillo.

Le dio la espalda como si se desentendiera del tema. Ella no podía creérselo. En cualquier caso, antes de que Arturo saliera por la puerta, Ágata se llevó a Josefina al pecho para darse fuerzas.

—Ojalá lamentaras lo que ha pasado tanto como yo.

Cuando comprendió que se refería al Guardajoyas fallecido, Arturo suspiró.

—Lo lamento. Llegué a apreciar bastante a Mayo, lo creas o no.

—Intentabas llevarte bien con él, que no es lo mismo —dijo Ágata con la mirada aún vidriosa.

—Con los joyeros yo procuro llevarme bien, sí, lo cual ya es mucho. Pero insisto en que apreciaba a Mayo, y no solo como artesano.

—¿Incluso después de que yo apareciera? Me contó que os conocisteis en París, antes de que nadie lo apadrinara.

«De hecho, le presentaste a la mujer que lo apadrinó y que fue su perdición», le hubiese gustado añadir, pero Ágata no tenía fuerzas para sacar a relucir las últimas confidencias que Velasco había compartido con ella.

Además, aquella mujer tampoco se había presentado al funeral del que había sido su protegido y amante.

Pascual y más de un compañero no se privaron de comentarlo por los pasillos.

Dada la actitud impenetrable de Arturo, Ágata no estaba dispuesta a mostrar todas sus cartas.

Los ojos avellana del barón se oscurecieron, el cuello tenso.

Permaneció observando el vacío antes de resoplar.

—Has dado con una cuestión clave. Fuiste nuestro único punto de confrontación.

Una vez más, esquivó el asunto de su pasado común en París.

—Sigo sin entenderlo.

—Se le llevaban los demonios cada vez que te veía conmigo, mujer, o cuando le insinuaba que habíamos podido compartir algo íntimo.

Ágata prefirió no preguntar qué le había contado a Velasco sobre ellos dos, pues temía tanto sus exageraciones como la verdad. Qué más daba ya. No estaba dispuesta a que el Barón Tasador la distrajese con nimiedades.

—Al único que veía que se lo llevaban los demonios cuando hablaba de él y de mí era a ti. Y aún lo veo. Eso es lo que no entiendo. Insististe en que recuperara mi relación con él, pero no tardaste en comportarte de un modo hostil. ¿Por qué?

—Tenía mis motivos para ambas cosas.

—¡¿Cuáles?!

Solo entonces Arturo volvió a mirarla a los ojos.

—Él tuvo algo que yo nunca tendré. —Calló un instante, como si dudara—: Una oportunidad contigo. Creo que se equivocó, que despreció algo precioso que fue incapaz de valorar.

Ágata volvió a sacudir la cabeza. Ahí estaba otra vez, la misma cantinela, esa obsesión suya con que siguió amando a Velasco sin haber sido correspondida.

Para cuando ella quiso replicarle, Arturo ya había salido por la puerta.

Aunque aquella conversación poco después de la muerte de Velasco pareció un amago de reconciliación, no lo fue.

Por una parte, Ágata no podía culparlo: ella misma le había dicho que no quería tenerlo como amigo.

Por otra, lo extrañaba constantemente. Recordaba cuánto disfrutó bailando con él en la plaza Mayor, el beso bajo la lluvia, sus cuerpos en llamas en el despacho de San Jerónimo, el abrazo en su jardín…

Ágata jamás había sentido algo tan fuerte por nadie, lo anhelaba como respirar y le dolía que Arturo hubiese decidido dejar de verla justo cuando más lo necesitaba.

Cuando había vuelto a perder a alguien importante.

Pasaron los días, llegó el año nuevo, el invierno se recrudeció y luego las jornadas se alargaron anunciando la primavera.

Tras muchas noches en blanco, las pesadillas de la muerte de Velasco trajeron de vuelta las del anillo.

Ágata comprendió que no podía seguir hundida en la tristeza.

Su corazón no tenía remedio ni cura, pero se debía a su propósito.

Y entonces el fallecimiento de María Cristina de Orleans reavivó los rumores sobre la supuesta maldición de la joya que había pertenecido a la reina Mercedes.

Se decía que la hermana de la joven consorte se había ofrecido a llevar la sortija para consolar a Alfonso, que no sabía qué hacer con ella.

También circulaba el rumor de que Alfonso la llegó a considerar como posible futura esposa por su parecido con la difunta Mercedes.

Ágata sabía que debía enterarse de una vez por todas si el anillo era el de su padre.

Tenía motivos para pensar que todo podía estar conectado, porque era demasiado fortuito que Velasco hubiese muerto de forma tan violenta justo cuando se había ofrecido a ayudarla, lo cual le provocaba un terrible sentimiento de culpabilidad.

Su instinto apuntaba al Palacio Real, allí era donde debía dirigirse.

Durante esos meses en que no dejaba de pensar en el anillo y en Velasco, se le ocurrió un plan.

Debía llegar a la corte por sus propios medios, para lo cual tenía que llamar la atención del rey, y sabía cómo podía hacerlo.

Solo tenía que convencer a sus superiores.

—Ni hablar. —Antoine Mellerio fue más que rotundo.

Todavía no había llegado el calor, pero Ágata se había estado abanicando un buen rato antes de atreverse a entrar en el despacho de los dos franceses.

La malagueña decidió ser breve y clara. Les confesó que deseaba trabajar en alguna pieza por su cuenta con el fin de darse a conocer como maestra joyera.

—¿Por qué no, hermano? —dijo François—. La señorita Guirado ha demostrado que está ya más que capacitada.

—Con su nombre lo estás diciendo todo, François —arguyó indignado Antoine—. Si está aquí «la señorita Guirado» es solo porque es la hija de nuestro querido discípulo Aurelio, que en paz descanse.

—Ha hecho méritos de sobra desde que llegó, Antoine. Los joyeros de Madrid hablan de ella; además, su formación en común y su amistad con el señor Mayo no pasaron desapercibidos para nadie. Él llegó a convertirse en el Real Guardajoyas de su majestad.