La hija del joyero Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

—Eso fue porque me pilló desprevenida que estuviera aquí, pero ¡por favor, amore !

—bufó acogiendo su cara entre las manos—, incluso aunque esa moza me esté buscando, es imposible que descubra nada que pueda perjudicarnos y nos relacione con el anillo.

Ella es una simple artesanucha huérfana que lleva dos días en Madrid, y yo soy Viviana Olivieri, condesa de Costigliole.

Se congelará el infierno antes de que esa joven logre acusarme de nada.

Tú lo único que tienes que hacer es seguir pendiente o distraerla como mejor consideres, ya sabes que no soy celosa.

Al final la aristócrata sonrió y le dio un sonoro beso en los labios.

—Pero, Viviana… Yo creo que ella… Ágata sí que sospecha de ti e intuye que algo tenemos que ver nosotros, y tiene razón, ¿no? Yo creo que debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para que se vuelva a Málaga y olvide todo esto. Tenemos que ayudarla y así nosotros ya no tendremos más problemas.

—Tranquilo, cielo mío —le interrumpió la condesa—. Así que —movió el dedo índice varias veces al tiempo que tiraba con la otra mano de la solapa de su chaqueta— ven, querido, y cumple con tu principal ocupación entre estas cuatro paredes —le deshizo el nudo del pañuelo—, que es complacerme.

Velasco quiso continuar hablando, pero ella se lo impidió besándolo de nuevo en los labios. Cuando Viviana lo empujó para tirarlo sobre la cama y se subió a horcajadas sobre él, consiguió que el joven dejase aparcadas todas sus preocupaciones.

En cambio, ella no se distrajo. Mientras la condesa italiana disfrutaba de la belleza y del cuerpo del joven Guardajoyas en la intimidad de su habitación, comprendió quién era de veras el principal peligro para ella y para todo lo que había conseguido en la vida.

Viviana debía encargarse de Velasco.

El día después, entrada la noche, Velasco se alejaba de la cantina situada en una de las calles más angostas de Madrid. Se chupó el labio partido, maldiciendo. Había pasado demasiado rato entre personas que odiaba con todo su ser, y el alcohol que había ingerido no ayudaba.

Entonces notó una presencia a su espalda, pero ni siquiera se dio la vuelta.

—Regreso a casa. Creo que ya he tenido suficiente por hoy.

Puesto que no halló respuesta, fue a girarse, pero antes de que llegara a hacerlo, le estamparon la cabeza contra la pared de ladrillo.

El Real Guardajoyas parpadeó aturdido por la visión borrosa y por el dolor lacerante en el cráneo. Le impactó bastante ver tanta sangre, su propia sangre, descendiendo con él hasta el suelo.

Semejante golpe solo podía ser mortal, o eso intuía. Le dolía, le dolía mucho. Velasco inspiró hondo y se entregó al cruel destino.

Siempre tuvo miedo de morir como su padre, en un callejón mugriento como escenario final de su miserable vida. En su último aliento de vida, recordó el día que Ágata le aseguró que no creía que existiera nadie en este mundo más bello que él. Velasco se imaginó confesándole lo mismo.

A Ágata le pareció muy extraño no haber visto a Velasco desde que pasaron la noche en la vivienda de Arturo.

Presa de un mal presentimiento, le pidió a don Bartolomé, el conserje, que la avisara cuando viera al Real Guardajoyas.

Poco después, don François le rogó que fuese a la biblioteca para hacerle compañía.

Cuando le contó que estaba muy extrañado de que su hermano no hubiera vuelto todavía de su reunión con los proveedores de metal, ella le confesó su preocupación por la ausencia de Velasco.

—Pero eso no quiere decir que ni a él ni al señor Mayo les haya pasado nada —añadió con su amabilidad característica.

Fue entonces cuando escucharon la algarabía. Venía de la misma Carrera de San Jerónimo, y tanto Ágata como François salieron raudos a ver qué ocurría, ya que no era normal semejante ruido a esas horas. Tampoco que hubiese tanta gente.

Ágata frunció el ceño. Todos los joyeros del barrio habían salido de sus respectivos negocios y se encontraban reunidos en mitad de la calle. Se quedaron en silencio y los miraron de golpe.

Antoine Mellerio se excusó con su hermano por no haberle avisado antes, pero los ojos de Ágata se fueron hacia otra persona.

Arturo Bosco de Montesinos lucía una expresión alterada, imposible de descifrar.

La joven nunca lo había visto así. El Barón Tasador estaba como en trance, los ojos de avellana enrojecidos por un esfuerzo contenido, el moratón del pómulo algo oscurecido, hasta el punto de parecer uno nuevo.

Antoine Mellerio no se veía mucho mejor, porque también era la primera vez que ella lo notaba tan demacrado.

—Señorita Guirado, ¿usted fue la última en ver al señor Mayo?

Ya mientras hablaba, Ágata comenzó a negar.

A negar lo que fuera que pensaban decirle.

Lo hizo dirigiéndose a Antoine, pero enseguida miró a Arturo, incapaz de contener el llanto.

El barón de Valdecarros cerró los ojos despacio y se pellizcó el entrecejo.

Ágata sintió que le cedían las rodillas.

Fue François quien impidió que cayera al suelo después de lo que su hermano reveló:

—Lo siento mucho. Lo han encontrado muerto en uno de los callejones de las Huertas.

Por segunda vez en su vida, Ágata sintió que se le desgarraba el alma, y que la oscuridad más profunda la envolvía sin piedad.