La hija del joyero Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—No lo entiendes —respondió él resignado—. Amar a quien no debes es el infierno, Ágata. Porque, al final, lo único que queda de ti es una masa infecta de rencor y frustración, y un montón de deudas del alma imposibles de saldar.

—No cambies de tema. Quiero saber quién es esa cortesana. Y quiero que me digas si el anillo de mi padre está entre las joyas del rey.

—Pero qué dices, Ágata, estás sacando las cosas de quicio.

—¡No es cierto! —La voz de la joven se quebró de rabia y dolor.

—Ágata, sabes que siento lo de tu padre. Para mí era como un padre.

—¡Velasco! ¿Cómo sabía aquella mujer que el anillo existía? —gritó ella perdiendo los papeles y llorando a lágrima viva.

—Ya está bien, Ágata, estás muy afectada por lo de tu padre, no piensas con claridad —zanjó menos convencido de lo que pretendía exteriorizar—. Creo que lo más sensato es que dejemos esta conversación aquí y mañana lo veremos todo de otra forma. Tanto tú como yo necesitamos descansar.

—Pero…

—Puedes dormir en mi cama, yo me arreglaré en cualquier sofá.

Ágata siguió llorando hasta que, pasado un buen rato, comenzó a serenarse. La expresión demandante de Velasco la obligó a ceder. Su antiguo compañero de taller tenía razón, estaba demasiado alterada, y había actuado sin pensar yendo hasta allí tan tarde.

Lo más sensato era dejar pasar la noche.

Cuando Ágata abrió los ojos se encontró sola en una cama que no reconocía.

Sus mejillas se prendieron de golpe, pues creía haber estado las últimas horas bailando, dejándose conducir por unos brazos fuertes y una sonrisa canalla, hasta el punto de creer que seguían envolviéndola entre las sábanas.

Entonces comprendió que todo había sido un sueño, del pasado, de ese pasado que ya parecía tan imposible como el mismo sueño, y recordó la realidad.

Recordó que había aceptado la invitación de Velasco y que se hallaba en la habitación de cortesía que le había cedido el barón para estar en el barrio de los joyeros y más cerca de ella.

La conversación de la noche anterior irrumpió con fuerza en su conciencia.

Tenían mucho de lo que hablar, y también debía presentarse en su puesto en el taller de los Mellerio antes de que nadie se diera cuenta de que había pasado la noche allí.

Se lavó la cara con el agua de una jofaina que encontró bajo un espejo de pared. Se vistió, se arregló el pelo como pudo y bajó apresuradamente a las cocinas. Por suerte, Velasco ya estaba allí.

—Buenos días, niña. No esperaba que madrugaras tanto. No son ni las siete.

—Velasco, tenemos que hablar antes de que me vaya a trabajar.

—No entiendo las prisas. Podemos hablar de esto con más calma en otro momento.

—No —contestó tajante la joven—. No vamos a seguir postergándolo. Quiero que me hables de la cortesana.

El joven, enfadado, apretó los dientes y decidió hablar.

—Ágata, la cortesana que tanto te preocupa me la presentó precisamente tu querido barón en París.

Se llama Viviana Olivieri, es la condesa de Costigliole y sí, fue y es amante del rey, pero a mí me salvó la vida cuando estaba solo y perdido.

Ella me acogió en mi momento más bajo, por eso, por muy…

irritante y caprichosa que sea, hasta el punto de que a veces me pregunto por qué la aguanto, estoy en deuda con ella —le respondió Velasco mirándola a los ojos.

A la malagueña le produjo una profunda impresión la sinceridad de la confesión de su antiguo compañero, también el origen italiano de la señora, y fue a replicar, pero él se acercó, inspiró profundamente y la tomó de las manos, desarmándola por completo.

—Todavía no sé cómo, pero te prometo que todo irá bien, ¿de acuerdo? Te dije que te ayudaría, y eso haré.

—Velasco, yo…

—Qué bien os veo.

En cuanto Ágata oyó esa voz que tan bien conocía, se liberó de las manos de Velasco, se dio la vuelta y se encontró a Arturo de golpe.

Lo tenía incluso más cerca de lo que pensaba.

Su considerable envergadura la intimidaba, pero rememorar que se había pasado toda la noche soñando que estaba entre sus brazos la hizo balbucear.

Velasco pareció captar su incomodidad y, tras dedicarle un ligero asentimiento, los sorteó a toda velocidad para abandonar la cocina.

—No sé a qué te refieres con lo de que nos ves muy bien —dijo Ágata tras un instante mientras trataba de recuperar la compostura. Arturo chasqueó la lengua y fingió indiferencia.

—Podría ceñirme solo al hecho de que os vea juntos, aquí, tan temprano. Y tú podrías haberme comunicado tu intención de pasar la noche en mi inmueble, pero supongo que la reputación solo te preocupa cuando yo entro en la ecuación.

Ágata no fue capaz ni de respirar. El reproche de Arturo fue tan desconcertante como indecente. Fue a negar, sobrepasada, pero él volvió a arremeter:

—Cuando os reencontrasteis por primera vez en el Palacio Real parecía que os odiabais. De hecho, os habéis pasado unas semanas, casi dos meses, de tiranteces y tensiones, pero ahora me da la impresión de que el entrañable primer romance se ha restaurado por completo.

—¿No dijiste que estabas dispuesto incluso a contribuir a que fuera así?

—Yo siempre estoy dispuesto a contribuir a las buenas causas. Pero esa es la cosa: que no termino de ver que él ni nada de lo que le rodea sea bueno para ti.

—Pues yo empiezo a estar harta de este extraño y voluble interés que me dedicas. Que lo mismo te incita a visitarme y a meterte en mi vida que te lleva a pasar otros tantos días o semanas sin verme, o sin que te acuerdes siquiera de que existo.

—A eso se le llama amistad, querida. —Arturo ladeó la cabeza, y en el mismo tono condescendiente, añadió—: Porque una implicación más grande supondría hablar de amor, y tenía entendido que eso a ti no te interesaba lo más mínimo, sobre todo después del disgusto que te llevaste con tu principito de juventud, ¿no?

Que él usase esa palabra mirándola a los ojos la hizo estallar de pudor. Lo miró de soslayo y decidió que no podía enfrentarse a sus ojos.

—Ah… Oh… Bueno. Yo… debo ir a trabajar.

—Cómo no. Te acompaño.

Ágata no fue capaz de negarse y agradeció que se pusieran en movimiento.

Arturo le cedió el paso en el umbral de la cocina, recorrieron el pasillo sin que ella dejara de sentir su presencia protectora a la espalda, salieron de su vivienda por el acceso de la Carrera de San Jerónimo y cruzaron la calle sin decir palabra.

A plena luz del día y desde esa posición le pareció que tenía el pómulo lastimado.

¿Tanto estaba cambiando su carácter que ya se dedicaba a pelearse por las calles? Al final no pudo soportarlo.

—Por piedad, ¿no puedes sencillamente dejarlo estar?

—¿El qué? ¿Que hablemos sobre Mayo o sobre tu aversión al amor?

Ágata lo miró espantada y Arturo arqueó las cejas.

—¿Y-y ahora qué? —preguntó ella entrando en el descansillo de los Mellerio.

—Que no es que no quieras amor. Lo que ocurre precisamente es que lo quieres. Te has refugiado toda la vida en el trabajo, pregonando que no te importaba nada más. Pero sí que te importa quedarte sola para siempre sin que nadie te quiera, ¿verdad? Sin que él te quiera.

Ágata gruñó frustrada. Estaba obsesionado con que ella amaba a Velasco.

Por supuesto que lo quería mucho, pero eso había quedado en el pasado y no tenía nada que ver con lo que fuera que sentía por Arturo.

Sin embargo, como era la primera vez en su vida que de verdad estaba hecha un lío, la joven reaccionó con orgullo.

—Yo no necesito que nadie me quiera.

—Y tanto que sí, y que te acepten —continuó Arturo—. Deseas que un hombre muy concreto te acepte como eres. Vaya, vaya, vaya. ¿Quién lo hubiera dicho con esa actitud tan distante que muestras siempre?

—¡¿En serio, Arturo?! —Lo empujó dolida, sobre todo porque había dado en el clavo, pero no como él imaginaba—. ¡Amistad!, ¿eso afirmas que sientes por mí? Si este es el trato que vas a darme, mejor que ni te me acerques nunca más. ¡No necesito un amigo como tú!

El barón de Valdecarros mantuvo la expresión serena un poco más. O eso parecía. Le tembló ligeramente la mandíbula y parpadeó muy despacio.

—Bien, querida, entonces no sé por qué seguimos perdiendo el tiempo en esta conversación baldía.

Tras decir esto, se marchó dando un portazo. A ella le rodaron las lágrimas por las mejillas. Notó la caricia de Josefina a los pies y la abrazó angustiada buscando su consuelo.

La malagueña jamás había sentido tanto frío ahora que acababa de cortar relaciones con Arturo de modo irrevocable.

Tras abandonar la cocina y dejar solos a Ágata y a Arturo, Velasco se retiró a su mesa y aguardó a que cayera la noche para ir a ver a Viviana al palacio.

Encontró a su amante en camisón frente al tocador, peinando sus largos cabellos dorados mientras cantaba «Libiamo, ne’ lieti calici» de La Traviata de Verdi, uno de los temas que consolidó su fama como prima donna .

Velasco se acordó del día en que comprendió que la amaba, cuando tocó para ella esa pieza al piano y Viviana se arrancó a seguirle con sus portentosas cuerdas vocales a la altura de una auténtica diosa.

—Oh, querido, llegas justo a tiempo —dijo, y le lanzó un par de besos sin mirarle—. Tengo una contractura que pide a gritos la intervención de tus hábiles dedos de pianista.

Velasco contempló el esbelto cuello de Viviana y sintió una oleada de deseo y rabia.

—Tengo algo importante que contarte.

La condesa se volvió para mirarle abriendo los ojos teatralmente.

—Vaya, ¿tienes novedades de tu incursión en el barrio de los joyeros? ¿Algún rumor nuevo del barón de Valdecarros?

—No. Se trata de Ágata.

La italiana prorrumpió en una carcajada que hirió el orgullo de Velasco.

—Tranquilízate, querido, estás muy melodramático y no te sienta nada bien —dijo, y se levantó del tocador para acercarse al joven.

—Pues parecías de lo más alterada cuando te enteraste de que Ágata había estado en el palacio —repuso ofendido—. Y fuiste tú quien me envió a casa del barón para no perderlos de vista.