Capítulo 25
Tras no pegar ojo en toda la noche, Ágata estuvo todo el domingo catatónica, incapaz de acertar a hacer nada que no fuera repasar lo que había sucedido el día anterior.
Su mente era un torbellino. La conversación con Velasco la había alterado tanto y había ido por un derrotero tan inesperado que se había olvidado de su verdadero objetivo: el anillo.
Agotada de sus tribulaciones, la joven malagueña decidió salir a pasear para despejarse y disfrutar del ambiente navideño de Madrid.
Llegó hasta la plaza Mayor, que esos días estaba ocupada por los puestos con productos y viandas de todas partes, instrumentos para acompañar los villancicos y decoraciones festivas.
Como siempre en esa ciudad atestada, había una multitud que cantaba y reía alegre.
Inevitablemente, recordó la noche de verbena con Arturo.
«¿Eres real?», llegó a preguntarle él justo antes de proponerle ir juntos.
Esos días ella también se preguntaba lo mismo, si Arturo y todo lo que vivió con él esa noche fue real, si todo lo que llegaron a compartir antes de que Velasco apareciera lo fue.
Le costaba conciliar la imagen del Barón Tasador que tenía con lo que había presenciado en la taberna la noche anterior.
No sabía qué pensar. Las imágenes del torso de Arturo, las chicas ligeras de ropa que se abalanzaron sobre él, los hombres ebrios y la discusión que no acabó de entender entre Velasco y él pasaban ante sus ojos sin descanso.
Salió de la plaza Mayor y se encaminó a la plaza de Oriente.
Cuando tuvo delante el Palacio Real, Ágata sintió que la confusión que había sentido desde el encuentro con Velasco empezaba a disiparse.
De alguna manera, él había sido su primer amor, pero él nunca había sentido lo mismo.
De hecho, si lo que se rumoreaba era cierto, enamorado o no, estaba atado a una aristócrata.
Ahora que habían aclarado las cosas entre ellos, debía confrontarlo y preguntarle por la mujer que protagonizaba sus pesadillas.
Él la ayudaría si estaba en su mano. Estaba segura.
Emprendió el camino de vuelta con un brío que compensaba el frío gélido de la noche madrileña.
Ágata se dio cuenta de lo tarde que era por la poca gente que había por la calle, pero no le importaba: iría a buscar a Velasco en el número cuatro de la Carrera de San Jerónimo. No pasaría otra noche en blanco.
Por fortuna, fue Velasco quien le abrió la puerta de la calle de la Victoria.
—¿Ágata? ¿Qué haces aquí a estas horas?
La dejó pasar sin esperar su respuesta para que no se congelara en la calle. Al ver su cara de apuro, se apresuró a añadir:
—No hay nadie en el edificio. Lázaro y Ofelia se han marchado esta mañana con tu amigo el barón a su caserón.
La sola mención a Arturo puso en guardia a Ágata.
—¿Eso quiere decir que estamos solos?
Él asintió y ella se sonrojó. Para distender la situación, Ágata echó un vistazo al salón al que la había conducido Velasco.
Se fijó en un atril en mitad de la estancia rodeado de pinturas y pinceles, pero no vio ningún lienzo.
Al acercarse se percató de que del atril pendía un colgante redondo con el diminuto dibujo de una joven dama.
—¿Eso es un retrato de faltriquera? —preguntó Ágata.
Velasco sonrió.
—O sea que nunca has dejado de usar la pintura como complemento de tus joyas.
—Los «retraticos» siempre han sido muy apreciados por la realeza. Don Alfonso me ha pedido que haga un retrato en óleo a todos sus seres queridos; este ya es el quinto. Es la reina Mercedes.
Hablar de la difunta amada del rey hizo pensar a Ágata en los rumores sobre la amante que en teoría compartía el monarca con Velasco.
La joven inspiró e hizo cuanto pudo por serenarse.
Debían abordar muchos asuntos, todos peliagudos, y todavía no tenía ni idea de cómo, así que no indagó en las técnicas y habilidades que había adquirido su antiguo compañero de taller ni se permitió distraerse con cotilleos.
El joven Guardajoyas fue a la cocina y comenzó a preparar una tisana, con la misma cotidianidad que compartían en el pasado. Ágata se apoyó en el quicio de la puerta para observarlo, como hacía entonces.
—Velasco, ¿tú no echas de menos tus años de aprendiz en Málaga, antes de que nos hiciéramos mayores y todo se complicara?
—Ágata…
—Ya, ya, sé que las cosas se torcieron de repente. Pero yo hablo de antes, de cuando pasábamos horas en el taller, cuando estudiábamos las gemas, experimentábamos con metales, cuando mi padre nos enseñaba sus secretos para encontrar el engarce perfecto.
—Esa fue una buena época, sí. Aunque tú estuvieras de morros todo el día…
—¡Mentira! Estaba de morros cuando tú hacías trastadas a esas pobres jovencitas que bebían los vientos por ti.
El joven se echó a reír.
—Ay, Ágata, no sabíamos lo afortunados que éramos.
Los dos suspiraron mirándose a los ojos.
—Ojalá pudiera volver a casa. Contigo —dijo Ágata con más angustia que timidez.
—Te aseguro que puedes hacerlo y que no quieres volver allí conmigo.
—¿Cómo estás tan seguro?
Velasco se alejó de la encimera y fue hasta Ágata. De pie ante ella, dejó descansar su frente sobre la de la joven.
—Porque hace mucho que nuestros caminos se separaron. Porque ya no somos las mismas personas. Aunque mantengo que hubiese sido divertido pasar toda la vida solteros y dedicados a retarnos.
—Siempre he estado convencida de que me odiabas.
—Tú y yo siempre nos hemos movido en un punto intermedio, ¿no te parece?
—El punto intermedio es la indiferencia.
Él sonrió y le dio un casto beso justo donde había apoyado la frente.
—Dudo que tú puedas serle indiferente a nadie, niña.
Por primera vez, a Ágata no le molestó que la llamara «niña». No se esperó lo que dijo él a continuación:
—Tú eres importante para mí y quiero ayudarte a volver a casa, porque sé que allí serás feliz.
—¿Y cómo lo sabes, Velasco?
—Pues porque allí, en el taller, volcada en lo que más te gusta hacer, fuiste feliz, y sé que podrías volver a serlo.
—Pero no sería lo mismo sin mi padre y sin ti. Cuando estábamos los tres juntos, aunque discutíamos y teníamos nuestras diferencias, solo pensábamos en crear belleza, conocer más y mejor los secretos de la orfebrería, los metales, las gemas…
—Tú y el maestro sí que teníais esa pasión, yo solo quería encontrar la manera de granjearme una reputación para lograr salir de allí, para viajar y conocer mundo, para ser alguien. Y tú me ayudaste mucho, me enseñaste gran parte de lo que sé, como tu padre.
Él regresó a la encimera donde había dejado la tetera y terminó de preparar las tisanas que llevó a la mesa.
—¿Es que nunca dejarás de mirarme? —le preguntó Velasco.
—Tal vez cuando dejes de hacer cosas raras —respondió la joven buscando la complicidad con la alusión al pasado, pero no tuvo el efecto deseado, porque él no le devolvió la sonrisa.
Tomaron asiento a la mesa de la cocina y los dos se quedaron callados un largo rato.
—Velasco, ¿tú recuerdas… el anillo de mi padre? —preguntó al fin—. El anillo que guardaba en su arcón, el que se negaba a mostrarnos, con un diamante y un…
—Cómo olvidarlo —la cortó Velasco quitándose las gafas y frotándose los ojos—. Esa sortija provocó mi partida de Málaga.
Se hizo un silencio incómodo tras sus palabras.
—Supongo que —tragó ella saliva—, si fuera el caso, me lo habrías dicho ya, pero ¿es posible que sea la misma sortija de la que tanto se habla y que todo el mundo cree maldita? ¿Sabes si Alfonso XII tiene el anillo de mi padre? —insistió mirándole a los ojos.
—Dudo que lo tenga el rey.
Técnicamente, Velasco no estaba mintiendo.
Alfonso XII le había obsequiado el anillo a su cuñada María Cristina de Orleans.
La salud de la mujer había empezado a deteriorarse, y como el rumor de la maldición ya campaba por la corte, le habían quitado la sortija mientras guardaba cama.
Así que Velasco realmente no sabía quién tenía el anillo en esos momentos.
—¿Por qué piensas que Alfonso XII tiene el anillo del maestro, Ágata?
—Es una larga historia. —Echó la cabeza atrás y se llevó la mano al recogido para evitar que cayeran las dos lupas de su cabello—.
La versión breve es que alguien se lo robó a mi padre y yo sospecho que después se lo vendió u obsequió al rey.
Tú lo viste una vez. Mi padre estaba obsesionado con esconderlo, recuerda cómo se puso cuando abrimos el cajón: la sola idea de que lo tocásemos le aterraba.
Y con todo lo que se está diciendo de ese anillo maldito de la familia real…
Mira, Velasco, yo solo quiero respetar el deseo de mi padre de que ese anillo no vaya de mano en mano.
Y… sobre todo necesito encontrar a quien lo mató.
Velasco apartó la vista de golpe. Ágata cubrió la mano que descansaba sobre la mesa con la suya, obligándolo a mirarla otra vez. Llevaba rato inquieto, pero tras escuchar las palabras de Ágata estaba alterado de veras.
—¿No dijeron que se cayó por las escaleras? —preguntó angustiado.
—Sí. Pero yo estaba ahí, Velasco, y te aseguro que no fue un accidente.
—Pero ¿por qué? Me parece que después de tantos años sigues teniendo demasiada imaginación.
—¡De eso nada! —replicó indignada—. El día de su muerte vino a vernos una italiana que quería comprar el anillo costara lo que costase.
Como puedes imaginar, mi padre se negó a vendérselo y esa misma tarde entraron en nuestra casa, revolvieron todo, mi padre murió y solo se llevaron el anillo.
¿No te parece lógico pensar que algo tuvo que ver esa mujer?
—Bueno…
—Nada de «bueno», Velasco. Además, tengo una pregunta importante que hacerte. No te lo tomes a mal, yo no te juzgo, nunca lo he hecho, pero necesito saber más sobre la condesa extranjera de la que todo el mundo habla. ¿De dónde es?
Velasco se tensó al escuchar las palabras de Ágata.
—Es importante. ¿No te das cuenta de que tiene que ver con mi padre? —insistió ella al borde de las lágrimas.