La hija del joyero Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Mijilla, hartá, pechá —respondió Velasco en lugar de Ágata—. Unidades de medida informales que se usan en Málaga para poco, bastante y mucho.

—Hasta la forma de hablar la tienes bonita, malagueña. Siempre te lo digo.

Pese al deje de broma, el barón esbozó una sonrisa melancólica que hizo a Ágata morderse el labio inferior.

—Me temo que el señor barón no escatima en recursos y artimañas para obtener lo que quiere, Ágata —dijo Velasco—, por pequeño que sea. Seguro que ha hecho muchas cosas más aquí dentro de las que te reconocería.

—No me acuse a mí de lo que ha venido a hacer usted, Mayo —se defendió Arturo—. Aunque estoy fascinado de que haya consentido que lo acompañe la señorita Guirado. ¿Qué le ha ofrecido? Dudo que algo romántico, yo fui el primer caballero en sacarla a bailar.

—¿Has bailado con él? —Velasco se giró de golpe hacia ella.

Ágata bajó la cabeza.

—Que lo dude dice mucho de su ceguera musical, ¡y que es pianista más de boquilla que de otra cosa!

—No sé por qué te fastidia tanto que acompañe a quien fue mi compañero de trabajo, Arturo. Espero que sea cosa de la bebida —dijo ella, más impetuosa de lo que quería.

—Querida, que te sirva como consejo, ya que sigues muy verde en el trato con caballeros —apostilló Arturo acercándose mucho más a ella—.

Si no estás interesada, es mejor no dar falsas esperanzas.

De lo contrario, los hombres se quedan estúpidamente enamorados sin tener la más mínima oportunidad, ¿no era algo así, Mayo?

Velasco se sonrojó y titubeó, incapaz de replicar.

—Menudo eres tú para criticar a nadie por eso —intervino Ágata.

—Al menos yo no soy un perrito faldero. El faldero de un faldero, además.

—Ni se le ocurra volver a llamarme así —saltó Velasco apretando los dientes.

—La verdad escuece, ¿eh? —insistió Arturo.

—Aquí el único perro es usted, aunque su dueño lleve tiempo repudiándolo.

—Mejor ser un perro repudiado que un triste faldero.

Ágata los miraba alternativamente hasta que Arturo decidió repanchigarse en un taburete que había junto a la barra y se dirigió al joyero:

—¿No le ha contado a su antigua compañera que si está ahora donde está es porque tiene muy buenas amigas en la corte? En concreto, una que goza de una posición privilegiada.

Ágata recordó la conversación sobre la condesa extranjera en el taller de los Mellerio. Velasco estalló exaltado:

—¡He ganado merecidamente el puesto de Guardajoyas!

—Oh, ¡seguro que sí! Sobre todo por el momento en que lo ha logrado. Dígame, ¿no es muy curioso que haya sido justo cuando su mecenas decidió volver a España?

Velasco dio un respingo y, dejando de lado lo que fuera que hubiera ido a hacer a la taberna, se levantó para marcharse.

Ágata no podía permitirlo. Miró a Arturo en silencio.

Este le sonrió, pero no le dijo nada, así que ella optó por sacudir la cabeza y siguió a Velasco.

Ya en la calle, Ágata corrió para detenerle.

—¿No puedes dejarme ni un momento de dignidad? —dijo él librándose de sus intentos por agarrarlo.

—No creo que sepas lo que es eso, Velasco.

—Ella también se mostró dolida—. Llevas toda la vida pisoteando la mía, haciéndome creer cosas que no son.

Incluso confundiéndome. Pero después de todo eso, ¿en serio has terminado engatusado por una mujer que ni siquiera te corresponde?

¡Y para colmo tengo que enterarme por terceros!

—Ser el querido de una querida ya es bastante humillante como para tener ahora esta discusión contigo.

—Velasco, quiero escucharte decirlo.

—¿El qué, niñ…? —titubeó él.

—Vamos. Atrévete a llamarme «niña» ahora también. Atrévete, pero mirándome a la cara. Y dime que no hubo nada entre tú y yo.

—Nos conocemos desde hace años y…

—¡Necesito saberlo, Velasco! —Ágata arrancó a llorar sin reservas—. Necesito saber qué nos une… —se golpeó el pecho, luego señaló el de él— y si sigue uniéndonos. O por qué sentí que una parte de mí murió cuando te marchaste.

—¿Remordimientos, tal vez? —Velasco liberó una risa atormentada, poco convincente.

—No. No finjas que…

—¿Y qué quieres que te diga, Ágata? ¿Que te conocí cuando éramos unos críos y que sentía algo por ti? ¿Que luego te extrañé cada día que pasamos separados, pero estaba demasiado enfadado para reconocerlo, para perdonarte, para escribirte?

Se acercó a ella y tomó su rostro despacio con ambas manos.

—¿Quieres que te diga que te quiero?

Ella se encogió de hombros sin dejar de llorar.

—No. No quieres que te diga eso, porque ya lo sabes. Lo que quieres entender es qué es lo que sientes tú, y ahí no puedo ayudarte. Ha pasado el tiempo, las cosas han cambiado. Deberías volver a casa y perseguir tu sueño de ser la mejor joyera de España.

Ella permaneció inmóvil mientras él la rebasaba.

—Eso estoy intentando, Velasco.

Al darse cuenta de que seguía llorando, el joven frenó. Deshizo sus pasos e intentó tomarla del brazo, pero ella se negó y lo esquivó. Así, juntos pero separados por años de desavenencias y malentendidos, emprendieron el camino de vuelta sin decir nada más.